11/16/2019
Malas decisiones
Debido a un complejo entramado de malas decisiones, estoy aquí solo, en la cafetería de la estación de una ciudad donde no vivo, consumiendo de a poquitos un cruasán mientras cargo la batería del móvil.
Que de por sí no es una situación tan mala, está ok, pero la mesa tiene muy mala iluminación y el cruasán está en un estado cuestionable. Hace un poco de frío. Y claro, tampoco me puedo ir a otro lado, porque el chico que me ha ofrecido quedarme en su casa tiene cosas que hacer por la tarde y no llega hasta la hora de cenar. Es, en conjunto, un escenario completa y absolutamente evitable.
Para no encontrarme yo aquí sino cómodamente en mi sofá sólo hacía falta echarle un poquito de sentido común a cada una de las situaciones que, poco a poco, me han ido trayendo hasta aquí. Pararse a pensar un momento. No he venido haciendo mucho de eso últimamente. Me permito a mí mismo caer en estas situaciones precarias diciéndome que no pasa nada, que son provisionales: en cuanto tenga un día tranquilo ya me pondré en serio y me organizaré, y todo empezará a ir mejor.
La buena vida es una bola de nieve. Solo necesita un empujón para caer rodando por la pradera de las buenas decisiones, y la suave pendiente es suficiente para mantenerla en marcha y saludable.
El cruasán sabe a rancio. Probablemente la mantequilla se puso mala después de pasar, pongamos, cinco o seis días en la vitrina. Todavía me sentará mal y todo.
Las decisiones del arquitecto de esta estación tampoco son ejemplares, ¿eh? No vamos a meternos en eso, porque si no, no paramos. Pero… en fin. En la quinta ciudad más poblada de este nuestro gran país, la única estación de autobuses y la mayor estación de trenes se albergan bajo el mismo techo. No hace falta ser un lumbreras para darse cuenta de que, si además de decidir ponerlas en el mismo edificio, decides, ojo, que dicho edificio sea un enorme cubo vacío con la innecesaria altura de ocho plantas, no va a haber dios que caliente esto en invierno, por no hablar de la excursión que se mete uno entre pecho y espalda si se atreve el muy osado a caminar desde Llegadas hasta Atención al cliente.
Ha sido un mes muy raro. Volví a Madrid, alquilé un piso con tres amigos, me metí en un curso de profesiones artísticas, y ahora me encuentro a mí mismo poniendo lavadoras y hablando de la universidad en pasado. Al fin comienza ese momento tan anticipado, ese hito en la mitología de la vida moderna que, según los antiguos profetas, culmina con una boda, una hipoteca y un contrato indefinido.
Pasa una vez en la vida, dicen. Se ve que el paro y los divorcios se inventaron después de que lo dijeran. Pero mira, aun así, admitamos que es un momento raro, «único», de excepción: bienvenido a la vida adulta, ya te acostumbrarás. La incertidumbre es provisional. Una vez llegues a la rutina, irás menos pillado. Mientras tanto, no pasa nada por dormir una hora menos si se te hizo tarde preparando las clases. Tampoco pasa nada por saltarte alguna vez la primera hora y llegar a siete horas de sueño.
De momento, se te ocurre, puedes permitirte coger un taxi para llegar al tren si vas con prisa, o comprarte un bocata en la cafetería si no te dio tiempo a hacerte la comida ayer. Total, en seguida estas cosas van a dejar de pasar. No te diste cuenta de que se te acababa la batería del móvil, así que está bien que entres a la cafetería a pedir un café y cargar el móvil. Llega el día 15 y ya hay que hacer malabares para pagar las compras de la semana. Vas a tu pueblo, sales con unos amigos, te prestan veinte euros para el billete de vuelta. Son las once de la mañana, te duele la cabeza, no encuentras el dinero. Tu madre accede a pagártelo, pero las plazas ya están llenas, así que coges uno más tarde, llegas de noche, y no tienes tiempo para hacerte la comida del día siguiente. Vuelves a comprar un bocata en la cafetería.
