11/09/2021

El ingrediente X

Es increíble, ¡a la gente le gusta Brandon Sanderson! No a mi profesor de lengua del instituto, desde luego. Aunque intentó ser discreto, cuando le dije que quería escribir una novela de fantasía no puso muy buena cara. Sin embargo, críticos, familiares y amigos lo recomendaban una y otra vez. ¡Lee a Sanderson! Recuerdo empezarme El imperio final las navidades de 2020 pensando: «¿Cómo puede ser este señor la cumbre de la fantasía estadounidense actual? ¡Si está... mal escrito!» En la barbacoa de su cumpleaños, mi tío me contó que «en aquella época» (ojo, 2006) la propuesta fantástica era revolucionaria. Me vi obligado a pensar que la prosa, la trama, los personajes y demás no son los únicos componentes de la novela fantástica. Además de los elementos literarios azúcar, especias y otras cosas bonitas, la fantasía aporta un extra... un ingrediente equis. El elemento fantástico. 

Su función es ambigua. Como propuesta intencionada, como hizo Tolkien, es un statement; una idea artística con significado propio. Sin embargo, ese gesto echó a rodar todo un género literario que usa la fantasía como premisa y no como propuesta. Y, claro, como premisa desde la que hacer propuestas, la fantasía no tiene función semántica, o sea, ningún interés artístico. El interés lo tienen las propuestas. Eliges dibujar con un lápiz amarillo, muy bien. ¿Qué piensas hacer ahora con eso?

Es la eterna cuestión de la demarcación. La ilustración, por ejemplo, ¿es un medio artístico o una aplicación de la pintura y el dibujo? ¿Y el arte urbano? Y pinchar discos, ¿merece la pena llamarlo medio artístico por derecho propio, o es solo una propuesta más —«¡y de las malas!» bajo la premisa de la música pop?

Todos los nuevos medios nacieron como parcelas dentro de un medio anterior. Siempre lo hacen, y siempre tienen que demostrar que dan de sí lo suficiente como para que se les reconozca la independencia, como un hijo que ya se va haciendo adulto. A riesgo de ofender a filólogos, filósofos e historiadores, creo que esto lo vemos también en nuestra sociedad. Antes, «hombre» designaba a las personas humanas adultas, en general. «Persona» significaba «personaje». Las mujeres, entonces, eran personas secundarias, personas por los pelos. O no personas directamente, como lo fueron en su día los bárbaros, los negros, los nativos norte- y sudamericanos... Ha habido mucha pelea para que las mujeres y los negros pudieran ser votantes, titulares de cuentas bancarias... en fin, también personas. La lucha por el reconocimiento, creo, es la lucha por disociar de un concepto general su forma tradicional, y permitir a la forma divergente participar del concepto general: en esta casa cabemos todos.

Para que un medio artístico gane esa pelea, la primera pregunta a la que se enfrenta es: «Pero esta moda juvenil... ¿cuánto da de sí realmente?» Me molesta admitirlo, pero yo soy el primero que va de policía de los conceptos. En un artículo de El país, una señora que impartía extraescolares de pinchadiscos decía que sus alumnos eran «la primera generación que ve esto como un arte, sin prejuicios». Y yo ahí me descubrí pensando que los DJs eran músicos de segunda, porque en realidad no hacen la música, ¿no? Pero ¿quién me dice a mí que no tienen un lenguaje propio? Decisiones creativas, emociones que se valoran, patrones y criterios que no tienen nada que ver con cómo poner las manos en una guitarra.

Así que todo género tiene su corazoncito. Es difícil empatizar para quien no lo ha experimentado nunca, pero si somos capaces de explicarlo bien, quizás podamos convencer a quien le interese escuchar. Pero eso no nos garantiza un hueco en el diccionario. Más allá de la autonomía creativa, ¿qué sustento económico y social tiene ese medio? ¿Hay un grupo que lo toma como seña identitaria, como le pasa al grafiti? ¿Tiene un nicho propio de mercado, como los DJs? ¿O está condenado a ciertos círculos de apreciación artística, como el cine lento o el posdocumental?

Obviamente, la literatura de fantasía tiene un gran nicho en el mercado (y en aumento desde que los gigantes del streaming decidieran adaptar Juego de Tronos y demás). Esto le ha dado suficiente reconocimiento de facto, quizás no en el diccionario pero sí en los cartelitos de las librerías, y también en la crítica, pero hay una reticencia importante en la academia. Se preguntan por la cuestión de iuro: ¿de verdad la fantasía se merece que le reconozcamos un mérito artístico propio?

