9/16/2017

En un lugar de la Mancha



Cuando mi amigo me invitó a pasar unos días con su familia extensa, mi primera reacción fue «qué mala idea». Más tarde se lo expliqué diciendo que, de primeras, los planes que te agradan con una persona nunca suelen involucrar a sus tíos y abuelos. Pasado un tiempo de maduración de la idea, concluí que sería muy divertido si llevaba la mente abierta. Se lo comenté a otro amigo. Lo primero que me dijo fue «qué mala idea». Y yo, como suelo hacer, no le hice ni caso. De todos modos, la clase de escenas incómodas que imaginé no ocurrieron.

Fue particularmente incómodo el encuentro con el abuelo, que aseguraba conocerme. Ante nuestra incredulidad, nos dijo que «dime con quién andas, y te diré quién eres, y como veo que andas con mi nieto, ya sé todo de ti». Y a partir de ahí, el hombre tiró millas. Los refranes no cesaron en toda la comida. Hubo un estallido de risa colectiva (de las otras siete personas que comíamos allí ese día) cuando su mujer le dijo algo así como «¡calla ya, hombre, que estamos comiendo!».

Durante momentos puntuales de esa comida me retraje y observé la animada escena familiar. Sucedió igual en otras tantas comidas, especialmente en las que veía a mi amigo reír con sus padres sobre chistes internos. Se me hacía realmente enternecedor, a decir verdad. Me calientan el corazón las ocasiones de felicidad íntima y cotidiana.

Pero no todo era la comodidad costumbrista. Alternaba esas sensaciones de cotidianeidad con otras de sorpresa. De las primeras cosas que me sorprendieron allí fue la experiencia estética que me causó el patio de casa tradicional manchega: un agujero hasta el techo que atraviesa varios pisos; un donut de casa enrollado alrededor de esa columna de aire polvoriento y penumbra que atraviesa el toldo bajo el tragaluz. La sensación de espacio, grande pero limitado, en tres dimensiones. La sensación de sosiego silencioso, discreto pero imponente. El patio con el toldo echado es un titán a la hora de la siesta. Esto era así en su casa y en la de sus abuelos, donde además tenían en ese espacio una mesa y sillas de chiringuito para comer, muy empequeñecido todo por el titán dormido. La segunda experiencia estética vino con el cuadro que hacía la puerta del garaje a la luz filtrada por el toldo, con el sol colándose por las rendijas y la Citroën Berlingo aparcada delante.

Me propuse disfrutar de esos momentos de belleza, y el siguiente se dio esa misma noche. Este fin de semana, me habían dicho, se iba a bajar a la virgen desde la ermita a la iglesia del pueblo. Mientras me iba acomodando en mi nueva habitación, unos petardos chisporroteaban en la calle. Me pareció que sonaban prácticamente junto a la ventana, así que, al rato, salí a la calle, pensando a broma «estos fanáticos cristianos…». De hecho, recuerdo muy claramente cómo la broma se disipó en mi cabeza al observar, apoyado en el marco de la puerta, los cohetes subir por delante de la iglesia y explotar con ruido y luz ahí arriba, muy por encima de los tejados, mientras las campanas repicaban en la noche.

Contemplé de brazos cruzados un rato, fijando la escena en mi memoria.

Mantuve esa actitud en tantos otros momentos de mi estancia allí. El domingo por la noche, sin ir más lejos. Mi amigo me relató suavemente, sonando al fondo un vinilo de jazz de artistas que ninguno de los dos conocía, cómo el vértigo vital se le hace un poco como aquella vez que fue en avión: se tambaleó en unas turbulencias, y en ese momento sintió que se caía. Pero con toda la tranquilidad del mundo: «Ah, bueno, pues se cae.»

No solo estuve contemplativo estos días. En otros momentos fui muy interactivo. (Eso contribuyó al sentimiento de sorpresa que decía antes.) No sé si por el salero manchego de esta gente o por la hospitalidad y amabilidad de la familia de mi amigo en particular, me sentí muy cómodo en seguida, como para soltar los chistes según me venían. Que suele ser a menudo. Una tarde jugué con ellos al Continental (otra cosa que me había imaginado también completamente distinta) y muy rápidamente me apunté a lanzar improperios. Y además a lanzarlos contra gente a la que no había visto en mi vida. Divertidísimo.

