8/30/2017

Belleza


Yo nunca me he preguntado qué es la belleza. Me he encontrado que a muchos les trae de cabeza, pero yo nunca le he visto la gracia a meterse innecesariamente en ese jardín. Nunca, hasta que conocí a un tío muy raro que había escuchado mucha música, y sólo sabía contar partes de una historia que yo no terminaba de seguir. Con la intriga de esa historia, dos años he estado al lado de este individuo, ahora mi amigo, y los dos años he estado convencido de que nunca iba a entender qué decía sobre la belleza. Y, sin embargo, hoy me doy cuenta de que, por primera vez, tengo una idea más o menos clara que siento como propia.

Ocasionalmente le doy una oportunidad a las cosas buenas que me voy encontrando en la vida. Una primera impresión más o menos común es que lo bueno es muy bello. Desde que tengo memoria, para mí eso nunca ha sido así. A pesar de todo, las cosas buenas que se ofrecen siguen mereciendo la pena. No es que las cosas buenas sean bellas, pero son buenas. Di cinco euros a las chicas sordomudas que piden en el tren una vez. También me apunté a un curso online gratuito que anunciaba el sistema para hacerse rico usando YouTube. Y si alguien alza una ceja ante cualquiera de las dos situaciones, bueno, yo nunca creí en nada de esto, pero no puede ser malo. ¿No?

Evidentemente lo era. Oí contar a un conocido que las chicas sordomudas del tren oyen perfectamente, o al menos pueden estar en una conversación sin lengua de signos de esa que te hacen para pedirte que rellenes tus datos en el formulario de donativos. En cuanto al cursillo gratis, constaba de cuatro vídeos eternos y repetitivos hasta la saciedad, que aseguraban poder sacarte de los trabajos ordinarios para vivir tu pasión siguiendo los métodos que explicaban ahí. Los tres primeros incluían estrategias reales, bastante sencillitas, y el cuarto era un gran bodrio que concluía—no, no concluía, llegaba a su cénit con el descubrimiento de que, en realidad, el curso es un súper sistema de no sé cuantísimas horas por el módico precio de unos mil euros. Y luego se sucedían durante lo menos media hora más los testimonios de cuatro o cinco estudiantes del curso. Completamente encantados, claro.

Las cosas buenas no son bellas ni buenas.

Así que luego, ya descreído, me dedico a mí mismo y mis diversas funciones vitales. Estoy escuchando algún disco decadente de dos mil trece al que me aficioné en la adolescencia, ahora completamente consciente de que es el momento definitivo en el que ese grupo empezó a hacer música para la venta, ignorando el arte. Totalmente a sabiendas de que entrar a una página de porno es como entrar a una carnicería, con las mujeres apiladas como cachos de carne en los expositores, etiquetadas para más comodidad del consumidor: «lesbiana», «madura», «morena». Una máquina atroz de sacar cuartos a costa de deshumanizar unos humanos en favor de otros.

No es que todo sea mentira, es que es plástico, cartón, trampas para turistas y sumideros de dinero.

Y a pesar de todo hay quien dice que da igual. Según su historia, no sólo es que no haga falta que algo sea verdad, es que no hace falta ni que sea honesto. Para empezar, no es necesario que un grupo haga música que suene «artística» (música de verdad); podría sonar comercial y tener intención artística (música honesta). Pero tampoco hace falta que tenga esa intención. Es totalmente legítimo vender un disco como una exploración del amor sin haber ningún amor, con la sola intención de vender, porque—y aquí llega ese gran salvavidas—«a mí me gusta».

«A mí me gusta» justifica cualquier acción desde que la metafísica murió en el XIX, y con ella, los grandes monolitos de la verdad y el deber. A partir de ese momento, el mundo ha tomado un rumbo peligroso. Las cosas no son verdad en sí, sino que nosotros las creemos. Las cosas no son bellas de por sí, sino que a nosotros nos gustan. Y no hay nada más allá.

Esto es menos peligroso cuando se habla de belleza. Si de repente queman la Mona Lisa porque ya no le gusta a nadie, no habrá ninguna consecuencia horrible. Por eso «a mí me gusta» funciona tan bien; porque en el fondo da igual. Puedo escuchar Camela sin rendir cuentas a nadie, porque «a mí me gusta», y me da igual si ahí hay belleza o no. Por lo que sabemos, lo mismo la belleza no existe.

Sin embargo, esto solo nos devuelve a la casilla de salida: no hay por qué preguntarse por la belleza; sólo nos importa la experiencia estética. Está muy bien, hay que pasar por ahí, y si te agrada, quedarte. Pero cuando yo conocí a mi amigo, ya estaba ahí, y llegado ahí tenía que seguir andando. Transité por varios tramos del camino. La caridad no es bella: las cosas buenas no son buenas, sino que quieren mi dinero, como todas las demás. Sí, la caridad no es bella, pero el desengaño tampoco. Saber que las cosas buenas no son buenas no las hace bellas. Solo ignora la cuestión de la belleza.

La inocencia no funciona, y el escepticismo tampoco. Uno puede estar dando vueltas al asunto toda la vida y no encontrar la belleza en ningún lado. Fingir que la salida de este callejón es algo que depende de nosotros estaría muy mal, pero lo curioso es eso, que se sale. Se suele decir que cuantas más vueltas das, más lejos estás de la salida, pero eso tampoco es justo. Cuantas más vueltas das, más vueltas has dado, y la salida caprichosa puede venir a ti o no.

