El ilustre biólogo Juan Ignacio Pérez me dijo una vez que, de todas las especies que ha estudiado, sin duda la que más le irrita es el filósofo, que se esfuerza en que nadie le entienda. A efectos de no incluirme en el conjunto de gente que irrita a este buen señor, he decidido publicar una serie de entradas (de las que con suerte terminaré esta y el título de la siguiente) para aclarar mis ideas poniendo el máximo esfuerzo en que mi prosa sea más digestiva que el libro medio de Kant, y al menos seiscientas veces más interactiva. Para ello ruego se hagan preguntas y peticiones de temas en los comentarios. Pero antes de todo eso hay que empezar por el principio:
Hay que ser filósofo moderno. Medieval ya no se puede ser, y posmoderno es preferible no ser.
He descubierto que en filosofía no creer en nada es muy contraproducente, y creer demasiado se me hace antinatural. Por eso la posmodernidad no me atrae, pero el medievo todavía menos. La devoción religiosa medieval es divertida de leer, pero no de vivir, y la desilusión posmoderna es muy poco entusiasmante. Así que estoy intentado encontrar hueco en los cinco siglos intermedios.
No quiero que se me entienda mal: no no quiero ser decimonónico. Me gusta mi wifi, mi funda nórdica y mi transporte público. Vivo en la era en la que vivo, pero puestos a escribir, prefiero hacerlo con un poco de pasión. No con gran devoción ni por ausencia de alternativas entretenidas; tu motivación debe ser tuya y no divina, pero debe llevarte a algún sitio nuevo. En mi caso, ese punto se alcanza intentando desarrollar una filosofía a modo de proyecto personal. La filosofía buena es la de ese momento histórico en el que a uno le empieza a importar su persona más allá de dios, pero todavía tiene ilusión por hacer una filosofía sólida y con amplitud de miras, y no solo por encontrar un meme que aún no haya visto.
Mi proyecto personal es tener razón y que se me reconozca. Si esto pudiera servir para resolver los problemas del mundo por el camino, tanto mejor. Con el paso del tiempo se me ha hecho saber que ninguna de esas tres cosas le pasa nunca a nadie. En concreto, tener razón, así en abstracto, es muy complicado, y como poco hay que circunscribirse a un ámbito concreto. Yo he fabricado mi ámbito a partir del menú disponible de proyectos filosóficos modernos llevados a cabo aproximadamente entre el 1500 y el 1900.
La filosofía moderna ha tratado temas muy variados, pero se distinguen enfoques parecidos. Dicho mal y pronto, muchos autores perfilan una idea de sujeto para atacar sus problemas desde ahí. Ejemplo: la filosofía política de Hobbes, Rousseau o Locke parte de su concepción del sujeto político, y no de la polis, como podría pasar con Platón o Aristóteles.
La línea que más trabajo yo trata de explicar el conocimiento, pero entendiendo que eso es algo que hacemos como sujetos, y no algo facilitado por la estructura racional de los objetos, en el mundo de las ideas o en la mente de dios y cosas de esas. Si tengo que reducir el tema en el que quiero tener razón, me quedo con lo de describir a palo seco cómo el sujeto ve el objeto, esto es, cómo funciona el ver.
Los intentos más famosos son los de Descartes, Hume, Kant y Hegel (y otros veinte o treinta interlocutores intermedios: Spinoza, Leibniz, Berkeley, Locke, Wolff, Fichte, Schelling...). Esa gente escribió de todo, pero todos escribieron al menos una obra importante sobre cómo las personas conocemos el mundo.
Cada autor de esa lista tiene una pedrada importante. Es decir, una forma de comprender el sujeto y la cognición que es imposible pillar en primera lectura y que después de entenderlo por primera vez te deja el cerebro como un jersey recién salido de la lavadora: temporalmente inútil y absolutamente dado la vuelta. Extrañamente renovado y con las costuras por fuera.
Sí, este es el efecto que me gustaría provocar en todo el mundo que en un futuro reconozca que tengo razón.
Más en concreto, mis autores de cabecera en el ámbito de voltear cerebros son los fundadores de la fenomenología: Edmund Husserl, que escribió a finales del siglo XIX y principios del XX, y su discípulo Heidegger, que escribió a principios y mediados del siglo XX.