Hubo un momento particular que me llevó a plantearme si quizás estaría intimando por encima de mis posibilidades. Igual esta gente se reía por no hacer el feo, pero yo les estaba incomodando. Durante una cena con mi amigo, su hermana y sus padres, tuve esa sensación permanentemente. Nada que ver con la siguiente cena, el día que bajaron la virgen, que el sitio estaba a reventar y tardaron lo menos una hora en servirnos. Aprovechamos para contar anécdotas de unas cosas y otras, y fue realmente amistoso.

Pensé varias veces que se llevarían muy bien con mi propia familia. Es decir, que aparte de ir yo a visitar la familia lejana de este hombre, podría forjarse un lazo algo más duradero. También pensé eso en la comida de ese mismo día, con una decena de familiares, cuando me puse a hablar con los de delante y descubrí que a uno (el tío segundo de mi amigo) le iba el rock progresivo y que su hija componía bandas sonoras con el Kontakt y el Logic Pro. Intercambiamos opiniones de esas cosas, pero por algún motivo no conseguí causar buena impresión, creo.

Medité mucho sobre qué me llevaba de este viaje. Qué me quedaría cuando acabara. De alguna manera, lo bueno de las cosas se queda en las cosas, aunque uno pueda disfrutar de recordarlas. Las buenas experiencias, como el volleyball en la piscina o el olor de la tienda de queso, solo son buenas realmente mientras se viven. Así que todo eso se ha quedado allí, con el polvo manchego. Sin embargo, hay algo que sí me puedo llevar. Literalmente. Dos cosas, de hecho. Una piedra con fósiles de concha que había en la finca de la piscina, y una anécdota.

En cierto momento de una cena, los padres y los abuelos de mi amigo se pusieron a recordar todos los motes de la gente del pueblo, hasta que llegaron a uno al que llamaban Materre. El padre se acordó entonces de varias historias relacionadas con este tipo. Durante la dictadura, Materre militaba clandestinamente en el Partido Comunista y repartía el periódico del partido, el Mundo obrero. Se ve que el hombre no debía de ser muy listo, así que debieron de pensar que era inofensivo, y por eso nunca le pasó nada. Lo más curioso es que su vecino, Félix, era un señor falangista al que Materre solía repartir el periódico al grito de «¡Félix, el Mundo obrero!» Juro que el gesto con el que el padre escenificó ese momento me tuvo riéndome durante horas, sin exagerar. Cada rato me acordaba y empezaba a reírme otra vez, y cuando me preguntaban, yo sólo podía decirles una cosa:

«¡Félix, el Mundo obrero

9/12/2017

Comienzo de tercero


El otoño de 2015 fue una buena temporada. Por casi dos meses olvidé totalmente quién había sido hasta entonces. Luego las cosas cambiaron, y durante los dos años siguientes me he ido recuperando a mí mismo poco a poco; como pintando un autorretrato con los mismos colores, pero pinceles distintos.

A principios de 2016 recordé que yo soy una persona bastante nostálgica. Mi profesor de lengua de bachillerato me descubrió hace años que «recordar» es una palabra muy bonita, porque significa «devolver al corazón», al cardio. Así que devolví ese fetiche por mirar al pasado a mi corazón, y de momento no se ha ido.

La razón es que mirar atrás me provoca muchos sentimientos. Desde bien pequeñito vengo cultivando mi existencialismo personal, como todo buen millenial, y antes de aprender a atarme los zapatos ya me planteaba que igual todo el mundo es un robot, que quizás la humanidad no es más que el sueño de un gigante, que puede que vivir no merezca la pena sabiendo que luego se acaba. También pensé que lo mismo los niños no crecen, porque de todos modos es inapreciable. Valdría con cambiar la marca en la pared para creer que eres más alto que ayer...

Supongo que fue entre los diez y los trece cuando reformulé eso un poco más seriamente. Me di cuenta de que, en cada momento, crees en el pasado porque lo recuerdas, así que lo mismo nací ayer con una vida falsa grabada en el disco duro. De alguna manera, eso hizo que, para mí, el pasado fuera menos mío, menos real. Además adquirí el hábito de pensar de vez en cuando: «esto que vivo es en realidad un recuerdo descolorido.» Y, claro, cada vez que miro atrás para ver si era verdad, confirmo que tenía razón.

