¿No pasa que cuando hay exámenes parece
que se acerca el 31 de diciembre o algo así? A mí me pasa. Al menos ahora me
pasa; me siento como si algo importante se fuera a acabar. Creo que algo
importante se va a acabar en los próximos meses.
El 31 de diciembre de este año yo no tenía
nada que decir, y no dije nada, casi nada. No es una fecha de fin de nada; si
me preguntas a mí, está muy mal puesta, esa fecha. El 31 de diciembre debería
caer en 1 de junio, de julio o de septiembre, y yo lo aceptaría.
Es complicado pensar en qué significa para
mí el último falso año. Falso, pero que en realidad es verdadero, solo que el
31 de diciembre está mal puesto. Los últimos doce meses, en cualquier caso,
medidos con más o menos laxitud. Abarcando quince o veinte quizás, o a lo mejor
solo diez. Es verdaderamente complicado; no sé por dónde empezar a pensarlo.
Mi hermana y yo no sabíamos por dónde
empezar a pensar un proyecto así que empezamos con imágenes. Supongo que puedo
empezar por imágenes.
He tenido imágenes favoritas esta semana;
eso es algo reseñable. Jorge y yo discutiendo sobre las diferencias entre
ecologistas y animalistas dibujando con rotuladores de pizarra en la ventana es
una. La otra es la de anoche de madrugada, cuando estaba sentado en la cama con
la espalda en la pared, acariciando a mi prima acurrucada y medio dormida a mi
lado derecho y ayudando a resolver el buscaminas modo intermedio a mi primo
sentado a mano izquierda.
Creo que son reflejos de las dos cosas que
me parecen más importantes ahora mismo en mi vida, para mí personalmente. Mi
familia y Jorge. O mi familia vieja y mi familia nueva.
Conozco a Jorge desde hace dos años y medio.
Para entendernos, ha sido mi colega de la uni, y yo el suyo. En estos dos años
y medio, que son los tres cursos de universidad que llevo, han pasado muchas
cosas de distinta índole, mejores y peores, y varias de ellas muy importantes.
De las importantes, Jorge ha presenciado la mayoría y las demás las conoce de
oídas. Muchos años en adelante los bardos cantarán nuestras gestas y serán
aplaudidas.
Los bardos seremos nosotros.
Seguramente tendremos barriga.
No tengo proyectos importantes, ni de
teatro ni de música ni de nada, ni si quiera el musical de inglés, que me
salvaba la vida cada junio. Las cosas que sí que hago no me las acabo de creer.
Deformación profesional, supongo. Yo era una persona muy universalista e
ilusionada cuando entré a la carrera; ahora resulta que nadie se espera ya que
ningún discurso filosófico pueda ser verdadero y aceptado, y conforme eso
empieza a calar, lo de dedicar varias horas diarias a estudiar filosofía se va
haciendo más y más alienante.
Produzco canciones con mi ordenador, me
junto de vez en cuando con algún amigo a tocar la guitarra, y escribo poemitas
ocasionalmente. Está muy bien, lo disfruto, pero nada parece llevar a ningún lado. No consigo hacer una maqueta
ni un poemario, ni ponerme a escribir narrativa, para el caso. Voy mensualmente
al Poetry Slam Madrid, y eso lo disfruto mucho, aunque casi más como espectador
y miembro de la comunidad que como participante.
He vivido una historia muy dura y la he
dejado atrás después de un par de años agridulces. He dejado atrás también a
personas muy importantes en mi vida, que es algo que me está costando asumir, y
ahora tengo otras personas importantes a las que también tendré que dejar atrás
cuando me vaya a Zaragoza el año que viene, si es que eso acaba pasando.
Mi grupo de amigos de la uni ya no me
emociona porque ya he visto a las personas de cerca y he perdido el interés (y
en quien tengo interés no tiene tiempo para mí). No hay refugio de eso en Elena;
aunque nos vemos bastante, noto la relación bastante vacía. Miguel está fuera y
tampoco somos tan cercanos, a pesar de todo lo que lo quiero.