Y, como siempre, cuando viene, sólo muestra media cara. Dios se tuvo que hacer Cristo para salvarnos: no vale ser plenitud, luz y perfección si quieres funcionar en el mundo. Un Dios infinito en una Tierra finita no tiene sentido. Y a la belleza le pasa un poco igual: la gran forma, plena y suprema, luz y perfección nos queda muy grande. Ni nos cabe en la cabeza ni nos cabrá, ni la veremos nacer rodeada de espuma sobre una concha.

Dios, el Ser, la Belleza… todo eso nos está vetado. Pero a la vez no, porque aquí que vino el Cristo a salvar ovejas, y aquí que estamos nosotros preguntando por la belleza. No tiene lugar una cosa eterna en el reino de los mortales, pero aun sin que lleguemos a ver la eternidad, en algún momento ella, caprichosa, decide venir a nosotros. Nos ve dando vueltas mareados en el callejón oscuro, y se apiada de nosotros. Dios baja a salvarnos en la forma de Cristo, y la belleza baja a salvarnos en la forma de lo bello.

Así que ahí estaba yo, ni juzgando ni suspendiendo juicio, tratando de verle el quinto pie al gato. Tantas vueltas, tanto camino y tanta curva… tantas cosas buenas, malas, falsas, no son bellas… así que, cuando la diosa finalmente viene a mí, ¿qué cosa es bella?

Bella es mi prima con una chaqueta blanca tocando el piano a oscuras: los dedos delgados, livianos, presionando las teclas sin esfuerzo al contraluz de un día gris y lluvioso que se cuela por la ventana al fondo, inundando de penumbra la habitación vacía en medio de una mudanza.

Bello es el vals sencillo mezclado con el sonido de la lluvia, que repiquetea contra el cristal.

Bello es el momento en el que yo me siento en el suelo, callo, y escucho.

8/10/2017

Crónica de una noche de verano no anunciada


Este es un siglo muy bueno para darse cuenta de la gran cantidad de tradiciones absurdas que conforman nuestra vida. En mi pueblo tenemos la de salir de fiesta los jueves. Los jueves como podía ser cualquier otro día, pero aquí es los jueves. Y como en mi pueblo se sale de pintxos, salir los jueves a comer pintxos se llama salir de juevintxo. O de juevin, si eres ese tipo de persona.

En mis años de instituto nunca salí de juevintxo. La economía juvenil no se lleva bien con el alcohol de bar. De hecho, no ha sido hasta este verano, tras dos años viviendo en Madrid, que he empezado seriamente a salir de bares por Pamplona, y tiene su encanto. Cada demográfica tiene sus zonas de interés: si estás aquí por la comida, probablemente andarás por la Estafeta. Si te va la marcha, San Nicolás. La gente más rarilla se mueve por Calderería, Navarrería y alrededores, donde están los bares de rock y metal de referencia. Por algún motivo, el metal ha aglutinado a su alrededor todas las culturas alternativas al pachangueo: los chicos indies, los frikis tradicionales, los otakus... incluso los punkis, aunque esos tienen su propio tugurio en Jarauta.

A las nueve y media hemos quedado «frente al Burger de lo viejo». Evidentemente, todos aparecemos sobre las diez. Por 4,50€ en un bar de Navarrería nos ponen unas bravas y una caña, que siempre entran bien, y matamos el rato intercambiando anécdotas. Como aquella vez que salté en una raya de carretera recién pintada, o cómo Julen empezó el curso diciendo «este va a ser mi año sabático» y acabó dirigiendo dos talleres de teatro y trabajando en tres sitios distintos.

Sólo en ese espacio de tiempo me encuentro y me paro a hablar con el bueno de Mikel, un vecino y amigo de la infancia, y con Dámaso y Toni, compañero de clase y hermano de otro compañero de clase con los que toqué una vez en un concierto. A los tres les va bien, viven sus vidas y descansan tomándose unas cervezas a la hermosa temperatura de diecisiete grados en agosto.

Todas estas zonas de bares de las que hablo son casi totalmente peatonales, lo que permite que nos sentemos a la fresca y estemos hablando un rato más. Y ahí nos encontramos con esta gente que suele salir junta; Mikel, Isa, Nekane... que estaban en el mismo grupo de teatro en el que nos conocimos los demás. Así que pasamos a saludarles, y me pongo al día con Nekane, que dice que le va bien, pero que se aburre de vivir aquí.

Según vuelvo a mi grupo me cruzo con Miki, que iba al mismo instituto que yo. Este año se va a otra ciudad a estudiar musicología, y también está harta de vivir en Pamplona. Y tiene toda la razón. Las calles son las mismas, la gente es la misma, las tradiciones absurdas son las mismas, y si vas al Viana va a estar Iván el punki, aunque nunca hayas hablado con él. En esta ciudad no hace falta quedar, me dice. Ya sabes dónde va a estar la gente. Cuando la oferta de 2x1 en cervezas se acaba a la una en el Krawill, hay una migración al Infernu. En la Plaza de los Burgos siempre hay punkis y metaleros con poco dinero, que «hoy van a litronas». La misma gente de siempre en la Plaza de las Rayas.