Pasan un par de párrafos. Es martes, vuelves a casa de noche. Según acabas de cenar miras la hora, son las diez y media. Podrías… no, deberías sentarte a hacer un calendario de gastos y luego irte a dormir a tu hora. Pero ah, entonces llega tu compañero de piso. Te pregunta qué tal. Bien, supongo, estoy haciendo amigos en el curso de artes. Le preguntas qué tal el examen. Bien, supone. Cayó lo que esperaba. Me alegro, dices. Son las doce y media. Estás muy cansado y te vas a dormir.
Los momentos abundan. Hay momentos a patadas. A espuertas, podría decirse. Hay momentos para tumbar a un elefante. Los hay, diríase incluso, para parar un tren. Tienen esa fuerza, los momentos. Vale con que un par de ellos sean así tranquilitos, serenos, como para pararse a pensar. Los momentos de pensar se van sucediendo uno tras otro, y no te paras a pensar. En vez de eso te paras a tomarte un respiro, hablar con un amigo, mirar Twitter, no tomar decisiones por una vez en el día.
Cuando llega el momento idóneo para empujar la bola de la buena vida y echarla a rodar por la ladera del sentido común, ni lo intentas: tienes los brazos cansados de agarrarte a las barras de arriba en el metro. Y, honestamente, tampoco es que hagas mucho ejercicio últimamente. Te vuelves indulgente.
En la tele de la cafetería, Sting lleva un rato cantando cosas vagamente inquietantes sobre vigilar a tu persona amada. Es un vídeo de YouTube. La situación en sí no es desesperada, pero llegados a este punto se hace evidente que es parte de una bola de cosas, una bola muy distinta a la otra, que lleva ya un tiempo rodando. La falta de tiempo, dinero y energía crea situaciones difíciles; para salir del paso inviertes más energía, tiempo y dinero. En el presupuesto personal, «apagar fuegos» va acaparando más y más recursos.
Para ser justos, este mes solo es el clímax de algo que lleva pasando mucho tiempo. Como dice Pratchett, casi todas las historias empiezan mucho antes del principio. Junio también fue un momento clímax: de un TFG y cuatro asignaturas que tenía matriculadas, aprobé una. A día de hoy no sabría decir por qué. Tras ese cúmulo de estrés y frustración, que no pasa nada, es un momento puntual, llegó por fin el verano. La perspectiva de septiembre dividió mis vacaciones en dos partes: cumplir responsabilidades y evadir responsabilidades. No pasa nada, es un momento puntual.
Llegué apretado a las recuperaciones; aprobé dos, y matriculé de nuevo el TFG y la otra. Coincidió mi liberación con el veranillo de San Miguel, pero ¡ah!: había que buscar piso, y de las cuatro personas que nos íbamos a vivir juntas, dos trabajaban a tiempo completo o casi y una estaba haciendo el camino de Santiago. Mis vacaciones se dividieron de nuevo en dos partes: visitas al extrarradio y tonadillas de espera en el teléfono de las agencias de alquiler. No pasa nada, Es un momento puntual.
Hubo grandes sabios que se enfrentaron a los antiguos profetas. Los ogros son como las cebollas, decían. Los dos tienen capas. Esta perla de sabiduría ancestral es aplicable a la precariedad: una situación provisional va dentro de otra, que va dentro de otra, y al final toda la precariedad está dentro de la vida, que es la situación más provisional que hay. Todo pasa «mientras tanto».
Yo llevo un mes y medio intentando apañarme con la convivencia, las tareas domésticas y demás, y mientras tanto he conocido a gente maravillosa, he aprendido mucho en lo que llevo de curso, y también se murió una amiga y mi abuelo enfermó de gravedad. Viví la peor resaca de mi vida, volví a hacer teatro, uno de mis grupos de amigos se desintegró casi por completo.
La bola de cosas es enorme, y no puede uno permitirse hacer como si nada mientras se arreglan solas, porque entonces vienen más. También hay que buscar ayuda, supongo. Tampoco he hecho mucho de eso últimamente. Me viene a la cabeza que es importante decir que no a las cosas que te superan, y hacer planes para ver a qué puedes decir que sí.
