12/12/2017

Cuando los filósofos hacen regalos




No muchos fuimos a la sesión de acogida para los estudiantes de primero de grado en mi año. Habló un señor que se me antojó parecido al protagonista de Breaking Bad, y después uno bajito y compacto y otro barbudo y desenfadado. Cuando le tocó el turno al entonces delegado de segundo, dijo tres cosas que recuerdo con mucha claridad.

Primero nos animó a escribir un texto filosófico antes de empezar las clases y a leerlo al final del año. Nunca lo hice. En segundo lugar, nos dijo que, por cuestiones de supervivencia, no hay que tomarse la carrera demasiado en serio. Finalmente, supongo que por decir algo agradable, comentó que en pocos entornos académicos se encontrará un ambiente tan cercano entre estudiantes de distintos cursos, personal docente e investigador y personal en formación.

Un año y medio después, con la ocasión de la muerte de un estudiante mayor que yo, pude constatar con bastante emoción que aquel círculo de figuras cabizbajas reunidas en el césped de la Autónoma una mañana de primavera para llorar la pérdida era, a su manera, una familia.

Eso sí, una familia extensa, con primos lejanos y distintas ramas. Uno se va dando cuenta de cómo van esas ramas en el momento en el que un profesor saca a pasear ideas muy parecidas a las de otro. De estos dos, uno con una tupida barba blanca solía decir que la historia de la filosofía occidental podía pensarse en tres partes según su objeto: a grandes rasgos, la filosofía antigua trata del mundo; la moderna, del sujeto de conocimiento. La contemporánea, finalmente, se ocupa sobre todo del lenguaje.

El mundo de Platón y Aristóteles estaba lleno de cosas, cosas que son en virtud de otras. Estaba lleno de palabras y de razones también, y de conocimiento, pero en la obra más reconocida de los primeros grandes sistemas filosóficos de nuestra tradición, la Metafísica, esta preocupación solo llena el primero de catorce capítulos, a modo de recorrido del camino a la verdad, para luego pasear en su seno por un rato más largo.

El medievo está lleno de sustancia, esencia, ser, hombre, Dios, creación, causa, subsistencia, inherencia, trascendencia, inmanencia. Lo infinito, lo finito; lo sensible, lo inteligible. Para mí, la filosofía medieval es a la antigua lo que Axel Rose dando conciertos con AC/DC en 2017 es a los 80: puede que saques algo de valor, pero ese chicle ya está muy mascado.

La Modernidad no se despega del todo de aquí, pero de repente está todo lleno de certeza, sujeto, objeto, mundo, idea, concepto, razón, entendimiento… Me da la sensación de que ahondan mucho en ese camino que Aristóteles solo transitó en el libro I de la Metafísica para llegar a donde quería llegar, y en ese sentido Hegel dice (según Jorge Manzanero lee el prólogo a la Fenomenología del Espíritu) que, oiga, nosotros hemos venido a Hacer El Saber, no a preocuparnos de si se puede o no se puede, ¿no?

Luego tienes todo el siglo XIX contestando a coro: «¡No!», porque son muy rompedores ellos, pero una cosa graciosa que les pasa a los del XIX es que tampoco escapan de la larga sombra de Hegel. Por ejemplo, se quedan con una de sus palabras favoritas, «espíritu». Yo nunca he tenido muy claro lo que significa exactamente, pero en este punto creo que, tentativamente, podría intentar explicarlo. Viene a ser… como la conciencia, pero no individual, sino colectiva. Así como podrías decir que los pensamientos de la conciencia individual están en la cabeza de ese individuo, las ideas del espíritu estarían en el arte, la religión y la filosofía. Viene a ser algo así como la cultura en un sentido amplio. La cultura de un pueblo, el espíritu de un pueblo.