Le digo que al final se sabe uno hasta los meados de las calles. Que le va a sentar muy bien irse a otra ciudad, aunque no sea muy grande; que está bien poder aprender de nuevo todos los ritmos y rincones del nuevo hogar. Si no, te aburres.

Yo quería dar una vuelta con Julen, porque es muy divertido hablar con él a solas, y se deja engañar para dar vueltas como la que quería dar yo: en busca de un grupo de gente en el que está una amiga común con la que tengo una obsesión desde hace mucho tiempo. Yo sé que no voy a ningún lado, ella está en una relación cerrada, y tantos otros «peros», pero... me gusta verla igualmente. Y Julen ha tenido sus idas y venidas imposibles también, así que dice que me va a acompañar. Pero es mentira. Se queda hablando con el grupo.

Así que me voy yo solito a ver si hay alguien en el Infernu o en el Krawill, y me encuentro con Pablito, que se va ya a casa. Cuando vuelvo, Julen está comentando su relación con Carmen y los otros dos están picándose con alguna chorradita. Al final nos metemos todos en una discusión sobre la influencia de la figura del padre en la relación con el hijo, y para cuando vamos al Krawill ya no hay ni Peter. Sobre todo porque ya se ha acabado el 2x1, que los jueves acaba a las 12 y no lo sabíamos. De todos modos pedimos unas cañas. Hypo y yo convenimos ir al bar diariamente durante una semana entera a hacernos amigos del camarero o algo. El punto ese en el que llegas y te pregunta: «¿lo de siempre?».

Puede parecer mentira, pero esto solo son preliminares para el punto álgido de la noche, cuando me veo a la una de la madrugada recogiendo equipaciones de fútbol sudadas en un club deportivo del que no soy socio. No es ninguna filia rara, tuve que acceder para que Julen me llevara a casa en coche. El caso es que su madre tiene una lavandería, y a él le tocaba hoy recoger ropa en ese club y llevarla a lavar. Se le ocurrió que era una gran idea hacerlo a la una de la madrugada. Así que ahí me veo yo, en un club del que había oído hablar, pero en el que nunca había estado, sacando camisetas sudadas de dentro de sudaderas mojadas por la lluvia que debió de caer durante el entrenamiento y separando medias de toallas.

Me estoy meando. Le pregunto si puedo mear en un arbusto. Me dice que no. Pasamos junto al campo de fúbol. Es de césped artificial muy apetecible. Le pregunto si podemos jugar. Me dice que no. De camino a los vestuarios veo el cesto de los balones. Le digo que están ahí, y le pregunto si podemos jugar. Me dice que no.

Llegar a la lavandería fue algo... imponente. Uno de esos dioses de cemento a los que hay que temer y respetar: el polígono industrial de Ansoáin a las dos de la madrugada. Dentro de la nave industrial, vaciamos los sacos de ropa sucia que habíamos llenado y cargado penosamente hasta la furgo en el club deportivo y metemos por separado las toallas y las equipaciones en sendas lavadoras industriales, que según Julen son «una lavadora, pero con dos tambores». Yo nunca había visto una lavandería industrial por dentro. Tampoco es gran cosa. Me resulta curioso estar al lado de las intimidades de los restaurantes que todo el mundo conoce, los de alto nivel. Ahora, lo más cerca que he puesto yo el pie de uno de esos ha sido su mantelería.

De camino a casa vamos comentando la vida a cachos, como solemos hacer cuando me lleva en coche, y aparcados en frente de mi puerta todavía alargo la conversación un poquito más. Normalmente él hablaría aún más que yo, pero ahora me mira con cara de mandarme a la mierda porque lleva veinte horas despierto y le esperan cuatro o cinco de sueño a lo sumo.

Me bajo del coche y me meto en casa.

8/08/2017

Nunca entiendo nada

Todos los días son iguales, y todos se me hacen alienígenas. Todo es siempre lo mismo, y nunca entiendo nada. ¿Por dónde empezar?

Los músicos se convierten en personajes públicos multimillonarios. Las estrellas del pop se caen a cachos, acechadas por las drogas, las batallas judiciales, los abusos sexuales, las enfermedades mentales. Rihanna rechaza colaborar con Diplo, Diplo se enfada y esto sale en las noticias. A la gente le importa. Esto sale en las noticias.

Es más: existen «las noticias». No las noticias como cosas nuevas que suceden, sino «las cosas nuevas», el paquete de cosas nuevas que han seleccionado unos, y así la gran mayoría conocemos las mismas cosas nuevas. Y hay una señora que se sienta todos los días delante de una cámara a contarle a cientos de miles de personas una serie de cosas nuevas que algún señor ha seleccionado. Porque ganan dinero con ello.

Existen «las redes sociales». En algún momento alguien pensó que sería una gran idea que la gente compartiera su vida, humor y opiniones con el mundo a través de un ordenador. Ese alguien está silenciosamente pateándose los cincuenta estados de EEUU de camino a la candidatura demócrata para las presidenciales de 2020. Ese alguien inventó Facebook, y ahora Facebook está lleno de chistes horrendos y vídeos de animales.