No soy un grande en lo que a sacar moralejas respecta.
Se ha hecho de noche; la señora de la cafetería ya está fregando. Ahora en la tele está Take On Me subtitulada en portugués. Los hits de los ochenta en YouTube no acaban, ¡no acaban!
5/05/2019
Si te quedas en casa, no pasa nada
No me gusta la idea porque parece que me culpa de mi propio aburrimiento. Suena como la cantinela de autoayuda capitalista americana: el éxito está ahí para el que se esfuerza; si no tienes éxito, es que no te esfuerzas. Sal más de casa. No necesitas nada más que un sueño, uno tan pasional que todas las horas extra serán pocas. Henry Ford empezó en un garaje. Steve Jobs empezó en un garage. No te faltan medios, te faltan ganas. Las oportunidades están ahí, sólo tienes que abrirles la puerta.
En mi experiencia reciente (un poco más atrás de estas violentas arcadas sobrevenidas repentina e inexplicablemente) esa frase funciona muy literalmente. Las cosas pasan si les abres la puerta. Esto se comprueba una y otra vez cuando uno vive en una residencia de estudiantes como la mía. Hace una hora y media, un chico entró a mi habitación a saludarme: la puerta estaba cerrada, pero él es bastante nuevo y no suele hablar con nadie más en este pasillo, así que cuando pasa por mi puerta entra a saludar aunque esté cerrada. Es la única persona que llama a mi puerta solo para hablar.
Pero tiene la mala costumbre de dejarse la puerta abierta de par en par cuando sale, que no pasa de ser una pequeña molestia. Sin embargo, esta noche la consecuencia ha sido que, hace quince minutos, otro colegial más veterano se ha pasado por la habitación aburrido de esperar al estreno del siguiente episodio de Juego de Tronos a las tres de la mañana. Cuando se ha ido, me ha preguntado si cerrar la puerta. Le he dicho que sí.
No sé si le caigo mejor a uno o al otro, pero estoy casi seguro de que el segundo no habría entrado si no hubiera visto la puerta abierta. Una puerta abierta invita a pasar. Una puerta cerrada no. Al menos me parece que así funciona el código de todas las personas que llevan aquí un tiempo; según ven a alguien ocioso en su habitación, entran y se ponen a hablar del tiempo, y en cuanto una tercera pasa por delante, se une. En cualquier momento dado hay una habitación que contiene de tres a siete personas hablando de nimiedades por ningún motivo en particular.
Para que esto pase tiene que haber una puerta abierta en algún lado. La única razón para que alguien llame a una puerta cerrada es que tenga un motivo concreto, como la falta de tabaco o el haber quedado para ir al gimnasio o ver una serie. Y una vez ya hay dos personas, la tercera es cuestión de minutos. En el caso de las veteranas cuenta como motivo adicional el hecho de que son muy amigas porque llevan juntas tres o cuatro años, entonces nada más llegar a su pasillo hacen una llamada tipo murciélago: gritar "HOLA, PASILLO" y reconocer el entorno en base al rebote del sonido en la forma de "HOLAAA". La que para un humano es una puerta cerrada, un murciélago la ecolocaliza totalmente abierta.
Hasta qué punto te quieras parecer a un murciélago es decisión tuya. Todos esos mecanismos siguen reglas no habladas, pero hay un extremo que sí que marca la diferencia: cerrarse con llave. Esa norma se dice bien alto, y quien la incumpla se ha de atener a las consecuencias. Por ejemplo, en el caso de dejar la habitación abierta en un descuido, uno podría encontrarse las ventanas fuera del quicio, el somier en la azotea, o las llaves en un bloque de hielo dentro de un tupper en algún congelador. Pero como la ley es laxa, si nadie lo ve no es ilegal, y la pena puede aplicarse o no según le venga en gana al juez.
Cerrarse con llave es una práctica aceptada si te vas fuera unos días o si vas a dormir en vez de salir en una noche de fiesta, porque hay una competencia muy dura entre el sueño continuo y vivir con muchos amigos cercanos en un sitio donde está permitida la bebida. Y aunque no evita los aporreos de puertas a las cuatro de la madrugada, definitivamente en el caso de los borrachos y las habitaciones, mejor fuera que dentro.