Todo esto son juegos mentales, nada sistemático, pero se ha convertido en un asunto sentimental. Y el sentimiento es que todo pasa, nada permanece. El tiempo literalmente deshace el camino que hago según lo voy dejando atrás. Puede que por eso me guste tanto mirar al pasado y descubrir que sigue ahí, aunque con la melancolía de que ya no está aquí.

Durante ese gran otoño de 2015 no me tuve que preocupar de nada de esto, porque todo iba tan bien que recordar no era mejor que simplemente volcarme en el presente.

Pero en cuanto eso cambió, me encontré con que ya no sabía recordar, no sabía qué había pasado antes del 28 de septiembre. Uno de los pilares de mi religión es que somos nuestra historia, y sin historia… no sabía quién o cómo ser.

Me curé de esto buscando recuerdos. Mi terapeuta me pidió que le hablara de fotos viejas; eso me empujó a rebuscar y encontré muchas más cosas de las que esperaba ver en las carpetas de whatsapp de mis móviles viejos.

Con tanto recordar, recordé que me gusta recordar, pero hay muchas maneras de mirar al pasado. Uno puede mirar fotos viejas en intimidad, o enseñarle su galería a una amiga. También puede volver a contar anécdotas colectivas en el grupo de toda la vida, o poner al día a los que ves poco a menudo. Todo esto conforma una historia, y una historia es una identidad.

Hay un disfraz de los recuerdos al que yo siempre he tenido mucho apego, que es la tradición. ¿O la costumbre? La tradición en realidad no es más que convertir una costumbre en ritual; salir los jueves porque se sale los jueves en vez de porque viene mejor. Sin embargo, eso sirve para reconocer y anunciar que hay cosas que perduran, y la estabilidad me hace sentirme más tranquilo y reconfortado. Quizás el tiempo no lo devora todo en realidad.

Mi familia no es muy conservadora que se diga, y son gente bastante pragmática. No es frecuente que hagan las cosas por hacer. Esto me ha construido como soy ahora y no lo cambiaría, pero siempre pienso que me gustaría poder decir que «todos los domingos íbamos en bici al pueblo de al lado» o que «a final de curso nos íbamos al parque de atracciones» o algo así. Aunque algunas veces pasaba; las pocas de esas que había giraban alrededor de mis abuelos.

Por eso, cuando en mi vida he ido generando costumbres con mis amigos, les he cogido mucho apego, y hacerlas tradición, como los cumpleaños conjuntos o la barbacoa de verano, es echarle virutas de chocolate al helado. 

Supongo que en todas las relaciones hay costumbres o tradiciones, que junto con las anécdotas, ayudan asegurarla y reafirmarla.Durante mucho tiempo, Julen y yo mantuvimos varias costumbres que nunca llegaron a convertirse en tradición, pero persistían como el olor a vinagre: cuando me llevaba a casa después de teatro los domingos, cuando venía a cenar y hablábamos hasta las seis de la mañana.

Como una matrioska de costumbres, esas dos encerraban otras. No se puede olvidar la recurrente conversación sobre el estado de la asociación cuando se acercaba el verano, pero la que me importa ahora es la previsión del porvenir general cuando este se iba terminando.

«Este va a ser mi año sabático.»

Ya, claro.

En agosto de 2016 intuí un año malísimo. Fue un año malísimo. No entremos en detalles.

A principios de julio de 2017 preví un año bueno, quizás tan bueno como lo fue 2015-2016. Tenía reciente un viaje de paso del ecuador que me confirmó un buen grupo de amigos, y había acabado el curso con un nuevo amor por la carrera y mejores notas. Sólo me faltaba un poco de salseo sentimental, y aquello ya estaba ganado.

A finales de julio de 2017 confirmé que el grupo de amigos no era ilusorio, aunque vi cara a cara las dificultades que iba a conllevar. Había un amigo pasando por una época dura, y quería echar una mano, aunque eso tuviera su peaje emocional.

En agosto de 2017 me encerré en mi familia, mis proyectos musicales y la talla de figuritas de madera. Ocasionalmente relaté en un blog las pocas noches que salí.

El sábado 9 de septiembre volví a viajar en autobús. Durante el trayecto, el sol descendió de su trono de la tarde hasta hundirse tras la meseta, dando paso a la noche. El mismo trayecto en el que yo dejaba atrás mi pueblo natal y mi verano y avanzaba de frente hacia otro septiembre más en la capital.