Puede parecer una tontería, pero la noción de «espíritu» me ayuda a pensar cosas del día a día con un poco más de claridad. Es temporada de regalos, y se alza la pregunta de: ¿regalar libros traducidos, o en versión original? Bueno, ¿y qué importa? Si, en fin y al cabo, leo en inglés casi tan bien como en español, y tengo buenas referencias de la traducción de Terry Pratchett, ¿qué importa?

Pues es una pregunta difícil de responder. Los valores de «lo que importa» que están escondidos debajo no son para nada triviales. Una vez me bajé un libro de Sylvia Plath en español, y mi hermana me criticó porque al final la traducción siempre pierde algo, o al menos cambia. Yo le dije: «Bueno, no leo para entender a Sylvia Plath, sino para ganar algo de lenguaje poético, que en español voy escaso». Quería ganar ideas, porque he leído muy poco y al final siempre me encierro en los mismos tópicos.

Por eso, mi intención en ese momento era como de «cultivar» mi propio lenguaje, enriquecerlo, pero eso ha de ser en mi mismo idioma, claro. Yo quería, por así decirlo, trabajar en casa. Y eso que siempre escribo canciones en inglés, pero con la poesía tenía un estándar lírico al que no llegaba con el inglés (por falta de lectura), así que hice las paces con mi lengua materna. La conozco mejor, ya tengo más terreno ganado. Cuanto más la trabaje, más lejos llegaré, pensé. Lo que me estaba jugando con esa decisión, sin embargo, no lo vi hasta después.

El lenguaje surge como un medio de comunicación en una comunidad. Se trata de que yo digo «león» y tú corres. No importa tanto si el significado de la palabra es el mismo para ti que para mí, sino que los dos corramos si oímos «león». El «significado» de la palabra, sea lo que sea eso, o es el uso o está subordinado al uso. A base de quemarte cuando digo «cuidado, que quema», aprendes lo que quiere decir «cuidado, que quema»: lo quiera Wittgenstein o no, se aprende a hablar haciendo inducción a partir de casos.

(Es verdad que cada conjunto de casos permite inducir muchos significados o reglas de uso distintas, igual que cada conjunto de datos permite inducir varias teorías científicas, y un saludo a Quine, pero esto no significa que no aprendamos por inducción, sino que explica que, al hacerlo, para cada uno, los significados son ligeramente distintos. Y por eso, el edificio de palabras que hace cada comunidad varía con el tiempo, según cada usuario del lenguaje use las mismas palabras en casos ligeramente distintos a los demás.)

El lenguaje es comunitario: es la herramienta de supervivencia de la aldea frente al hambre, la enfermedad y las bestias. Dios sabe que los ancianos están para contar batallitas, y si en tiempos se hacía alrededor del fuego, cuando todos podían oírlas, ese debe ser seguro el origen del espíritu: un pueblo entero con unas bases cognitivas comunes, en base a su lengua común. Los relatos de las abuelas de la tribu explican el mundo con ese lenguaje que ha construido la comunidad para sobrevivir, y los nietos pasarán las leyendas a sus nietos… El lenguaje es el yunque y martillo para la construcción de mundos. Pero no es una construcción de mundos personal, sino hecha para la comunicación, y por tanto colectiva: el espíritu conoce a través del lenguaje.

Según las aldeas crezcan y surjan las primeras ciudades, la economía se va haciendo más compleja, y el número de gente que empezará a tener que hablar una con otra para tener algo que comer será cada vez más grande. La comunidad lingüística se amplía, y deja de ser en el sentido estricto un pueblo, y pasa a ser… un Pueblo, una civilización. Muchas abuelas tienen que juntar sus historias, y la convivencia se hace más complicada. Entonces, en una mezcla de explicaciones sobre el mundo con normas de convivencia y ciertos rituales convencionales, voilá, surgen las religiones. Con la escritura quedarán para la posteridad los textos fundacionales de estas culturas. En la nuestra es la Biblia, y antes lo fueron la Odisea y la Iliada, como en otras pueden ser los Udana o los Upanishads.