Estos son los autores que más le han dado la vuelta a mi jersey, y todo lo miro echando mano de ellos, así que voy a hacer mi resumen estándar de la fenomenología: pongamos que ves una pizza. ¿Bien? Pues no hay tú, no hay pizza: hay ver pizza. ¿Mande? Repito. Sucede que ves la pizza, y ahí podemos estar más o menos de acuerdo, pero no estamos seguros de si sucede que existes tú, o si sucede que existe la pizza, y toda la historia de la filosofía da fe de que no estamos seguros, pero no importa porque nos vale con esa formulación: sucede que se ve la pizza.
Es como una pantalla de televisión encendida a las cuatro de la tarde: podemos estar seguros de que ahí está Jordi Hurtado haciendo sus cosas, pero nadie sabe si Jordi Hurtado está realmente tras la tele, o si hay alguien viendo la tele. A efectos prácticos, da igual, no te vas a enterar de nada porque estás durmiendo la siesta. Y si lo que quieres de verdad es enterarte, te daría igual saber si Jordi Hurtado existe o si realmente tú estás mirando; lo importante para enterarse pasa en la pantalla.
La pantalla es la experiencia, y tiene un contenido, que es saber y ganar. Ver pizza tiene un contenido, que es pizza. Ver, saber o creer son acciones especiales porque tienen contenido; estas acciones con contenido se llaman actos intencionales. Pues bien, si tenemos que explicar qué hay en el mundo o qué es saber, el fundamento de todo eso es la experiencia, que toma forma de saber y de mundo.
Esto deja muy fuera la idea de "yo". Uno está acostumbrado a pensar que es él quien ve y cree, pero mientras ves pizza, solo tienes presente que estás viendo pizza, y no el hecho de que eres tú el que la ve. Solo te das cuenta de que eres tú el que ve la pizza cuando lo piensas, y cuando lo piensas, no tienes presente que eres tú el que está teniendo ese pensamiento, y así hasta el infinito. Siempre hay una experiencia intencional entre medias; saber que tú eres tú no es que tú existas, es /saber/ que tú existes. Tú, la pizza, el mundo entero, suceden dentro de la experiencia. ¡Tachán! ¡El sujeto no existe!
No es tan duro como parece; toda tu experiencia sigue siendo válida si estás de acuerdo en aceptar que es experiencia. Todo sigue funcionando como siempre ha funcionado, solo que, como filósofos modernos honestos, tenemos que decir que todo esto es así "bajo el punto de vista del sujeto". Lo que pasa hoy es que, en vez de ser el sujeto el que da lugar a su punto de vista, es el punto de vista el que da lugar a su sujeto.
Evidentemente toda esta paja mental tuvo serios problemas a la hora de explicar no ya la estructura del universo, sino literalmente cualquier cosa. Sin embargo, somos filósofos modernos, ¿no? Medimos las cosas según el punto de vista del sujeto, y si esto significa quedarse con el punto de vista y tirar a la basura el sujeto, así sea. Aceptar que solo a través de la experiencia tengo acceso a cualquier cosa es lo único que me parece honesto a estas alturas.
Esto, como se puede sospechar, me deja con unas perspectivas muy negras. Yo he asumido que va a ser muy difícil tener razón en nada por este camino, y no digo ya que me lo reconozcan, pero tengo claro cómo quiero parchear los agujeros que percibo en la filosofía de estos señores (pista, son incomprensibles) y pasan por limitar las pretensiones de rigor de mi proyecto (y hacerlo comprensible). Sobre estas dos guías, creo que hay opciones de sacar algo adelante. Probablemente lo que salga de aquí no sea la teoría filosófica que nos sacará de la crisis, pero ya tengo trazadas las relaciones con las ciencias naturales, el arte, la teoría literaria y la historia, y si me fuerzo, incluso un poco de política.
Si alguien tiene alguna opinión sobre esta entrada o alguna sugerencia de por dónde seguir o qué repasar, mi opinión y sugerencia es que escriba un comentario en este blog, y responderé rápidamente. Y con esto lo dejamos hasta la entrada que viene.