Esa misma mañana había recogido de la tienda mi móvil, ya reparado, y sentado en el bus volví a abrir whatsapp por primera vez en un mes y medio. Jorge me dio la bienvenida. Me metió en dos grupos de whatsapp de los que, acto seguido, mi amigo en época dura se fue sin mediar palabra.

Por la noche bajé al bar de confianza a tomarme una cerveza de despedida con una amiga cercana, que se va seis meses a otro país. La noche anterior me tomé el chupito de despedida con otra amiga que se va al extranjero. No llegué a despedirme de mi amigo el escéptico, que se va a otra ciudad.
El domingo 10 de septiembre por la noche descubro que, por lo que anda publicando, mi amigo en problemas quizás me odie a muerte.

Hoy, lunes 11 de septiembre a las 19.00, estoy en el metro de camino a ver la casa nueva de Jorge, novelando mi propia vida en la app de notas, preguntándome si no me tomo demasiado en serio a mí mismo al leer los primeros párrafos de este texto.

Hoy, lunes 11 de septiembre a las 23.30, estoy en el andén del cercanías dejando pasar los trenes mientras hablo con Jorge.

Está verdaderamente feliz y realmente triste por diversas razones. A él también le gusta hacer el porvenir del año, y estima un año bueno. Yo he dejado de ilusionarme por la carrera y por el grupo de amigos y solo quiero retirarme a mi cueva a hacer música. Hablamos del grupo de amigos, de Leonardo y la expomanga, del viajecito de paso del ecuador, de cómo mejorar nuestra media.

No siento que nada esté fundamentalmente resuelto, pero hablar de ello con Jorge me da fuerzas para lidiar y para moverme, me anima a ilusionarme y a resistir.

[Martes, 12 de septiembre de 2017 a las 0:04. Showtime.]

9/01/2017

Leyendas urbanas

No son ni las diez y media, y estoy en Navarrería un jueves más, rodeado de lo menos doscientas personas entrando y saliendo de bares o sentadas en el suelo de la plaza. Como he salido sin dinero, estoy robando trozos de pan del pintxo de Hypo, pero no porque tenga hambre, sino por tener algo que hacer, porque me aburro. No quiero estar aquí. Quiero estar en mi casa, tirado en la cama. Sin hacer absolutamente nada. ¿Por qué estoy aquí? ¿En qué estaba pensando?

Estaba pensando que la noche proveerá. Cada vez que salgo acabo metido en buenas historias. Y hoy yo no quería buenas historias para mí, solamente… verlas pasar. Es que yo tengo un problema: la vida es un cuento, pero ese cuento se me deshace todo el rato. Además, no hay un relato más grande al que encomendarme: no tengo yo claro que todo valga la pena porque al final llegue el cielo, el nirvana o el comunismo. Por eso ando buscando pequeñas historias sueltas que convertir en las leyendas de una tribu en la que solo estoy yo. Y esas leyendas se esconden en los bares de rock de Pamplona.

De momento, esta noche no me he encontrado a ninguna. Estoy apáticamente ratoneando pan ajeno y deseando estar en casa. De las cuatro personas con las que estoy, sólo conozco a dos, y no me apetece hacer amigos ahora mismo. Me da mucha pereza entablar conversación, así que, para no morir de aburrimiento, me voy al Infernu, a ver si hay alguien. No son ni las once. Está vacío.

Nos movemos al Krawill a por el maravillso 2x1 en cañas. Yo no podría aprovecharlo de todos modos, porque no llevo dinero. El sitio está prácticamente vacío, pero aun así dos que no conozco se las apañan para encontrarse con amigos. Por mi parte, yo solo veo a una chica frecuente del bar y a Iván el punki, que grita al fondo en el futbolín. Nos sentamos sobre unos barriles de metal; yo miro a Iván y río los chistes del grupo si me miran a los ojos al hacerlos.

La apatía continúa hasta que aparecen Carmen con churri y Julen con churri. En ese momento la cosa empieza a ir cuesta abajo: se suceden varios partidos de futbolín en los que quedo bastante bien posicionado, pero sin tirar cohetes, y gasto mi última tarjeta de 2x1 en una caña de tostada para dejar de robarle de la suya a Hypo.

El local es estrecho y el futbolín es intenso; salgo a tomar el aire. Y entonces aparece la primera leyenda.

