9/01/2017

Leyendas urbanas

No son ni las diez y media, y estoy en Navarrería un jueves más, rodeado de lo menos doscientas personas entrando y saliendo de bares o sentadas en el suelo de la plaza. Como he salido sin dinero, estoy robando trozos de pan del pintxo de Hypo, pero no porque tenga hambre, sino por tener algo que hacer, porque me aburro. No quiero estar aquí. Quiero estar en mi casa, tirado en la cama. Sin hacer absolutamente nada. ¿Por qué estoy aquí? ¿En qué estaba pensando?

Estaba pensando que la noche proveerá. Cada vez que salgo acabo metido en buenas historias. Y hoy yo no quería buenas historias para mí, solamente… verlas pasar. Es que yo tengo un problema: la vida es un cuento, pero ese cuento se me deshace todo el rato. Además, no hay un relato más grande al que encomendarme: no tengo yo claro que todo valga la pena porque al final llegue el cielo, el nirvana o el comunismo. Por eso ando buscando pequeñas historias sueltas que convertir en las leyendas de una tribu en la que solo estoy yo. Y esas leyendas se esconden en los bares de rock de Pamplona.

De momento, esta noche no me he encontrado a ninguna. Estoy apáticamente ratoneando pan ajeno y deseando estar en casa. De las cuatro personas con las que estoy, sólo conozco a dos, y no me apetece hacer amigos ahora mismo. Me da mucha pereza entablar conversación, así que, para no morir de aburrimiento, me voy al Infernu, a ver si hay alguien. No son ni las once. Está vacío.

Nos movemos al Krawill a por el maravillso 2x1 en cañas. Yo no podría aprovecharlo de todos modos, porque no llevo dinero. El sitio está prácticamente vacío, pero aun así dos que no conozco se las apañan para encontrarse con amigos. Por mi parte, yo solo veo a una chica frecuente del bar y a Iván el punki, que grita al fondo en el futbolín. Nos sentamos sobre unos barriles de metal; yo miro a Iván y río los chistes del grupo si me miran a los ojos al hacerlos.

La apatía continúa hasta que aparecen Carmen con churri y Julen con churri. En ese momento la cosa empieza a ir cuesta abajo: se suceden varios partidos de futbolín en los que quedo bastante bien posicionado, pero sin tirar cohetes, y gasto mi última tarjeta de 2x1 en una caña de tostada para dejar de robarle de la suya a Hypo.

El local es estrecho y el futbolín es intenso; salgo a tomar el aire. Y entonces aparece la primera leyenda.

Para empezar, yo tengo desde hace tiempo una debilidad por la gente que viste de oscuro y se tiñe el pelo, y ella era la chica metalera de la clase de artes, la del pelo rojo. Pero aun sin debilidades era, y por lo que vi, sigue siendo, una tía bastante impresionante. Qué ojos.

Una vez debí de hacer algo estúpido delante de ella, y al rato le pregunté a mi amiga metalera de referencia: «¿Crees que pensará algo raro de mí?» A lo que ella respondió: «No te preocupes. No sabe que existes.»

Si ya de normal tiendo a montarme pelis sobre la gente desconocida que tiene pinta de interesante, con esto, mi mente descarriada empezó a darle el estatus de leyenda. Sólo verla por los pasillos me ponía algo nervioso. Yo ya la tenía por un ser de otro nivel.

Vuelvo a entrar al Krawill, y le dijo a Julen a quién me había encontrado. Su novia no la conoce, así que yo le cuento mi historia para que Julen cuente la suya. Funciona. Tiempo después de que yo supiera de la existencia de esta chica, Julen me contó que una vez acabaron los dos en la tetería (otro lugar de leyenda, ahora cerrado) apoyados el uno en la otra y hablando de sus problemas. Yo flipaba, porque cómo iba una persona de esa categoría a juntarse con alguien tan humano como mi amigo.

En realidad, esa idealización tan exagerada se cayó a cachos hace ya años. Debió de ser el verano de 2015, porque yo guardaba en casa un amplificador que habíamos pedido prestado para dar un concierto al otro grupo que ensayaba en aquella sala de la Casa de la Juventud, y ese concierto ocurrió en junio de 2015. Probablemente el mejor mes de mi vida.

El guitarrista de ese grupo, al alimón antiguo miembro del taller de teatro del instituto por el que nos conocemos la mayoría de mis amigos, es un buen tío con el que yo había quedado alguna vez para grabar algo, y también es hermano mayor de aquella chica con la que anduve obsesionado, a la que vi la otra noche. Pues este chico vino a recoger su amplificador, y se vino así de sorpresa con la tía legendaria.