Los osos polares, encerrados en zoos, se rebozan contra bloques de hielo con 40ºC a la sombra. La gente forma relaciones humanas con perros y gatos. Y se come a los cerdos y las vacas. En oriente comen insectos. En Valencia comen caracoles. Que son como marisco de tierra, pero en vez de considerarse un lujo carillo, para cenas de Navidad si acaso, dan un poco de asco.

Existen las cenas de Navidad. Existe la Navidad. Celebramos el nacimiento de un señor cuando la Tierra pasa más o menos por el mismo sitio con respecto al sol que cuando supuestamente nació, porque ni si quiera nació entonces.

Existen las tradiciones, los árboles, los cajeros automáticos, el amianto, las montañas, las fundas de móvil, las webs con rutas de senderismo, las empresas de marketing, los musicales, los premios a musicales, las cámaras de grabación, los caramelos, el Cañón del Colorado, las contraseñas, los pájaros, los telescopios, los barcos, las suegras, los satélites, el lenguaje, las lámparas, las estrellas, las matemáticas, los institutos, las constelaciones, los ratones de ordenador, las cartas de Magic, el cine, el teatro, los oboes, Donald Trump, Paquita La Del Barrio y Rita la Cantaora.

Se me hace un poco raro.

Problemas y pájaros


Es bien sabido que para hablar de problemas y pájaros, primero hay que tratar de bomberos y pescadores.

Primero vamos con los bomberos. Leí una vez que, en un estudio, a los miembros de un grupo les contaban que un bombero había desobedecido órdenes directas para salvar a alguien en un incendio o algo así, y sus superiores le habían premiado por su valor. A los del otro grupo les contaron la misma historia, pero cambiaron al final; les dijeron que habían castigado al bombero por su insubordinación.

Luego les dijeron a los dos grupos que la historia era inventada.

El último paso del estudio era hacerles un test sobre qué decisiones tomarían como bomberos. El segundo grupo daba respuestas mucho más conservadoras que el otro.

Conclusión rápida del estudio de los bomberos: la cabeza humana no está diseñada para comprender La Verdad, con mayúsculas, ni para razonar perfectamente, ni nada. Está diseñada para sobrevivir. Y se sobrevive oyendo las historias de los ancianos de la tribu, que saben mucho, y actuando acorde con ellas.

Vamos ahora con los pescadores. En las conversaciones sobre Saber Cosas, la ciencia, la historia y demás, suele salir a colación el ejemplo clásico de «aquella vez que la humanidad se equivocó y luego descubrió que se había equivocado, y rectificó»: la forma de la Tierra.

(Como esta historia se cuenta siempre desde el mismo punto de vista, voy a ser sarcástico al respecto sin ofrecer alternativas a cambio. Sin ningún motivo particular.) Durante mucho tiempo estuvimos pensando que la Tierra era plana, pero con el tiempo La Ciencia, alabada sea, se enfrentó a La Iglesia y su malvado dogmatismo en una épica pelea. La Ciencia ganó esa batalla solo con sus dos puños: los Datos Empíricos y las Matemáticas. Y al final, alcanzamos La Verdad sobre ese tema: la Tierra es esférica. O casi.

De esto, mi conclusión es normalmente que nosotros estamos tan convencidos como los antiguos de que sabemos la forma de la Tierra. Y que, como ya se comprobó con los antiguos, estar seguro de algo no es un garante de que sea verdad (chúpate esa, Descartes). Pero volvamos a los pescadores.

Una vez estaban mis padres hablando sobre cómo los niños pueden tener en su cabeza dos ideas contradictorias. Disonancia cognitiva, decían. Mi padre comentó que no sólo los niños, que todo el mundo puede. Por ejemplo, los pescadores debían saber que la tierra era, si no esférica, al menos curva, desde hace muchos cientos de años, porque al navegar te tienes que dar cuenta de que la Tierra no es plana. Pero si el cura del pueblo les pillaba por banda en la calle y les preguntaba, ellos siempre responderían convencidos que sí lo era. Disonancia cognitiva.

El principio de no contradicción es uno de los pilares de Saber Cosas. Es una de esas cosas que es muy difícil dudar. Será una regla del mundo o no, pero, visto lo visto, no de nuestra cabeza. No sé yo si eso deja en muy bien lugar a lo de Saber Cosas.


Cuando entré en Filosofía, empecé con la sensación de que era un paseo por el parque. Literalmente. El verano se alargó hasta noviembre, así que la mayoría del tiempo en la universidad lo pasábamos en el césped, aun sin saltarnos clases. Se armaban grandes fiestas, sangriadas, conciertos... para recaudar fondos para las asociaciones, y ahí se juntaba medio campus. En una de estas conocí a un chaval de tercero de Filosofía que tocaba la guitarra. Estuvimos tocando con otra gente durante varias horas, y cuando esa gente se fue yendo, nosotros nos quedamos a charlar un rato. Un ratito. Estuvimos hablando la friolera de tres horas. Primero estábamos en la facultad. Luego cerró, y nos fuimos al césped. Cuando se encendió el riego, tuvimos que huir medio empapados y cargando las guitarras hasta la Renfe, donde seguimos conversamos un rato más. Un ratito.