Para empezar, yo tengo desde hace tiempo una debilidad por la gente que viste de oscuro y se tiñe el pelo, y ella era la chica metalera de la clase de artes, la del pelo rojo. Pero aun sin debilidades era, y por lo que vi, sigue siendo, una tía bastante impresionante. Qué ojos.

Una vez debí de hacer algo estúpido delante de ella, y al rato le pregunté a mi amiga metalera de referencia: «¿Crees que pensará algo raro de mí?» A lo que ella respondió: «No te preocupes. No sabe que existes.»

Si ya de normal tiendo a montarme pelis sobre la gente desconocida que tiene pinta de interesante, con esto, mi mente descarriada empezó a darle el estatus de leyenda. Sólo verla por los pasillos me ponía algo nervioso. Yo ya la tenía por un ser de otro nivel.

Vuelvo a entrar al Krawill, y le dijo a Julen a quién me había encontrado. Su novia no la conoce, así que yo le cuento mi historia para que Julen cuente la suya. Funciona. Tiempo después de que yo supiera de la existencia de esta chica, Julen me contó que una vez acabaron los dos en la tetería (otro lugar de leyenda, ahora cerrado) apoyados el uno en la otra y hablando de sus problemas. Yo flipaba, porque cómo iba una persona de esa categoría a juntarse con alguien tan humano como mi amigo.

En realidad, esa idealización tan exagerada se cayó a cachos hace ya años. Debió de ser el verano de 2015, porque yo guardaba en casa un amplificador que habíamos pedido prestado para dar un concierto al otro grupo que ensayaba en aquella sala de la Casa de la Juventud, y ese concierto ocurrió en junio de 2015. Probablemente el mejor mes de mi vida.

El guitarrista de ese grupo, al alimón antiguo miembro del taller de teatro del instituto por el que nos conocemos la mayoría de mis amigos, es un buen tío con el que yo había quedado alguna vez para grabar algo, y también es hermano mayor de aquella chica con la que anduve obsesionado, a la que vi la otra noche. Pues este chico vino a recoger su amplificador, y se vino así de sorpresa con la tía legendaria.

Hablamos, estuvimos jameando en mi casa durante un rato, y luego se fueron. Pero estuvieron el tiempo suficiente para que yo viera cómo hablaba ella y cómo se movía, y era definitivamente humana. Muy maja y tal, agradable, nada del otro mundo. Aunque eso no quita lo guapa de cara.

En mi cabeza dejó de ser «esa chica misteriosa y probablemente descendiente directa del olimpo, potencialmente todo lo genial que puedas imaginar y más». Pero sigue siendo una leyenda, porque impone, acarrea historias, y sigo sin saber nada de ella. Porque recordemos que yo no hablo con esta persona.

Por eso sigo descubriendo cosas. Sin ir más lejos, el jueves de la semana pasada me encontré de madrugada con cierto moldavo, entre viejo amigo y viejo conocido, y a la luz de las farolas me contó que ella había estado en el taller de teatro del instituto, allá en tiempos. Yo estaba, como decía la madre de un amigo, ojiplático. El primer año, me dijo, tenía un papel menor. Pero en el segundo año, por azares del destino, tenía más texto, y fue cuando todo el mundo se dio cuenta de que existía y era realmente guapa.

Suma y sigue; mi cabeza lo incorporó como una historia más para alimentar el estatus de leyenda. Como no podía ser de otra manera, me la encontré en el Infernu al rato, y le pregunté al respecto. Me confirmó con una sonrisa de cortesía que había estado en teatro. Yo no supe muy bien qué decir, así que solté algo como «¡no tenía ni idea!» y nos despedimos.

Pues otra vez más que me siento ridículo delante de ella, junto con esa primera que no recuerdo cómo fue. A esas dos hay que sumar la vez que me la encontré de juevintxo en julio, traté de invitarle a cerveza en el Krawill y no oí qué respondió. Esta noche, en el mismo lugar—tugurio—no pienso hacer el tonto otra vez.

En realidad, para mí ahora mismo ella no es más que otro recordatorio de la espinita clavada, como hace unas semanas, de que sigo soltero y el mundo está lleno de gente guapa. Se lo trato de transmitir a Julen diciendo, «necesito una de esas en mi vida.» Y me responde, muy coñero, «pues la tienes a diez pasos.» Ya, claro. Qué gracioso.