Lo que es peor, no tengo ningún ánimo para
hacer el esfuerzo de conocer a gente nueva, que no me haría mal. Suficiente tengo
con enfrentarme a los impulsos de buscar constantemente la aceptación de mis
amigos cuando se supone que ya la tengo como para meterme en jardines nuevos y
todavía más inseguros.
He perdido toda mi ambición política; no
estoy en ningún colectivo y solo voy a manifestaciones cuando me lo piden. Y no
tengo ninguna impresión de que eso vaya a cambiar pronto. Estuve bastante
tiempo leyendo el Twitter feminista, reuniéndome en asambleas, yendo a charlas…
¿y qué queda de todo eso? Nada, salvo la conciencia crítica, y eso está bien,
pero tiene sus problemas.
Me he fijado recientemente en que en mis
relaciones afectivas no desarrollo un afecto asentado y comprometido y mi
pareja sí, y en mis rollos la otra persona siempre tiene más intenciones. Me da
la sensación de que soy incapaz de comprometerme con nada y simplemente busco
consumir algo que ofrece la otra persona, por lo general algo más físico que
emocional. Esto me trae un sentimiento de culpa importante porque me parece que
está bastante feo, pero no sé muy bien en qué dirección moverme al respecto.
Esto tiene un patrón aún más general:
busco constantemente aceptación y cariño a mi alrededor, pero no trato bien a
la gente de la que siento que los recibo. En mis relaciones afectivas y rollos
me agobio y me alejo torpemente y haciendo daño. En mi familia soy todavía peor
porque ni puedo ni quiero alejarme, así que se convierte en una cuestión de
hábito, que es aún más peligroso. Reconozco que no trato bien a mi hermano
pequeño, y tampoco trato todo lo bien que debería a mis hospitalarios abuelos.
Supongo que me siento algo culpable, bastante
solo y sin sensación de propósito, y lo que es peor, muy cansado como para
cambiar ninguna de estas circunstancias. No es ya que la fe mueva montañas,
sino que las montañas solo se mueven con fe, y últimamente no creo en nada. Ni
en causas artísticas, ni políticas, ni intelectuales; ni si quiera personales.
Para rellenar el vacío que han producido
estas crisis de fe sucesivas, he ido recurriendo a lugares más modestos, más
cercanos, menos arriesgados. Más conservadores. He apostado por intentar cuidar
mi salud y trabajar mis relaciones familiares. Hacer más deporte, con
disciplina; cuidarme más y hacer menos locuras de esas de trasnochar y tomarme
tarrinas de helado enteras yo solo. Ir a ver más a mis padres y mi hermano, mis
tíos, mis primos. Llamar más por teléfono, pensar en cumpleaños y en regalos de
Navidad.
He organizado mejor mi tiempo de ocio. Escucho
música más variada que nunca, y eso me alegra porque es algo que siempre he
querido hacer. Veo algunas series y soy fan de varias sagas de películas, y he
vuelto a empezar a leer, y a buen ritmo. Eso también era algo pendiente. También
lo era retirarme de las redes sociales; prácticamente no entro en Twitter y no
toco Facebook por principios. Instagram se me resiste, pero al menos trato de
subir contenido interesante.
Juego al buscaminas en el metro.
Juego al buscaminas en el metro.
En pocas palabras, creo que me estoy
convirtiendo en un cobarde conformista, un individuo pasivo completamente
corriente, otro consumidor que no estorba. Esto me apena y me preocupa mucho
porque es como si un montón de especies se acabaran de extinguir a la vez bajo mi
esternón, como si muchísimos lanzallamas se acabaran de quedar sin combustible en
mi cabeza.
Supongo que la pérdida de la pasión viene
con lo de entrar en la edad adulta. Y lo peor es que según la mitad de mí se
aterroriza, la otra mitad no tiene ningún problema.