Después de muchos años de evitar atacar la cuestión, la cuestión me ha atacado a mí, presumiblemente harta de ser evitada: ¿por qué hago arte? ¿Qué sentido tiene hacer arte?
Y lo digo en el sentido más amplio: por qué ocupar tiempo haciendo esa cosa en vez de cualquier otra o ninguna en absoluto. No tienes nada más que tu tiempo; tu vida es todo lo que haces con tu tiempo. Y yo de verdad que siento decirlo, pero... cada vez que preguntaste a tu madre si de verdad había que hacer los deberes en el fondo interrogabas a Dios por el sentido de la existencia humana.
Si tu madre te decía que hay cosas que hay que hacer y punto, tú siempre podías decir que no quieres. Pero entonces llega tu madre y te pregunta: ¿y qué quieres? ¿Quieres lo que en el futuro será buena para ti, o lo que te apetece justo ahora?
¿En qué parte del tiempo tiene que estar la felicidad que te da una decisión: en el momento de hacerla, un poco después, mucho después? ¿Vale más mucha luego que poca ahora? No todos los momentos valen igual: dependiendo de cuánto falta para que llegue, un momento te importa más o menos. Y todas las valoraciones se hacen desde algún momento; no puedes salirte fuera de tu propio tiempo para juzgar. Simple y llanamente no es una opción: siempre piensas en primera persona.
Pero es aún peor: quizás quieres hacer lo que es bueno para otros, o lo que honra tus tradiciones, o algo que te da miedo no hacer, o que te parece justo, o a lo mejor se lo debías a alguien. El tema de lo que haces «para tu felicidad», por «voluntad propia», es muy enrevesado. Pensar en ello demasiado lleva al «no sé lo que quiero y no sé si lo quiero».
Sin embargo, si hay algo que hemos aprendido de Bee Movie es que según la física las abejas no deberían poder volar, pero las abejas, por supuesto, vuelan de todas maneras, porque a las abejas les da igual lo que los humanos piensen que es imposible. A la felicidad le pasa algo parecido: tomamos decisiones por voluntad propia y buscando la felicidad, sopesando placer y dolor, aunque no tengamos ni idea de cómo lo hacemos.
Al menos hay algunas reglas de ponderación que todo el mundo suele aceptar: alguien que pasa hambre no es feliz. Lo mismo con el frío, la enfermedad, las heridas... Todas son sensaciones muy corporales y muy intensas. Y a pesar de ello, nadie entiende en serio el sexo como una necesidad básica porque, a diferencia de lo que pasa con la comida, el cobijo, la salud y la integridad física, no te puedes morir de falta de sexo.
Lo interesante de las necesidades básicas es que cubrirlas no siempre tiene sentido: no vas a matar a alguien por la calle para conseguir una chaqueta. Simplemente no quieres. Pero casi siempre querrías evitar que esos problemas se alargaran: pasar hambre o frío tienen que ser excepciones. No hay nada que gane a evitar el hambre y el frío a largo plazo.
Yo vivo en un mundo en el que la vida se rige por un objetivo: evitar el hambre y el frío a largo plazo. Durante unos años estudias para trabajar, y durante los demás años trabajas para pagar comida (evitar hambre) y casa con calefacción (evitar frío). Y en eso se va la mayoría del dinero, que es la mayoría de tu tiempo, tu vida.
Por supuesto, nada de eso funcionaría viviendo a solas en el bosque; para que el trabajo se convierta en comida, casa y calefacción hay que vivir en una sociedad operativa. Por eso otra parte importante del dinero se va en evitar que te roben, ajusticiar a los ladrones, educar a los niños, mantener a los ancianos.
Quiero creer que la existencia de ancianos sanos y niños educados evita mucha hambre y frío.
El tiempo de trabajo se va en comida y cobijo sobre todo, y también en tener una sociedad operativa para asegurarlos, y en la otra cosa básica, que es evitar que te maten: la seguridad. Todo el mundo trabaja felizmente para poder pagar a alguien que evite que le maten (tanto sus vecinos como los extranjeros).
Idealmente esto podría seguir y seguir hasta dar sentido a cada decisión de las siete mil millones de vidas humanas que suceden ahora mismo: todo sería de cara a asegurar comida, cobijo, seguridad, sociedad operativa... Pero curiosamente no es así. Hay una serie de cosas que se hacen en todas partes, en todas las épocas, y que la mayoría de las veces no se hacen para suplir esas necesidades básicas. Cuidar de la familia, contar chistes, enterrar a los muertos en lugares rituales. Pintar en las paredes y rezar. Cantar.
Aunque hoy en día todos sabemos los importantísimos efectos grupales que tiene la cultura (p. ej.: recordar batallas une al grupo, el grupo asegura comida y cobijo) la verdad es que no la producimos para fortalecer al grupo. Pocas veces. Cuando alguien cuida de sus abuelos lo hace por amor o por deber, no por necesidad. Cuando alguien cuenta un chiste es por entretenimiento. Cuando alguien hace un favor no espera recibir nada a cambio.
Sabemos que Hipatia estudió las secciones cónicas, Safo escribió la Oda a Afrodita y Sócrates vaciló con profusión a sus indefensos conciudadanos, y no lo hicieron con la intención de procurarse comida y cobijo, ni de fomentar un espíritu de grupo que las asegurara, ni de protegerse físicamente contra nadie. Las personas tienen una complejísima vida intelectual y emocional que motiva sus acciones más allá del sentido que puedan dar las necesidades básicas.
(Nota: es muy basto decir que son conductas humanas frente a conductas animales: los animales practican muchas de esas «conductas humanas», y los humanos, «conductas animales», aunque en ambos casos con menos habilidad.)
Si no las sentimos como importantísimas tareas que necesitamos para sobrevivir, ¿qué nos empuja a estos comportamientos? ¿Por qué queremos hacer estas cosas, cómo nos hacen felices? En el hambre, el frío y el dolor, sabemos que son impulsos que llevan a uno a comer, cobijarse y protegerse, y se caracterizan porque son sensaciones muy corporales, desagradables, recurrentes, perentorias y sugerentes de muerte si se las desatiende.
Con el resto de acciones sucede parecido; aunque son muy diversos y mucho menos corporales y desagradables, hay muchos impulsos que nos empujan: la soledad nos empuja a socializar, el amor a cuidar, el aburrimiento a entretenernos, la curiosidad a saber, la tristeza a penar, la admiración a adorar, la inspiración a expresar, el olvido a recordar y el recuerdo a relatar; la inconformidad a proyectar, y la proyección a predicar. Por supuesto, con el tiempo (personal y cultural), determinadas respuestas van cristalizando en formas concretas: ir con amigos al cine, regalar en navidad, contar chistes, investigar empíricamente, hacer luto, rezar, escribir poesía, contar anécdotas alrededor del fuego, proclamar utopías en manifestaciones...
Supongo que, como experiencias básicas, todas las acciones encajan en el esquema impulso-respuesta. Quizás ese sea el sentido de las acciones, dar respuesta a emociones.
Sin embargo, todavía no me atrevo a decir que investigamos para saciar la curiosidad de la misma manera que comemos para saciar el hambre.