Se habló de muchas cosas. Entre otras, me dijo que, así como en otros grados hay una gran carga de trabajo, profesores exigentes y otras presiones psicológicas, en el nuestro, el problema es que tu sistema de creencias se viene abajo cada día del año en clase. Un autor, otro autor, otro autor. Hasta que entiendes que no puedes aplicar todas las teorías a la vida, y tienes que estudiarlas como algo a parte, aunque sea para sobrevivir.

Con los años he cogido confianza con su grupo de amigos de clase. Me contaron que, cuando llegaron a Unamuno en la asignatura de pensamiento español, todos se rompieron. Incluso lloraron en una exposición de clase, creo recordar. Supongo que fue ahí donde tocaron fondo y descubrieron que era mejor «no tomárselo demasiado en serio», que es el consejo que nos dio el delegado de segundo curso en la presentación del grado cuando entramos.

Habiendo pasado ya por Unamuno, Kant, Aristóteles, Zygmunt Bauman, Baltasar Gracián y su madre en bicicleta, puedo asegurar que ninguno de los ochenta que entramos al principio ha llorado con ninguna exposición de clase. Parece que todo el mundo lo tiene todo muy resuelto. Son autores, ya está. Puedes vivir con ello. Se les da muy bien jugar a ser pescadores: sí, sí, la Tierra es redonda y todo lo que tú quieras, pero «yo, tú, lector mío; aquel otro de más allá, cuantos pensamos sobre la Tierra» vivimos como si fuera plana; si te preguntan, la Tierra es plana. En clase sólo hay un ejemplo posible: «no podemos saber si la mesa es verde». Pero entre tú y yo... la mesa es verde.

Pues me alegro de que se os dé tan bien romper vuestra cabeza por la mitad, al modo de los pescadores, pero a mí me cuesta un poco más. A mí me pasa más bien como a los de los bomberos: me cuentan una historia, y aunque entre tú y yo la mesa sea verde, me resulta muy difícil mirarla y no pensar: igual no es verde. Igual sí es verde. Igual es todo mentira.

Igual «la mesa es verde» no significa que haya ahí fuera una mesa real que sea realmente verde, sino que «la mesa es verde» significa que yo, con mi mente, he construído una mesa verde a partir de un montón de información sensorial. Y en ese caso, «la mesa es verde» es verdad; todo lo que yo crea sin ninguna duda es lo que en realidad es la verdad. Lo que es no es algo «ahí fuera», separado de mí. No hay ser sin sujeto que piensa el ser. Ser es ser percibido. O pensado. Experimentado, si eres de los de la fenomenología. En realidad tú piensas que hay tal cosa como «yo» y «mesa», pero en realidad sólo hay «pensar en la mesa», de donde se sugiere que hay una mesa siendo pensada, y un yo pensando en ella, pero que lo mismo es mentira, y toda tu vida llevas viviendo esa mentira, y toda la humanidad la vive, la ha vivido, y la vivirá.

O a lo mejor no lo entendí bien cuando lo dimos en clase.


La ventana de mi habitación en casa de mis padres da al sur. Mi padre solía decir que no sabíamos la suerte que teníamos; en su casa de la infancia, sólo se veía el patio. Yo, en cambio, según escribo estoy viendo cómo el sol cae oblicuamente sobre los parques y tejados de mi pueblo, barnizando de oro la tarde suave de verano, estirando las sombras de los árboles y las chimeneas y arrancando naranjas brillantes de las tejas y los ladrillos, y rosas locos de las flores.

Los viejos chopos junto al río se mecen despacio con el toque de la brisa, y el verde reluce en sus hojas, en la hierba debajo, en el monte al fondo. El cielo está muy azul para lo que es este pueblo, pero, como no podía ser de otra forma, una nube distraída lo cruza de parte a parte, difuminada por el viento a esas alturas.

No se ve un alma.

Una urraca se posa sobre el asfalto. Me arrimo a la ventana para mirarla. Va dando saltitos por la calzada hasta llegar al bordillo. Luego agita las alas y brinca sobre la acera. A cada paso que da, yo voy inclinándome más y más sobre el escritorio para mantenerla a la vista. Al final estoy casi apretando la cara contra el cristal, siguiéndola con la mirada. ¿Por qué tan desesperado?

Porque si no pienso mucho en ello, es la única en todo el paisaje que me parece real. Llevo unos años pensando en lo bonita que es la vista de mi habitación, y mi pueblo natal en general. Desde que no vivo aquí, es más fácil. Hasta este verano. Hoy miro a los árboles del parque, con sus flores rosa chillón, y me parecen de plástico; las casas de ladrillo, un telón de fondo. Nada de eso está ahí, no hay «estar ahí». Y aunque estuviera, ni si quiera es como yo lo veo. Y aunque lo fuera, sólo es bonito porque me lo han vendido como bonito en las películas de Hollywood o algo así.

Pero si miro al pájaro muy fuerte, si me concentro y no pienso en nada más, puedo reírme en paz de sus saltitos y sus brincos, apreciar sus plumas blancas y negras. Moverme despacio tras el cristal, no sea que se espante y me deje solo.

8/04/2017

Por favor, no agredir al cubismo


La deformación profesional de los que estudiamos filosofía nos obliga a que, cada vez que pasamos por delante de una clínica dental, en vez de leer «odontología», leamos «ontología». Todas las veces. Todas.

