No muchos fuimos a la sesión de acogida
para los estudiantes de primero de grado en mi año. Habló un señor que se me
antojó parecido al protagonista de Breaking
Bad, y después uno bajito y compacto y otro barbudo y desenfadado. Cuando
le tocó el turno al entonces delegado de segundo, dijo tres cosas que recuerdo
con mucha claridad.
Primero nos animó a escribir un texto
filosófico antes de empezar las clases y a leerlo al final del año. Nunca lo
hice. En segundo lugar, nos dijo que, por
cuestiones de supervivencia, no hay que tomarse la carrera demasiado en serio.
Finalmente, supongo que por decir algo agradable, comentó que en pocos entornos
académicos se encontrará un ambiente tan cercano entre estudiantes de distintos
cursos, personal docente e investigador y personal en formación.
Un año y medio después, con la ocasión de
la muerte de un estudiante mayor que yo, pude constatar con bastante emoción
que aquel círculo de figuras cabizbajas reunidas en el césped de la Autónoma
una mañana de primavera para llorar la pérdida era, a su manera, una familia.
Eso sí, una familia extensa, con primos
lejanos y distintas ramas. Uno se va dando cuenta de cómo van esas ramas en el
momento en el que un profesor saca a pasear ideas muy parecidas a las de otro.
De estos dos, uno con una tupida barba blanca solía decir que la historia de la
filosofía occidental podía pensarse en tres partes según su objeto: a grandes
rasgos, la filosofía antigua trata del mundo; la moderna, del sujeto de
conocimiento. La contemporánea, finalmente, se ocupa sobre todo del lenguaje.
El mundo de Platón y Aristóteles estaba
lleno de cosas, cosas que son en
virtud de otras. Estaba lleno de palabras y de razones también, y de
conocimiento, pero en la obra más reconocida de los primeros grandes sistemas
filosóficos de nuestra tradición, la Metafísica,
esta preocupación solo llena el primero de catorce capítulos, a modo de
recorrido del camino a la verdad, para luego pasear en su seno por un rato más
largo.
El medievo está lleno de sustancia,
esencia, ser, hombre, Dios, creación, causa, subsistencia, inherencia,
trascendencia, inmanencia. Lo infinito, lo finito; lo sensible, lo inteligible.
Para mí, la filosofía medieval es a la antigua lo que Axel Rose dando conciertos
con AC/DC en 2017 es a los 80: puede que saques algo de valor, pero ese chicle
ya está muy mascado.
La Modernidad no se despega del todo de
aquí, pero de repente está todo lleno de certeza, sujeto, objeto, mundo, idea,
concepto, razón, entendimiento… Me da la sensación de que ahondan mucho en ese
camino que Aristóteles solo transitó en el libro I de la Metafísica para llegar a donde quería llegar, y en ese sentido
Hegel dice (según Jorge Manzanero lee el prólogo a la Fenomenología del Espíritu) que, oiga, nosotros hemos venido a
Hacer El Saber, no a preocuparnos de si se puede o no se puede, ¿no?
Luego tienes todo el siglo XIX contestando
a coro: «¡No!», porque son muy rompedores ellos, pero una cosa graciosa que les
pasa a los del XIX es que tampoco escapan de la larga sombra de Hegel. Por
ejemplo, se quedan con una de sus palabras favoritas, «espíritu». Yo nunca he
tenido muy claro lo que significa exactamente, pero en este punto creo que,
tentativamente, podría intentar explicarlo. Viene a ser… como la conciencia,
pero no individual, sino colectiva. Así como podrías decir que los pensamientos
de la conciencia individual están en la cabeza de ese individuo, las ideas del
espíritu estarían en el arte, la religión y la filosofía. Viene a ser algo así
como la cultura en un sentido amplio. La cultura de un pueblo, el espíritu de
un pueblo.
Puede parecer una tontería, pero la noción
de «espíritu» me ayuda a pensar cosas del día a día con un poco más de claridad.