En cierto momento nos cruzamos, yo entrando al bar y ella saliendo a la puerta, y me hace un gesto de asustarme, como de «¡bu!», sonriendo. Le devuelvo la sonrisa y sigo andando.

No sé qué hacemos luego, pero entre diversas bromas y conversaciones con el resto de gente se pasa un buen rato, y el grupo de metaleros en el que estaba la leyenda se traslada al futbolín. «Ahora la tienes a dos pasos sin haber hecho nada,» bromea Julen. Juegan varios partidos; en un momento de pausa, ella y su amiga se quedan solas en los mandos, y empujo urgentemente a Julen al otro lado del futbolín para jugar. Ellas nos dicen que los chicos con los que estaban tienen pedida la vez, pero han ido a por cerveza. Así que esperamos a que acabe ese partido también, pero entonces se van del futbolín. Puede que yo no haya hecho el tonto otra vez, pero me siento muy estúpido.

Me pongo mi chaqueta rosa de chándal de los 90 y me voy al Infernu a ver si hay alguien con una historia que me resulte más cómoda, que me distraiga un poco de esto. Justo se están yendo los del grupo de metaleros hacia allá; ignoro esa información y ando más deprisa.

No sé qué se supone que hago ahí hasta que empieza a llegar gente, pero pasa un buen rato. Yo estoy fuera, en la puerta, cuando veo aparecer a Julen y demás Nos encontramos ahí con gente de mi antigua clase del instituto. El grupo de metaleros también llega a la zona.

Los de mi clase se van a por chupitos con Julen mientras su novia y yo miramos a la barra del bar en silencio, en la misma postura, durante aproximadamente quince minutos. Fue una escena larga y rara, pero la sentí como algo completamente natural. Es lo único destacable de la noche, que fue fluyendo entre partidas de futbolín, chupitos de whisky canela y bares de pachangueo.

Antes de que la historia concluyera del todo, Julen me llevó a casa en la furgo, y a cambio les hice una pizza a él y a su novia. Nos la comimos en silencio a las cuatro de la mañana; luego hablamos de otra gente, y finalmente se fueron.

Yo sé que lo único que me mantiene vivo en estos periplos apáticos es encontrarme con esas leyendas urbanas. Es la mejor manera de llamar a mis mitos personales, gente conocida pero desconocida, relacionada de una u otra manera. La sal de la vida nocturna en este pueblo. No sé si, según los estándares de la gente, se consideraría algo divertidísimo o un fiasco total, pero a mis ojos, aunque se haya hecho esperar, ha cumplido su función. La noche ha provisto.

La vida son historias

Mi amigo Jorge es un canso, un vago y un irresponsable. Es una de las primeras personas que me hizo darme cuenta de qué significa querer de verdad a un amigo.

En realidad, ni tanto ni tan calvo. Es cierto que entre estudio y Street Fighter, elige la segunda, y que ocasionalmente esto lleva a que yo tenga que andar revisando trabajos grupales la madrugada anterior a la presentación, pero eso no quita que sea una de las personas más comprometidas, altruistas y amables que he conocido en mi vida. Además de un tío muy listo. Aunque pueda parecer que no.

Todas estas cosas que he contado se cruzan en cierto punto del otoño de 2015. Este individuo y yo nos conocíamos desde hacía apenas unas semanas, y ya se habían repartido todos los temas de la lista para el trabajo grupal de psicología. Y nosotros nos habíamos quedado sin. Cuando se lo dijimos, el profesor comentó que había dos temas fuera de la lista que le gustaría tocar: eco-psicología (o algo así), y psicología narrativa. Recuerdo haber pensado: «vaya mierda de temas.» Así, sin saber lo que eran. Sara quería el primero, pero yo dije que me llamaba más el otro, y Jorge me apoyó.

Efectivamente, aunque (todos menos él) fuimos leyendo los textos desde el minuto uno, no nos juntamos a organizarnos hasta el último día, y yo me quedé de madrugada a ordenar la presentación de la mañana siguiente. Y más o menos igual con el trabajo de sociología el siguiente cuatrimestre. Así que sí, un poco vago sí que es. En cuanto a lo del compromiso, en el trabajo de sociología me dejó quedarme en su casa la noche anterior para que pudiéramos trabajar los dos juntos de madrugada.

Pero lo fundamental es lo de que es muy listo.