Una vez vi a una veterana salir de la habitación quitando una vuelta de llave primero, supuestamente porque no quería interrupciones durante su siesta ese día, y otra veterana que pasaba armó un alegre escándalo al verlo. Que si madre mía, que si estoy flipando, que si no me lo puedo creer... Aunque, a decir verdad, con cualquier cosa se arma escándalo alegre en este pasillo. En el otro extremo de la balanza, y del pasillo, el novato que entró a saludarme esta noche cierra su habitación a diario.
La única otra persona que sé que hacía eso era otro novato que se fue a mitad de curso por razones académicas, que, como el primero, tampoco se llegó a integrar mucho en el grupo. Aunque este otro caía mejor, y parte del motivo por el que se cerraba cada vez que se iba a clase era su rechazo ideológico a la confianza en la comuna. Este no habría tenido tanto problema con el relato de Steve Jobs y su garaje. Esto llevó a cierto pique amistoso entre él y yo, y en justo pago cobrado por mi humorosa mano, su nombre aparece en la camiseta grupal decorado con una hoz y un martillo.
Ahora que lo pienso, también hay otros novatos a los que les he visto cerrarse algunas veces; no sé decir con qué frecuencia, porque viven en otro pasillo, y tienen su propio grupito. No son de los novatos prohijados de las veteranas, así que no están estrictamente dentro del grupo central, y tampoco gozan de gran reputación entre esa gente. Pero tampoco se han quedado fuera del folklore a lo largo del año. Van a las reuniones, participan en los deportes, salen en las fiestas. Pero limpian poco.
A pesar de no ser de los más amiguísimos del grupo, yo nunca he sido uno de cerrarse a diario. Eso me deja en el interior de los de fuera, o en el exterior de los de dentro. Es un nicho ecológico que encuentro en casi cualquier hábitat y paso a ocuparlo muy rápido. Como suelo llevar horarios raros porque se me olvida dormir o comer con relativa frecuencia, me pierdo la piedra de toque de la socialización española, la sobremesa. En el primer mes llegué a la conclusión de que la diferencia entre un novato que se integra y uno que no es la diferencia entre comer a las dos o comer a las tres, porque de todas las novedades y anuncios me he enterado cuando he comido a tiempo y me he quedado ahí, más a escuchar que a hablar.
Esto es más de lo que pueden decir el que pasó a saludarme esta noche o el neoliberal. Tampoco participaron en las decoraciones navideñas ni han aparecido en las fiestas tanto como yo, pero de los que sí lo hicieron, seré el único que se llevaba bien con esos dos. Con los dos me he llevado bastante bien, de hecho. Supongo que es con los grupos con lo que me llevo peor, porque no salgo en las fotos de veteranos y prohijados, ni en las de los novatos del otro pasillo, ni en las de esos que se juntan a ver pelis, pero de todos esos me llevo bastante bien con una o dos personas.
Supongo que eso es lo que significa mi puerta cerrada sin llave. No te estoy diciendo que entres, pero tampoco te estoy diciendo que no entres. Indecisión crónica, supongo. He intentado dejar mi puerta abierta mientras estudio más a menudo, y de vez en cuando entra alguien, el chico de en frente o la veterana de allá, a comentar la política nacional o mi ridículo gusto por la decoración abarrotada. Un colegial va a una puerta abierta como una mosca a la miel.
Hay cosas que pasan si uno tiene la puerta abierta. Ayer por la tarde me quedé en mi habitación con fiebre mientras mis compañeros competían por grupos en pruebas al aire libre que involucraban un alto grado de ejercicio físico e intoxicación. Oí a alguien decir que se iba a cerrar la puerta por si había juegos de subir a buscar cosas. Cuando bajaron todos, pensé en cerrarme la puerta yo también. Y al final no lo hice, porque si no entra ahora corriendo un universitario ebrio vestido de pitufo en busca de mi ropa interior o similar, ¿cuándo lo hará?