Es temporada de regalos, y se alza la pregunta de: ¿regalar libros traducidos,
o en versión original? Bueno, ¿y qué importa? Si, en fin y al cabo, leo en
inglés casi tan bien como en español, y tengo buenas referencias de la
traducción de Terry Pratchett, ¿qué importa?
Pues es una pregunta difícil de responder.
Los valores de «lo que importa» que están escondidos debajo no son para nada
triviales. Una vez me bajé un libro de Sylvia Plath en español, y mi hermana me
criticó porque al final la traducción siempre pierde algo, o al menos cambia.
Yo le dije: «Bueno, no leo para entender a Sylvia Plath, sino para ganar algo
de lenguaje poético, que en español voy escaso». Quería ganar ideas, porque he
leído muy poco y al final siempre me encierro en los mismos tópicos.
Por eso, mi intención en ese momento era
como de «cultivar» mi propio lenguaje, enriquecerlo, pero eso ha de ser en mi
mismo idioma, claro. Yo quería, por así decirlo, trabajar en casa. Y eso que
siempre escribo canciones en inglés, pero con la poesía tenía un estándar
lírico al que no llegaba con el inglés (por falta de lectura), así que hice las
paces con mi lengua materna. La conozco mejor, ya tengo más terreno ganado.
Cuanto más la trabaje, más lejos llegaré, pensé. Lo que me estaba jugando con
esa decisión, sin embargo, no lo vi hasta después.
El lenguaje surge como un medio de
comunicación en una comunidad. Se trata de que yo digo «león» y tú corres. No
importa tanto si el significado de la palabra es el mismo para ti que para mí,
sino que los dos corramos si oímos «león». El «significado» de la palabra, sea
lo que sea eso, o es el uso o está subordinado al uso. A base de quemarte
cuando digo «cuidado, que quema», aprendes lo que quiere decir «cuidado, que
quema»: lo quiera Wittgenstein o no, se aprende a hablar haciendo inducción a
partir de casos.
(Es verdad que cada conjunto de casos
permite inducir muchos significados o reglas de uso distintas, igual que cada
conjunto de datos permite inducir varias teorías científicas, y un saludo a
Quine, pero esto no significa que no aprendamos por inducción, sino que explica
que, al hacerlo, para cada uno, los significados son ligeramente distintos. Y
por eso, el edificio de palabras que hace cada comunidad varía con el tiempo,
según cada usuario del lenguaje use las mismas palabras en casos ligeramente
distintos a los demás.)
El lenguaje es comunitario: es la
herramienta de supervivencia de la aldea frente al hambre, la enfermedad y las
bestias. Dios sabe que los ancianos están para contar batallitas, y si en
tiempos se hacía alrededor del fuego, cuando todos podían oírlas, ese debe ser
seguro el origen del espíritu: un pueblo entero con unas bases cognitivas
comunes, en base a su lengua común. Los relatos de las abuelas de la tribu explican
el mundo con ese lenguaje que ha construido la comunidad para sobrevivir, y los
nietos pasarán las leyendas a sus nietos… El lenguaje es el yunque y martillo
para la construcción de mundos. Pero no es una construcción de mundos personal,
sino hecha para la comunicación, y
por tanto colectiva: el espíritu conoce a través del lenguaje.
Según las aldeas crezcan y surjan las
primeras ciudades, la economía se va haciendo más compleja, y el número de
gente que empezará a tener que hablar una con otra para tener algo que comer
será cada vez más grande. La comunidad lingüística se amplía, y deja de ser en
el sentido estricto un pueblo, y pasa a ser… un Pueblo, una civilización.
Muchas abuelas tienen que juntar sus historias, y la convivencia se hace más
complicada. Entonces, en una mezcla de explicaciones sobre el mundo con normas
de convivencia y ciertos rituales convencionales, voilá, surgen las religiones. Con la escritura quedarán para la
posteridad los textos fundacionales de estas culturas. En la nuestra es la Biblia, y antes lo fueron la Odisea y la Iliada, como en otras pueden ser los Udana o los Upanishads.