Porque, en eso de apoyarme en la elección del trabajo, me abrió un mundo. No solo la psicología narrativa, sino toda la filosofía sobre la relación entre las historias y la vida (que en gran medida aún está por hacer). Estudiando para ese trabajo, me caló una idea que he ido cultivando poco a poco con el tiempo. La vida son historias, y no hay vuelta de hoja, no me vais a convencer de lo contrario. Y esta es de las pocas cosas en las que estoy muy muy de acuerdo con Jorge, aunque le pongamos matices distintos a cómo funciona eso.

A nivel individual, la experiencia se organiza en eventos que ocurren en el tiempo con ciertos personajes que interactúan. «Se me ha caído el móvil.» «Pues ayer la Paqui me dijo que el hijo de Maripili se casa con Antonio.» «Se me olvidó matricularme.» El propio lenguaje fuerza que sea así. Hay sustantivos, que son los personajes, y verbos, que son las acciones. Las oraciones conforman eventos, y los tiempos verbales las ordenan. Las preposiciones sirven para establecer distintas relaciones.

Aquí me estoy tirando el pisto un poquito, porque las posibilidades de uso del lenguaje van mucho más allá de lo que estoy diciendo, pero el caso es que funciona: el día a día son pequeñas historias. Y de las relaciones entre unas y otras, lo que se repite y lo que cambia, generamos nuestra lógica narrativa: tiene sentido que los móviles caigan hacia abajo. Y tiene sentido que a mí se me olvide hacer la matrícula. Así se crea el yo: qué tiene sentido decir de mí, por la historia que he vivido en la vida, el agregado de todas las pequeñas historias en las que yo era un personaje.

Y a nivel colectivo, ahí están las mitologías en todas las culturas, los relatos de las religiones, la vida de Jesucristo y todo el percal, y del lado profano las canciones populares, las nanas tradicionales, los cuentos para niños. Ahí están los historiadores, narrando el mundo, por no hablar de toda la tragedia, la comedia, la novela, el relato corto, la poesía épica, los cómics y las pinturas rupestres que se han hecho… todo son historias.

Este año incluso he leído un texto que presenta las explicaciones científicas como explicaciones narrativas. Es algo bastante loco, pero me pareció muy convincente. Seguramente porque ya estaba convencido de antes.

Esto solo son indicios, casos particulares, no hay ninguna regla universal. En vez de ser historias, podían haber sido gominolas, pero casualmente el mundo es así de narrativo. Desde que me di cuenta, siempre ando hablando de ello, o lo doy por sentado, y no querría que se olvidara cómo empezó todo esto. Por eso quería dejarlo por escrito: para mí todos esos indicios fueron piezas de un puzle, y cuando las junté, lo vi todo muy claro. La vida son historias, y no hay más vuelta de hoja, no me vais a convencer de lo contrario.

Arte y sinsentido

No sé si la blogosfera sigue existiendo, y de ser así, no me lee. Pero me gustaría escribir empezando con «querida blogosfera». Es más, el hecho de que sea algo venido a menos y que no me lee lo haría todavía más gracioso.

Querida blogosfera:

Llevo varios días en mi leonera, dando vueltas y sin cuidarme la melena. Como aquella vez, los días se me hacen muy dispares y extraños… y a la vez muy repetitivos. Igual que los píxeles en una televisión mal sintonizada. Me siento vacío, y lleno la ausencia en mi estómago con películas de Marvel y chupitos de whisky canela. Piezas dispares pero monótonas de mi puzle.

Mi propia historia está un poco desestructurada—me falta una buena narrativa a la que acogerme. Si fuera un puzle… tantas piezas, y tan poco orden. No leo mucho, pero lo poco que leo se me queda grabado. Una vez leí una introducción de Lyotard que hablaba sobre nuestra era: «La función narrativa pierde sus functores, el gran héroe, los grandes peligros, los grandes periplos y el gran propósito. Se dispersa en nubes de elementos lingüísticos narrativos, etc., cada uno de ellos vehiculando consigo valencias pragmáticas sui generis. Cada uno de nosotros vive en una encrucijada de muchas de ellas.»

Lyotard no era muy poético, pero se puede poner de otra manera. Así como mi padre es un consumado jugador de Tetris, yo soy bastante malo, y mi vida es una partida de Tetris gigante: algo por allí al fondo está mal colocado y ahora todo lo demás está apretado con poco sentido y las cosas no terminan de encajar bien.