Sí que pienso, como pensé con los pinchadiscos, que hay un núcleo propio de la fantasía. Un mecanismo, un recurso comunicativo básico, como lo puede ser el trazo en el dibujo o la presencia actoral en el teatro. Creo que es una herramienta emocional versátil; un corazoncito propio, pero tan ancho que puede albergar propuestas contrarias. Es difícil definirlo. Creo que a veces necesitamos explicar cosas inexplicables, asustar a los amigos alrededor del fuego, o algo tan sencillo como cautivar a un niño para ponerlo a dormir. Y para eso, transformar elementos cotidianos a extremos increíbles funciona de maravilla para atrapar la atención del público. Y para causar fascinación. El ingrediente X.

4/29/2021

Volviendo al tema de la novela

Me trae de cabeza la novela de fantasía. 

He estado intentando escribir una. Es muy difícil. Ni siquiera es la primera vez que lo intento; el año pasado se me juntó la cuarentena con unas ideas que andaba trabajando y llegué a escribir... cuatro, cinco folios a mano. Después de muchos esquemas sobre personajes, eso sí, pero ninguna historia. Determiné que no tenía nada que contar. Esta vez he intentado empezar por ahí para evitarme el problema, y aquí estamos, cien páginas de esquemas y propuestas después: he conseguido redactar cosa de tres de folios antes de darme cuenta de que no sé escribir.

Evidentemente, enfrentado al fracaso reiterado uno tiene que plantearse, bro, compita, qué estás haciendo. Antes yo evitaba esa pregunta porque mi respuesta era muy mala: «Se me ha puesto en la punta de la nariz que esto es lo que tengo que hacer, pero mira, no estoy disfrutando, no tengo lo que hace falta: no tengo nada que contar.» Y qué miedo descubrir que quieres casarte con una señora y tener hijos cuando en realidad no te gustan las mujeres.

Pero vuelvo una y otra vez a este tema, así que he tenido tiempo de replantearme por qué persigo ese ideal abstracto de tapa dura y olor a papel, a veces encarnado en un proyecto concreto, a veces en su ausencia. Para lo racionalista que era yo de chaval, siempre he sido muy propenso al romanticismo de los grandes ideales. Devoré Harry PotterEragonEl señor de los anillos y Memorias de Idhún tres veces lo menos, sabiendo --no creyendo, sabiendo-- que algún día me tocaría a mí escribir una de esas: una saga épica, inmensa y trepidante, llena de aventuras y de magia.

Es una historia de origen súper justificada. ¿Por qué no, joven Guille? ¡Lánzate al papel, a por ello! Ahora bien, yo soy el «culo veo, culo quiero» creativo. Me pasa que veo a alguien recitando poesía o lo que sea, y automáticamente pienso: yo quiero hacer de eso. Y claro, si ya de entrada llevas una mentalidad impulsiva y cortoplacista, lo normal es que te pase como a mí, que cuando no me aburro rápido, me desilusiono porque las cosas no se parecían a mi ideal. ¡Pero escribir una novela es muy difícil! No se puede acabar rápido y casi nunca se parece a lo que pensabas al principio.

Durante mi adolescencia me molestaba mucho ser tan errático, pero he mejorado. Ahora dibujo, y grabo vídeos reseñando dibujos animados. No son grandes riesgos creativos, pero me va bien, hago cosas. Eso sí: termino en tres, ocho, quince horas. Lo publico, recibo feedback. Mejoro. Esto es imposible de hacer con una novela. O no sé, por lo menos yo no puedo. Escribo la primera línea y no sé adónde va, me seinto torpe con las palabras y en seguida me pongo a darle vueltas a la manera de formular las frases. Me digo que no pasa nada, porque mi meta es muy válida: te gusta leer fantasía, Guillermo, has vuelto a ello después de años, de hecho. Tres novelas gordas en el último año: Rothfuss, Sanderson y Muir, ¡nada mal! Es obvio que me interesa, así que el ideal no es forzado, ¿no? Por eso me digo que no pasa nada. Es falta de práctica.