En las comidas familiares se tiende a preguntar por los estudios de los pequeños. Nunca he tenido reparo en decir que estudio filosofía; son una gente muy abierta y tal. De todas las asignaturas que he tenido hasta ahora, ontología ha sido la mejor. Esto se convirtió en un problema cuando tuve que responder a «¿Ontología? ¿Qué es eso?».

Wikipedia dice que la ontología estudia «lo que hay», a lo que el padre de una amiga respondió una vez algo así como «pues hoy lo que hay es huevos. Con patatas». Así que, desde ese momento, allí ocasionalmente comen ontologías con patatas. En mi casa son menos humorosos, y quisieron entrar en detalles.

¿Y yo qué puedo decir? Lo que hay es lo que hay, y ya está. Según Parménides, «lo que es, es» (B6, v1). Parménides no hacía ontología, pero lo tenía muy claro. Esto irrita mucho a mi abuelo. No tiene mucho aprecio por las tautologías y la gente que las dice (lo que es, es; un vaso es un vaso; un plato es un plato). Así que, descartado Parménides, nos quedan otros 2500 años de respuestas a la pregunta por lo que hay. Lo que seguro que hay es un montón de lecturas sobre esos 2500 años, y a mí me ha marcado la de Alba Jiménez, que fue la que me lo contó.

El asunto, tal y como yo lo entiendo, es que parece que el mundo está partido por la mitad. Lo que hay no es simplemente lo que hay, sino que es como una moneda, tiene dos caras. Vayas al autor que vayas, siempre hay dos caras, al menos desde Platón: lo inteligible y lo sensible, la forma y la materia, el significante y el significado, la infraestructura y la superestructura, el sentido y la referencia, el Sein y el Dasein, la mente y el cuerpo, el hombre y el mundo. Parecen pares totalmente distintos, pero al final resulta que se puede trazar una línea bastante clara que une los puntos.

Por hacerse una idea, una piedra redonda es a la vez piedra y redonda. Y la piedra está bastante clara, la ves, pero el redondo lo entiendes. Yo escribo «cumpleaños feliz» con sirope en la tarta, y eso es un churrete de azúcar del malo y a la vez significado.

Cada vez que lo pienso, me parece magia.

Y en mi casa la magia no vale.

Así que toca entender por qué el mundo está partido por la mitad, si es que lo está realmente. Y de eso va la odontología. La ontología, perdón.

De amigos y desconocidos

Una vez un amigo compartió algo realmente íntimo conmigo. No recuerdo una situación más incómoda en todo el año.

Después de una cena de varios en mi casa, los invitados se fueron yendo, y nos quedamos él, otra chica y yo. Él hace rap, y nos ofreció enseñarnos una muestrilla de su arte. Vale, le dijimos. Y el tío se rapeó, así en frío, dos minutos de versos y rimas compartiendo sentimientos sobre su pasado y su persona. Nosotros dos le escuchamos atentamente, sentados al otro lado de la mesa. A partir del segundo 5 yo ya no sabía a dónde mirar.

Varios meses antes de esto, al volver a casa de la universidad encontré en el suelo unas hojas de papel pegadas por un borde con cinta arcoíris. Las recogí y, no, no eran una carta de un paracaidista a su madre, sino una especie de cuaderno o diario de un niño. Lo firmaba Joaquín. En una hoja había una lista con lo que serían sus compañeros de clase y la relación que tenía con ellos, en plan «María - mejor amiga». En otra listaba sus canciones favoritas. En la última había una redacción acerca de la chica que le gusta. Lo encontré muy enternecedor.

Para ser justos, Joaquín no era Calderón de la Barca, pero definitivamente el cuaderno de este completo desconocido me conmovió mucho más que el rap de mi amigo.

Yo hago música y sé lo que es mostrar lo que escribes a otros. La idea achanta, y hay que prepararse, coger carrerilla. Todos los rockeros salen al escenario borrachos como cubas. Quizás por eso se me hizo tan violento el rap de mi amigo, al ocurrir sin ningún ritual ni nada. Eso de que en los conciertos de música clásica hay que aplaudir cuando entra el director, y otra vez con el concertino, pero no entre movimientos. Eso de que, en el teatro, hay una distancia cómoda entre las tablas y las butacas que te permite diferenciar al público, personas humanas, de los actores, partes de una obra de arte, aunque en el fondo sean lo mismo.

Esas tradiciones son a lo que nos agarramos para no caernos. Tenemos mucho miedo de caernos todo el rato, los humanos, y nos inventamos estas reglas para funcionar más o menos en el mundo1: sillones—público. Escenario—actores. Y cuando te rompen las reglas, te quedas como yo aquel día: con cara de póker, no vaya a notar que esto se me hace muy muy raro.

Puede que no fuera por eso. Puede que fuera porque fue una interacción mucho más íntima que mi relación con este chico. Este tipo de cosas pasan de vez en cuando. Por otro lado, con el joven Joaquín no tengo ninguna relación en absoluto. Soy un mero espectador de su intimidad; él ni si quiera sabe que tengo su cuaderno. Yo no tengo que responder a Joaquín, y a mi amigo sí. No tengo que plantearme qué significa, para mi relación con Joaquín, el leer esas hojas, mientras que con mi amigo, fue un constante «madre mía qué está pasando». ¿Somos más amigos? ¿No? ¿Yo quería saber todo esto de ti? Más bien no.