Nunca lo hizo, pero tampoco me importó. Aunque diera igual lo que hubiera hecho ayer con la puerta abierta o cerrada porque nadie habría entrado, al menos todo aquello tuvo un claro beneficio: nada como un poco de costumbrismo para romper metáforas de autoayuda capitalista americana.
3/19/2019
Síndrome FOMO
(Donde trato de iniciarme en la sabiduría del refranero popular: no se puede estar en misa y repicando, porque al final no haces ni lo uno ni lo otro: el que mucho abarca poco aprieta.)
Estaba escuchando una canción que he escuchado mil veces y todavía he encontrado en ella formas muy sencillas de hacer cosas que llevaba mucho tiempo intentando hacer sin éxito.
Me he sentido muy pequeño y con mucho que aprender aún, pero he sentido que nunca alcanzaré lo que quiero de ese camino ni de ningún camino porque no sacrificaría por él el tiempo que dedico a los otros. Nunca haré la música que quiero hacer ni dibujaré como quiero dibujar. Tampoco escribiré como quiero escribir ni haré una filosofía que alcance mis expectativas.
Y mis expectativas tampoco son nada del otro mundo: hacer algo profesional ya sería para tirar cohetes. Hacer algo que mereciera que los que se dedican a esas cosas me vieran como uno más, que me sentaran a su mesa de discusión como los dioses olímpicos subían a los héroes a las estrellas, pero con menos pompa.
Claro que, por norma general, cada persona tiene una sola profesión. Por lo poco que sé de ella, la poeta Rupi Kaur podría jugar muy bien al bádminton, por ejemplo, pero nadie la miraría por ello como la miran sus lectores. Es más, Carolina Marín nunca la vería como la ve Elvira Sastre. Hay una diferencia entre ser bastante bueno y ser bueno a nivel profesional.
Presumiblemente, para alcanzar esa calidad poética Rupi Kaur renunció a ser así de buena en otras cosas. En el bádminton, por ejemplo. Se casó con un futuro y sacrificó los demás a cambio. Hace tiempo que no me siento capaz de casarme con nada; no quiero ni pensar en sacrificios. Trato de visitar todos los lugares y no paso suficiente tiempo en ninguno como para convertirlo en mi hogar. Y yo quiero un hogar.
Siempre pensé que un hospital hace mejor en mantener vivos a diez enfermos que en curar a uno y dejar morir al resto, pero... Todos estos proyectos enfermos no me llevan a ningún lado: ¿Esto quiero de mi vida? ¿Un hospital de intentos? No me siento capaz de conformarme con un solo camino, y temo que eso signifique que al final tenga que conformarme con ninguno.
Para la gente insatisfecha con su participación en este monopoly existencial hace falta una filosofía del sacrificio: no puedes vivir en diez hogares, querer a cien personas o tener mil profesiones. Hay unos cuidados que tienes que llevar a cabo para tener una amistad, para sentir que una ciudad es tu ciudad o que eres bueno en lo tuyo. Hay que implicarse en ello, dejarse afectar, pensarlo con claridad, estar dispuesto a echarle rato, dinero, esfuerzo; pero la capacidad emocional, racional, económica, temporal y física que uno tiene es limitada.
Por eso, La única manera de estar en misa y repicando es subir y bajar escaleras muy rápido, poniendo en riesgo la salud de tus rodillas. Se puede tener todo, pero no todo todo. Siempre se pierde algo. Horas de sueño, según mi experiencia personal.
Es una cuestión de humildad: no se pueden cumplir todas las expectativas, así que hay que asumir que desde el principio muchas de ellas están condenadas, y esos partidos están perdidos antes de jugarse. El orgullo me exige que no acepte la derrota, pero hay que renunciar al orgullo; hay que situar el amor propio en otra parte.
Y aquí hay que separarse de Disney y demás moralejas: el sentido de la vida no es luchar por lo que quieres; más bien pasa primero por repasar qué es eso que quieres, y entender que renunciar a tus sueños es una parte esencial de perseguir tus sueños.