Es mentira, no es falta de práctica. Es, sencillamente, desinterés. Para escribir una novela tienen que interesarte dos cosas, y a mí me interesa una. Y no es ninguna de esas dos. Estoy absolutamente obsesionado con crear un mundo atractivo, absorbente, pero como autor tiene que interesarte o bien tu personaje, o la situación en la que está. Puedes cojear más de una pata o de la otra, o tener un equilibrio, o ser el LeBron James de la narración y tener dos piernas musculadas e inmensas como troncos de secuoya, pero vamos, que tampoco hace falta. Vale con un personaje carismático al que quieras ver atravesar situaciones, o una situación curiosa de la que te gustaría ver cómo salen los personajes. Esto no lo digo yo, lo dice Stephen King. Según Stephen King, me dan igual los componentes básicos de la narración, porque no soy capaz de plantearme personajes interesantes en situaciones interesantes. Son como pepitas de oro en mi corriente de conciencia; no dan para sacar ni una escena. Mala pinta. King dixit.

Autores de todas partes del mundo, desde Gonzalo Moure hasta Neil Gaiman, reconocen que la pregunta fundamental de la narración es: «¿y ahora qué?» A pesar de mi frustración recurrente con el uso de esa pregunta para llegar a ninguna parte, me veo obligado a interrogarme a mí mismo, qué pasa, crack, qué hacemos, nos rendimos o qué. Imposible. Tengo los personajes frescos en la cabeza, y eso que llevo un mes sin tocarlos. No dejo de mirar al mundo como posible material de novela. Creo que no podría abandonar ni aunque quisiera.

Llega entonces el momento de poner los medios para avanzar. Las dos de la mañana no son horas para hacer promesas de calado. Son quimeras. Les daremos una oportunidad de todas formas.

Mi primera idea es abonar el terreno en el que voy a sembrar. Amy Tan dice que «los árboles nacen del suelo» de la experiencia; Gaiman dice que toda tu experiencia se añade a «la pila de compost». Así que es la vida la que nutre la escritura. Lo cual es evidente y ya lo sabíamos, pero yo vivo mi vida de una manera... emocionalmente no ideal para la escritura, ni para la salud mental, para el caso. Sí que tengo tendencia a huir de la contradicción y la diversidad de opiniones. Presupongo que hay un error, alguien tiene razón y hay que llegar al fin del asunto. La novela va del conflicto entre puntos de vista, se nutre de él. No se puede habitar en la armonía mientras se narra.

La herramienta básica para evitar este problema es buscar en todos los lugares en los que no se da. Cada vez que hay un conflicto a flor de piel, uno que se sienta digno de tratar, anotarlo. La libreta de ideas es un imprescindible en el arsenal creativo. (Es terrible que describa uno de los placeres de la vida con lenguaje bélico, como si fuera a la guerra, pero oye, qué le vas a hacer.) El conflicto a flor de piel se presta a la sensación de que era inevitable, fatum, la evidencia de que esa contradicción es real. En comparación con mis dudas y auto-revisiones constantes, esa sensación es casi dulce en su honestidad. 

El dulce conflicto está en la vida a veces, y a veces en la literatura. En sentido amplio. En la ficción. Reseñar lo interesante de la ficción que uno lee, o ve, o a la que asiste, también es un ejercicio de libreta de ideas. Todo esto intentando reforzar la ausencia de ese prejuicio platónico y totalitario.

Así que a lo mejor próximamente escribo algunas reseñas, por lo menos anotando cosas de interés creativo, lo que saque de las cosas que veo y leo. Me gustaría darle una vuelta a Gideon la Novena y a Bleach. A lo mejor me hago un moodboard, no sé. Hasta aquí mis propios consejos creativos.

 




















2/05/2021

Viñetas sin moraleja

Desde que dibujo viñetas para Instagram, me preocupa dejarme llevar por los likes. Porque, quieras que no, siempre cambias las cosas un poquito para que se entiendan mejor. Y eso no es malo. Pero si no vigilas, al final acabas cayendo en una de dos modas: o presumir, o dar pena.

Las publicaciones de Instagram siempre son de viajes, fiestas y cenas, y llevan pies de foto motivacionales para inspirar a la gente. Pero muchas veces tengo la sensación de que compartir solo lo bueno hace que la gente se sienta insegura con su propia vida.

Y viceversa, las viñetas en internet siempre son de cosas malas: mi gato no me deja trabajar, mi ex es un petardo, no consigo ser fitness... porque los pequeños vicios y miserias hacen mucha gracia.