En realidad no fue tan malo, pero desde luego muy desconcertante.


1. Aquí digo que hacemos reglas para funcionar en el mundo. Otros dirán que para mantener estructuras de poder, como Foucault. Otros responderán que funcionar en el mundo implica mantener estructuras de poder. De momento no me mojo.

Clichés en soledad


No la vi atractiva, si eso es lo que se ha de sentir por las modelos de revista, sino algo distinto y más complejo. Según se subió al autobús me pareció muy guapa y con buen estilo, pero ambas cosas según mis estándares particulares. Luego vino a donde yo estaba de pie, agarrado a una barra, y se quedó al lado, dándome la espalda. Me dio un vuelco el corazón.

«Madre mía. No puede ser, qué casualidad. Igual ha pensado lo mismo sobre mí. ¿Debería decirle algo? No, por dios, no se aborda a la gente en el transporte público. ¡Ay, me ha pisado! Y se ha disculpado. 'No pasa nada'. Creo que lo he dicho demasiado bajito y no me ha entendido. Madre mía. Vaya montaña rusa de emociones. ¿Por qué me pongo así? ¿Es esto lo que llaman un flechazo? ¿Cómo sería vivir con esta persona? Desde luego, la imagen es agradable. Incluso las discusiones serán soportables si son con alguien así».

Nos miramos por la ventanilla cuando me bajé del bus. Parece una cosa muy nimia, pero el encuentro estuvo revoloteando en mi cabeza durante varias horas después de que ocurriera. Hay que ver cómo se pone el cerebro tras año y medio de soltería, es increíble. Qué vergüenza.


No todas las estampas de las que formo parte son tan decadentes como esta: tirado boca abajo en la cama deshecha, en ropa interior, totalmente distraído. Con la cara al lado de las sábanas, imagino que guardan el olor de alguien que se ha ido a desayunar... ¿el olor de quién? A falta de una respuesta mejor, me digo que el de la chica del bus. Trato de visualizarla haciendo unas tostadas. Sólo recuerdo bien su nariz y su pelo. La verdad es que era muy guapa, pero, eso sí: ¿en qué momento me he convertido en la persona que imagina el olor en las sábanas de alguien que se encuentra en el transporte público? ¡Qué asco! Dicho así suena terrible, a acosador enfermizo. Dios sabe dónde tengo la cabeza para llegar a estos sitios tan raros. Menos mal que los pies todavía los tengo en el suelo.

8/03/2017

Cuestión de nostalgia: blogs

Pues te parecerá una tontería, pero yo a estas cosas les guardo cariño. A las cosas que hacía antes, quiero decir. En la entrada de presentación ya se habla de unas cuántas de esas, y había dicho no sé qué de conservar mi dignidad, pero me he dado cuenta de una cosa: yo no tengo de eso, así que aquí dejo estas perlas. Están intactas, sólo les he quitado mi firma.

Mi antiguo blog de filosofía

https://piensamucho.blogspot.com.es/

El contenido no tiene ningún valor más allá de mirar qué pensaba yo allá por 2013, pero tiene unas cuántas cosas que no recordaba. Ojo: aunque aquí hay una buena señal de mi vocación de filósofo, decir que estaba claro sería mentir.

Mi antiguo blog de frases de profesores

https://frasesprofesores.blogspot.com.es/

Este no lo mencioné en la lista de antiguos blogs de la primera entrada. Durante mucho tiempo, en el espacio de mi agenda escolar donde debería apuntar la tarea (y no lo hacía), tomaba nota de los gazapos, zascas, muletillas y demás notas de humor que soltaba en clase la fauna de mi instituto. Ahora que lo pienso, ni si quiera fue idea mía, mi hermana lo hacía antes que yo.

Tengo una idea bastante asocial de mí mismo en la ESO, pero, ahora que lo recuerdo, a mis compañerxs les hacía mucha gracia esto. Y un buen día decidí subirlo todo a un blog, para el que también hice un fondo con el Paint, como a este. Y no me quedó tan mal. Ahora bien, yo lo entiendo porque estuve allí, lo apunté, lo trascribí y luego lo releí infinidad de veces, pero puede ser que no se entienda un carajo. Por mi parte, yo me he reído en alto recordando esas chorraditas.

(Hay una que no está en el blog, y que acabo de recordar. Allá por sexto de primaria, mi profesora de inglés nos dijo al terminar una clase en el aula de informática: «¡Las sillas no son para sentarse, son para recogerlas!»)

Mi primer blog

¡Ja, que te lo has creído! Eso está muerto y bien muerto, lejos de las manos de los mortales. Como debe ser. Aunque recuerdo que se llamaba La jaula de Mister G. De hecho, me siguen llegando felicitaciones al correo electrónico en la fecha de nacimiento falsa que puse para hacerme la cuenta de no sé qué del blog: «¡Felicidades, Mister G!». Me los mandan de Miarroba o algo así.