Hablamos, estuvimos jameando en mi casa durante un rato, y luego se fueron. Pero estuvieron el tiempo suficiente para que yo viera cómo hablaba ella y cómo se movía, y era definitivamente humana. Muy maja y tal, agradable, nada del otro mundo. Aunque eso no quita lo guapa de cara.

En mi cabeza dejó de ser «esa chica misteriosa y probablemente descendiente directa del olimpo, potencialmente todo lo genial que puedas imaginar y más». Pero sigue siendo una leyenda, porque impone, acarrea historias, y sigo sin saber nada de ella. Porque recordemos que yo no hablo con esta persona.

Por eso sigo descubriendo cosas. Sin ir más lejos, el jueves de la semana pasada me encontré de madrugada con cierto moldavo, entre viejo amigo y viejo conocido, y a la luz de las farolas me contó que ella había estado en el taller de teatro del instituto, allá en tiempos. Yo estaba, como decía la madre de un amigo, ojiplático. El primer año, me dijo, tenía un papel menor. Pero en el segundo año, por azares del destino, tenía más texto, y fue cuando todo el mundo se dio cuenta de que existía y era realmente guapa.

Suma y sigue; mi cabeza lo incorporó como una historia más para alimentar el estatus de leyenda. Como no podía ser de otra manera, me la encontré en el Infernu al rato, y le pregunté al respecto. Me confirmó con una sonrisa de cortesía que había estado en teatro. Yo no supe muy bien qué decir, así que solté algo como «¡no tenía ni idea!» y nos despedimos.

Pues otra vez más que me siento ridículo delante de ella, junto con esa primera que no recuerdo cómo fue. A esas dos hay que sumar la vez que me la encontré de juevintxo en julio, traté de invitarle a cerveza en el Krawill y no oí qué respondió. Esta noche, en el mismo lugar—tugurio—no pienso hacer el tonto otra vez.

En realidad, para mí ahora mismo ella no es más que otro recordatorio de la espinita clavada, como hace unas semanas, de que sigo soltero y el mundo está lleno de gente guapa. Se lo trato de transmitir a Julen diciendo, «necesito una de esas en mi vida.» Y me responde, muy coñero, «pues la tienes a diez pasos.» Ya, claro. Qué gracioso.

En cierto momento nos cruzamos, yo entrando al bar y ella saliendo a la puerta, y me hace un gesto de asustarme, como de «¡bu!», sonriendo. Le devuelvo la sonrisa y sigo andando.

No sé qué hacemos luego, pero entre diversas bromas y conversaciones con el resto de gente se pasa un buen rato, y el grupo de metaleros en el que estaba la leyenda se traslada al futbolín. «Ahora la tienes a dos pasos sin haber hecho nada,» bromea Julen. Juegan varios partidos; en un momento de pausa, ella y su amiga se quedan solas en los mandos, y empujo urgentemente a Julen al otro lado del futbolín para jugar. Ellas nos dicen que los chicos con los que estaban tienen pedida la vez, pero han ido a por cerveza. Así que esperamos a que acabe ese partido también, pero entonces se van del futbolín. Puede que yo no haya hecho el tonto otra vez, pero me siento muy estúpido.

Me pongo mi chaqueta rosa de chándal de los 90 y me voy al Infernu a ver si hay alguien con una historia que me resulte más cómoda, que me distraiga un poco de esto. Justo se están yendo los del grupo de metaleros hacia allá; ignoro esa información y ando más deprisa.

No sé qué se supone que hago ahí hasta que empieza a llegar gente, pero pasa un buen rato. Yo estoy fuera, en la puerta, cuando veo aparecer a Julen y demás Nos encontramos ahí con gente de mi antigua clase del instituto. El grupo de metaleros también llega a la zona.

Los de mi clase se van a por chupitos con Julen mientras su novia y yo miramos a la barra del bar en silencio, en la misma postura, durante aproximadamente quince minutos. Fue una escena larga y rara, pero la sentí como algo completamente natural. Es lo único destacable de la noche, que fue fluyendo entre partidas de futbolín, chupitos de whisky canela y bares de pachangueo.

Antes de que la historia concluyera del todo, Julen me llevó a casa en la furgo, y a cambio les hice una pizza a él y a su novia. Nos la comimos en silencio a las cuatro de la mañana; luego hablamos de otra gente, y finalmente se fueron.

Yo sé que lo único que me mantiene vivo en estos periplos apáticos es encontrarme con esas leyendas urbanas. Es la mejor manera de llamar a mis mitos personales, gente conocida pero desconocida, relacionada de una u otra manera. La sal de la vida nocturna en este pueblo. No sé si, según los estándares de la gente, se consideraría algo divertidísimo o un fiasco total, pero a mis ojos, aunque se haya hecho esperar, ha cumplido su función. La noche ha provisto.

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