Una cultura, un pueblo, lleva sus visiones del mundo y sus normas ético-políticas incardinadas en su lenguaje. Las relaciones entre pueblos no son fáciles: uno puede traducir para cuestiones básicas de la práctica, pero traducir un sistema de valores es otro rollo. El lenguaje es la identidad del espíritu, su construcción del mundo hecha en base a los usos que hace la comunidad. No es, para nada, una especie de reflejo inmediato del mundo, donde cuando digo «ahí hay un vaso azul», realmente el mundo está estructurado en objetos físicos delimitados con propiedades como el color, y que están ahí. Y aquí hay que saludar a Nietzsche, y a Heidegger, que aprendió de él.

De hecho, estos dos son solo una de las versiones de ese gran «no» a Hegel, y por tanto a Aristóteles y Platón, que propuso el XIX. Hay varias tradiciones en contra de lo que ellos llamaban la metafísica. Por ejemplo, la profusa tradición relativista del siglo XX niega esa idea de la verdad absoluta que se puede reflejar sin mancha alguna en el lenguaje, que ha de ser universal porque las matemáticas siempre funcionan, o porque el lenguaje se puede reducir a átomos lógicos, o vaya usted a saber qué idea descabellada.

La idea de que la gramática determina la visión del mundo es la versión fuerte de la tesis de Sapir-Whorf, la hipótesis relativista del lenguaje. Mucho se habló de las veinte palabras de los esquimales para hablar de la nieve, pero Wikipedia dice que eso es un cliché y la hipótesis está pasada de moda. Sin embargo, es evidente que hay algo muy identitario, muy propio del espíritu de un pueblo, en su lenguaje, además de en sus tradiciones pasadas de padres a hijos, sus normas éticas vigentes y sus estructuras sociales, políticas…

Entender el espíritu es entender la sociedad como un agente de conocimiento. Integrar el lenguaje en el espíritu es leer a Terry Pratchett traducido, porque la traducción es una cultura estudiando a otra. Al igual que una persona conversa con otra mientras toman un café siendo totalmente conscientes de que no se están leyendo la mente y no pasa nada, una cultura incorpora los textos de otra a su propio sistema cognitivo con fallos, de forma imperfecta, para hacerlos accesibles a sus miembros. Y no pasa nada porque no sea el original: no lo ibas a entender de todos modos…

En otras palabras, leer traducido a la lengua materna es cultivarla, pero eso es alimentar la pertenencia a ese sistema cultural propio de un pueblo. Traducir refuerza una cultura. Aprender idiomas, el cosmopolitismo. Cuál de estas opciones deba tomarse es algo que depende de la agenda política de cada uno. Se puede defender que no hay lugar para las naciones individuales en un mundo globalizado, como sugiere la corriente liberal, mientras que su rival conservadora apoyará la identidad del pueblo. ¿Qué debe hacer la izquierda al respecto? El conservadurismo tiene muchos problemas, y ha sido el enemigo tradicional de la izquierda española, pero quizás la noción de espíritu y sociedad no deban echarse por la borda directamente. No sé cómo habría que hacer esto, pero se me ocurre una idea al respecto.

Un especialista estadounidense en pensamiento nipón decía en una entrevista sobre que los occidentales estudien filosofía japonesa: «Hay un pequeño grupo de japoneses que dicen: ‘Ya no sería japonesa. Hay que insistir en que se debe conocer la lengua y el complejo trasfondo del que viene para entenderla.’ Yo digo: ‘No, no hay que hacer eso.’ La filosofía japonesa no es universal en el sentido de que se estudie como los japoneses nos dicen que hay que estudiarla. Es universal porque crece según se traduce. Entra en el espacio común.»

No digo que esté de acuerdo, pero la izquierda siempre ha tenido una gran preocupación por el «espacio común» entre individuos. Puede que el reto esté en pensar si es posible un espacio común entre sociedades y cómo debe ser, qué reglas podría tener.