A veces me tienta mirarlo desde fuera, y el cuadro queda así: «La falta de narrativa constituye su propia narrativa, y como en toda buena historia, el relato cristiano se cuela por todos los huecos: aquí estoy, hijo de una patria cristiana, penando en el valle de lágrimas hasta la hora de la absolución.»

Lo realmente incómodo de la situación es que no me lo creo. Desde hace un par de años tengo una filia con no creerme nada; no me siento cómodo acogiendo a ningún enunciado huérfano en mi albergue de certezas. Será miedo al compromiso o algo así. Y esto me pasa también con lo del valle de lágrimas y todo eso: hay una parte de mí que ve, desde cierta perspectiva, mi vida como una desdicha un poco estirada en el tiempo, como un chicle ya mascado. Pero no termino de creérmelo, porque hay otra visión que compite: no es del todo malo; tiene lo malo y lo bueno, lo gris, lo de colores… ¿cómo era? Ah, eso, muchos «elementos lingüísticos narrativos» sueltos, partes de historias apiladas sin ton ni son, convirtiendo la vida en una «encrucijada de muchas de ellas». Salir con amigos, hablar con músicos callejeros, empezar una serie, hacer planes para el curso… no son cosas malas. No me hacen pasarlo mal. De hecho, están bastante bien. El problema es que no tienen sentido.

Como artista, me siento tentado de vomitar todo esto en algún lado; poema, canción o algo así. Luego me salen cosas muy feas, pero cuanto más se parecen a lo que quería vomitar, más me agradan. Aunque sean feas.

Lo que pasa es que, al tratar de hacerlo, me bloqueo, porque no puedo poner el sinsentido en papel. No funciona. Expresar es sacar, desde dentro hacia fuera, pero justo lo que hay dentro es que no hay nada dentro. Trato de contar mi vida y me doy cuenta de que no puedo articular una sola frase; no hay manera de representar con sentido la ausencia de sentido. Se me hace difícil escribir explicarlo, pero intentaré decirlo de otra forma. Hace muchos miles de años, tus antepasados y míos tuyos, alrededor de la misma hoguera, inventaron el poema, el relato, la pintura y la canción para contar historias. ¿Cómo voy a usar sus inventos para contar que no hay nada que contar?

Aun así, hay cierto margen. No por nada le caían collejas a Sócrates cuando decía «sólo sé que no sé nada». Coñe, pues al menos eso ya lo sabes, ¿no? Igualmente, yo podría decir lo que estoy diciendo en este texto. Es más: lo estoy haciendo. Así que esta paradoja no es un vacío inefable, pero al menos es una idea difícil. Me ha servido, cuando menos, para darme cuenta de los medios con los que fluyo mejor. La prosa me va como anillo al dedo. De hecho, me da un poco de miedo que escribir en prosa mate mi inspiración para la poesía y la música. Aunque al final será lo que tenga que ser, como siempre.

De una manera o de otra, no consigo quitarme este bloqueo de la cabeza. He intentado hacer música con concepto, pero ningún concepto permanece suficiente tiempo en mi cabeza como para hacer un disco. Ahora estoy lo más cerca que he estado nunca de hacer uno, y es una compilación de bases para improvisar con la guitarra por encima. Puro intelecto destilado.

Así que ahí estoy, después de terminar otra serie más de Marvel, pensando: «quizás debería buscar un concepto unificador para la maqueta.» Pero no se me ocurre nada. Mientras ceno, veo que fuera llueve, y se me ocurre que salir a hacer un peregrinaje sin meta por mi pueblo, a la luz de las farolas y con el viento frío en la cara, quizás me haga sentir algo que dejar escrito. Igual los buenos artistas no hacen arte, sino que viven la vida plenamente, y luego la dejan gotear sobre un papel. Igual es la tinta más intensa, la más honesta, la que vende en realidad.

Completamente decidido a hacer lo que haga falta para vivir mi vida plenamente, decido volver a mi habitación y mirar Facebook un rato. Me pongo a escuchar el quinto de The Strokes, el de 2013, que no es una obraza de arte, pero me sigue haciendo sentir cosas.

Abro la carpeta de los proyectos musicales.

«Un sonido coherente, un sonido coherente… igual le pongo unos arreglillos de cuerda parecidos a todas las canciones, y con eso voy tirando.»