Una cultura, un pueblo, lleva sus visiones
del mundo y sus normas ético-políticas incardinadas en su lenguaje. Las
relaciones entre pueblos no son fáciles: uno puede traducir para cuestiones
básicas de la práctica, pero traducir un sistema de valores es otro rollo. El
lenguaje es la identidad del espíritu, su construcción del mundo hecha en base
a los usos que hace la comunidad. No es, para nada, una especie de reflejo
inmediato del mundo, donde cuando digo «ahí hay un vaso azul», realmente el
mundo está estructurado en objetos físicos delimitados con propiedades como el
color, y que están ahí. Y aquí hay que saludar a Nietzsche, y a Heidegger, que
aprendió de él.
De hecho, estos dos son solo una de las
versiones de ese gran «no» a Hegel, y por tanto a Aristóteles y Platón, que
propuso el XIX. Hay varias tradiciones en contra de lo que ellos llamaban la
metafísica. Por ejemplo, la profusa tradición relativista del siglo XX niega
esa idea de la verdad absoluta que se puede reflejar sin mancha alguna en el
lenguaje, que ha de ser universal porque las matemáticas siempre funcionan, o
porque el lenguaje se puede reducir a átomos lógicos, o vaya usted a saber qué
idea descabellada.
La idea de que la gramática determina la
visión del mundo es la versión fuerte de la tesis de Sapir-Whorf, la hipótesis
relativista del lenguaje. Mucho se habló de las veinte palabras de los
esquimales para hablar de la nieve, pero Wikipedia
dice que eso es un cliché y la hipótesis está pasada de moda. Sin embargo,
es evidente que hay algo muy identitario, muy propio del espíritu de un pueblo,
en su lenguaje, además de en sus tradiciones pasadas de padres a hijos, sus
normas éticas vigentes y sus estructuras sociales, políticas…
Entender el espíritu es entender la
sociedad como un agente de conocimiento. Integrar el lenguaje en el espíritu es
leer a Terry Pratchett traducido, porque la traducción es una cultura
estudiando a otra. Al igual que una persona conversa con otra mientras toman un
café siendo totalmente conscientes de que no se están leyendo la mente y no pasa nada, una cultura incorpora
los textos de otra a su propio sistema cognitivo con fallos, de forma
imperfecta, para hacerlos accesibles a sus miembros. Y no pasa nada porque no
sea el original: no lo ibas a
entender de todos modos…
En otras palabras, leer traducido a la
lengua materna es cultivarla, pero eso es alimentar la pertenencia a ese
sistema cultural propio de un pueblo. Traducir refuerza una cultura. Aprender
idiomas, el cosmopolitismo. Cuál de estas opciones deba tomarse es algo que
depende de la agenda política de cada uno. Se puede defender que no hay lugar
para las naciones individuales en un mundo globalizado, como sugiere la
corriente liberal, mientras que su rival conservadora apoyará la identidad del
pueblo. ¿Qué debe hacer la izquierda al respecto? El conservadurismo tiene
muchos problemas, y ha sido el enemigo tradicional de la izquierda española,
pero quizás la noción de espíritu y sociedad no deban echarse por la borda
directamente. No sé cómo habría que hacer esto, pero se me ocurre una idea al
respecto.
Un
especialista estadounidense en pensamiento nipón decía en una entrevista
sobre que los occidentales estudien filosofía japonesa: «Hay un pequeño grupo
de japoneses que dicen: ‘Ya no sería japonesa. Hay que insistir en que se debe
conocer la lengua y el complejo trasfondo del que viene para entenderla.’ Yo
digo: ‘No, no hay que hacer eso.’ La filosofía japonesa no es universal en el
sentido de que se estudie como los japoneses nos dicen que hay que estudiarla.
Es universal porque crece según se traduce. Entra en el espacio común.»
No digo que esté de acuerdo, pero la
izquierda siempre ha tenido una gran preocupación por el «espacio común» entre
individuos. Puede que el reto esté en pensar si es posible un espacio común
entre sociedades y cómo debe ser, qué reglas podría tener.