Estas dos cosas son naturales. Podría ir haciendo lo que me salga, con tranquilidad, y si salen cosas de ese tipo, pues no pasa nada. Esa es la opción sana. Obviamente yo he escogido la otra. Consiste en estar diez minutos en la ducha pensando: ¿Y si acabo cambiando lo que me pasa totalmente solo para que quede más gracioso? ¿Qué onda con eso? ¿Cuál es exactamente el problema?

Para ese tipo de personas a las que les gusta torturarse con esas ralladas inventaron la filosofía. Hace poco me empecé Aurora, un libro de Nietzsche. Al principio (I, 3) Nietzsche dice que los valores morales son inventados. Les ponemos valor bueno o malo a las cosas como les ponemos género: decimos «el sol» y «la luna», pero los astros no son ni chico ni chica. Y las cosas no son buenas ni malas; solo es nuestra forma de intentar entenderlas.

Esto da una serie de problemas, así que al final Nietzsche dice: mira, no tiene sentido pensar tanto en si lo que haces está bien o mal. Dale una vuelta a ver si lo estás haciendo con tu propio criterio. Al final, lo que te pasa en la vida te pasa a ti. Solo tú puedes decidir qué haces con eso, y tienes hacerte cargo de esa decisión. Nada de medias tintas y confiar en "lo que dice la gente": haz algo en lo que creas de verdad.

Esa es la actitud que quiero llevar a mis viñetas: contar algo en lo que crea de verdad.

No es tan fácil, eso de encontrar algo en lo que creas «de verdad». Lo he pensado otras veces, y creo que ahí hay algo de amor. Porque lo que te pide Nietzsche es que te comprometas con tu propia vida un poco como te comprometerías con una relación, ¿no? Estás ahí porque es importante para ti. Disfrutas de ello, y le pones esfuerzo para mantenerlo. Siempre pienso que en ese amor hay una parte de apreciar las pequeñas cosas tal y como son. La chaqueta de tu pareja, el olor de la casa de tu infancia, no sé; cosas que no son buenas ni malas, pero te gustan porque son esas cosas.

Supongo que eso se parece un poco a la nostalgia, porque tiene un cariño honesto por escenas del pasado. Pero a mí no me interesa el pasado. Lo que busco sería como... nostalgia del presente. Esta mañana me ha pasado esto. No es ni inspirador, ni patético. Pero me gusta porque es lo que me ha pasado a mí. 

Esto ya está inventado, y se llama costumbrismo. Pero a mí siempre me ha parecido un poco soso el costumbrismo, la verdad. Creo que se le puede sacar un poco más de chicha al presente: ¿por qué me importa? ¿Cómo me importa?

Imagino que esa es la pregunta de fondo para todas las personas creativas. Todo el rato hay que tomar decisiones sobre qué es lo importante y qué se queda fuera. Creo que a los artistas se les tolera más la duda. En el mundo del entretenimiento hay que traer la respuesta pensada ya de casa. Y ese es el límite de las viñetas en Instagram.

Un día me puse experimental y subí un garabato incomprensible de mi hermano. Gustó más bien poco.

Podía darme igual, pero esto son las redes sociales. Mientras dibujo soy agudamente consciente de que lo del otro día gustó más bien poco. Sé por qué: no tenía un mensaje inspirador ni una historia patética. Solo un poco patética, por el chistecito que puse debajo del garabato («Mecánica de fluidos en objetos >3mm según mi hermano, un crack»), un poco como paliativo.

Pero no lo subí porque fuera gracioso. Lo subí porque me gustan los garabatos casuales, las formas y los trazos que hace la gente sin pensar. Y me gusta registrar las cosas que hace mi hermano, porque ese día se fue de casa y no iba a ver sus dibujillos en una temporada.

Conseguí meter todo eso en una sola publicación de Instagram, a la vez que el chistecito. ¡Pero una publicación es un espacio muy pequeño! El chiste se lleva todo el interés, y ni siquiera es muy gracioso. Tampoco estoy seguro de que en una obra más grande sea más fácil; a lo mejor es como cocinar para veinte en vez de para dos.

Supongo que es cuestión de ir tanteando, avanzando por prueba y error. No es fácil, pero seguiré buscando maneras equilibrar las risas del público y el cariño costumbrista.