Eso sí: antes de acabar la entrada, he conseguido rescatar estos tesoros que nos colocábamos en el blog por aquel entonces, y que blogger ya no me deja poner:

http://abowman.com/google-modules/fish/
http://abowman.com/google-modules/turtle/

15 temas pendientes de tratar

Volvamos a hacer un blog de listas de quince cosas. Temas que debería tratar próximamente:
  1. Mi querido pueblo
  2. Las farolas
  3. La carpintería
  4. Blas de Otero
  5. Mi futuro profesional
  6. El trabajo doméstico
  7. La gestación subrogada y por qué yo no debería hablar de ella
  8. Los portalápices
  9. El dualismo ontológico y la cuestión del lenguaje
  10. El olor a lluvia
  11. Los pósters
  12. Emails vs. cartas
  13. La nostalgia de los sms
  14. Descartes era un gilipollas
  15. Por qué hacer listas de cosas no está bien
Dios, creo que es la mejor lista que he hecho en años.

En realidad esta no es la entrada más vieja del blog

Ahora mismo paso mucha vergüenza leyendo mis escritos adolescentes, así que por  ahora se quedan en borradores, y ya veremos qué pasa. De momento esta se queda como la primera entrada del blog, y va a tratar del blog.

Viene siendo un chiste familiar aquello de que yo siempre empiezo proyectos, pero nunca los acabo. Mi primera imagen mental al respecto es que podría ser el arquitecto para poner la armazón de una gran bóveda, pero no como albañil para recubrirla de ladrillos. O, dicho de otra forma, me exijo demasiado y soy poco tenaz. «Bueno, no será para tanto.» No lo sé, dímelo tú. A lo largo de los últimos años he empezado a hacer (y dejado a medias):

  • algún cómic
  • muchas canciones
  • varios juegos de mesa
  • muchísimos dibujos
  • muchos relatos
  • unos cuantos poemarios
  • una colección de botellas
  • una colección de chapas de botella
  • una colección de postales
  • dos o tres colecciones de cromos de pokémon
  • una fuga
  • algún ensayo
  • un podcast
  • un proyecto de podcast
  • varios planes de viaje
  • algunas cartas
  • algún que otro cuadro
  • unos cuantos perfiles de Twitter
  • varios canales de YouTube
  • muchos blogs
Como se puede ver, soy un genio, soy todo un hombre del Renacimiento. Creo que no hay nada que no haya probado. Y creo que tampoco hay nada que haya terminado. Pero oye, la belleza está en el camino, ¿no? ¿Qué más da si en el fondo nunca consigues nada de lo que te propones?

Bueno, dejemos un rato la empinada pendiente del sarcasmo autocrítico y volvamos al punto. Lo del chiste familiar es por los blogs. Mi familia tiene esa particularidad de que hasta los abuelos usan Twitter. En casa empezamos pronto con los blogs, y yo siempre pensaba: «venga, va, un blog de letras de canciones», o «un blog de dibujos», o «un blog de un podcast», y así. La mayoría de ellos tenían una o dos entradas en tres meses y luego caían en el olvido.

Para ser justos, el del podcast duró mientras hubo podcast, y hay que reconocer que estuvo bastante bien mientras duró. Hubo otro de reflexiones filosóficas que fue algo más longevo, y todavía anda por ahí, en público, si no me equivoco. (Por motivos de autoestima no se publicarán aquí enlaces a nada de eso.)

El punto es que todos estos proyectos empiezan respondiendo a un impulso puntual («¡vamos a publicar este dibujo!») y luego yo trato de generalizar y hacerlo omniabarcante y perfecto. Oh, sí, un blog entero de dibujos de cuando tenía ocho años, qué maravilla. Pero esto implica unas exigencias de trabajo constante que yo nunca he podido ni querido cumplir tras el primer esfuerzo. Pierdo el interés muy rápido.

La historia de este blog en particular es muy divertida. No sé para qué lo quería, pero estuve probando todas las URLs que empezaban por «nivel» y seguían con un número hasta que encontré una disponible, «nivel15», y me hice un fondo con el Paint. Luego me curré la plantilla para que cuadrara estéticamente con el fondo, y a día de hoy lo mantengo todo. Sólo he cambiado la anchura del blog (porque se pisaba con la ilustración del fondo).

En bachillerato empecé a hacer listas de quince cosas para publicar periódicamente, como «15 razones por las que el ordenador es genial». Madre mía. Hace algo más de un año quité todo aquello y publiqué una crítica musical de un single, y evidentemente también me monté la peli de usar el blog para críticas de música, pero no he vuelto a tocarlo. Como tantas otras veces.

Y hoy, en una calurosa noche de verano, tras cinco días tirado a la bartola sin hacer nada y sin ver a nadie que no sea de mi familia, he pensado: «vamos a reanimar esto». Y, una vez más, «¿cómo haré yo para que esta mierda no se me quede a medias como siempre?» Por el momento, sin pretensiones. Ya es bastante irónico estar usando un blog, de los de la adolescencia, de blogger, con URL de blogspot, como para tener ninguna idea de glamour. Es imposible pretender nada decente de este blog si empezamos así.

Claro que, siendo yo, ya me he currado unas pretensiones nuevas: «vamos a intentar escribir todo lo que vaya pasando, a modo de diario, sin restricciones de contenido y anónimamente». Bien, un aplauso, vivan las no pretensiones. No puedo evitarlo, ¿eh? Pero en fin, qué se le va a hacer. Y si se queda a medias, que se quede, me da igual.

Lo que no voy a hacer es darle ninguna publicidad. Ninguna. Cero. Si nadie lee esto, que no lo lea nadie. Vosotros veréis. Soy un genio incomprendido.