4/13/2020

Diez buenos fracasos

Hay una frase de Mariano Rajoy para cada momento de la vida. A la gran mayoría de ellos se aplica la famosa máxima «It's very difficult todo esto».

Yo de crío era un lector ávido; me leía novelotes de fantasía uno detrás de otro y cuando se me acababan volvía a empezar. En secreto yo sabía que algún día escribiría una. Tenía muchas ideas, pero estaba esperando al momento propicio.

A lo largo de los años he amasado una buena cantidad de fragmentos de tres líneas. A veces dos de ellos iban sobre lo mismo. Alguno llegaba a cuatro. En un momento de locura he empezado otra vez, y ahora tengo un montón de fragmentos de tres líneas sobre la misma cosa. A lo mejor tengo cuarenta, o treinta si no contamos los repetidos.

Quiero compartir mi proceso para que se sepa cómo he llegado hasta donde estoy ahora, que es básicamente el mismo sitio que antes de empezar. Por aquello de devolver el ascensor cuando llegas a casa, o algo así. Esta es mi lista de diez buenos fracasos.

1. Mantente abierto a nuevas ideas. Un amigo me dijo hace un tiempo que le gustaría basar personajes de una historia en el tarot, y llevo varios meses intentando convertir eso en una novela. Me pareció una idea tan buena que todavía no he renunciado a ella.

2. Ahonda en tu punto de partida. ¿Quieres escribir sobre las cartas del tarot? Investiga sobre las cartas del tarot. De dónde vienen, cómo son, qué representan, cómo han evolucionado, quién las usa y para qué. A lo mejor encuentras algo que te da la chispa para una historia. A lo mejor no te lleva a ningún lado. A una mala, te sirve para dar conversación en nochebuena. O no, de hecho, a lo mejor eso tampoco.

3. Echa la vista atrás, pt. 1: reciclaje. Mira cosas que empezaste pero que en algún momento u otro tuviste que abandonar. A mí se me habían olvidado muchas, y algunas me han venido bien. Otras las he intentado meter con calzador, y se me hacía un castillo de conceptos que ni J. R. R. Martin podría haber cerrado esa saga.

4. Echa la vista atrás, pt. 2: referencias. Si ahora no puedes producir una historia que te convenza, piensa en otros momentos de tu vida en los que sí había cosas que te interesaban como para contarlas. ¿Qué leías? De repente me acordé de Harry Potter, Memorias de Idhún, El señor de los anillos, Narnia...

Aunque claro, miradas con distancia, a lo mejor todas esas épicas heroicas se hacen un poco ridículas. Por eso intenté la vía Shrek, buscar el conflicto en los problemas de creerse la historia oficial. Tremenda película, Shrek.

Ahora bien, para hacer sátira de algo primero hay que haberlo superado. ¿He superado la fantasía épica adolescente? Quién sabe. Yo creo que no se puede saber.

5. Busca más ideas. A lo mejor te has cerrado demasiado, y la chispa viene de conectar tu primera idea con otra que te encuentras por ahí. Por ejemplo, el tarot y el zodiaco. Donde un esquema falla, la solución es evidentemente añadir más esquemas.

En menos de un mes me había iniciado en dos métodos de adivinación distintos y vivía rodeado de cuadros, tablas y mapas conceptuales con muchas flechas y símbolos raros. Era muy gracioso hablar conmigo en diciembre. Daba un poco de miedo.

6. Pide ayuda. A lo mejor has estado un poquito obsesionado con el paganismo supersticioso porque en tu casa estaba muy mal visto. A lo mejor te viene bien salir a tomar el aire. Hablar con alguien. Comentarle tu situación.

Una amiga me dijo que si no conseguía imaginarme historias con mis personajes, podía hacerme unos muñequitos y grabarme jugando con ellos. Cuatro meses después voy por la figurita de barro número siete de trece. Estoy especialmente orgulloso de cómo le ha quedado el pelo.

7. Echa la vista a los lados. Seguramente haya alguien a tu alrededor lidiando con el mismo problema. Mi amiga Carmen, por ejemplo, también estaba intentando escribir algo largo por primera vez. Resulta que tenía una historia personal, intensa y contemporánea, llena de conflicto, emoción y consecuencias. Su problema era, ojo: que no encontraba esquemas que le convencieran.

Así que nada.

En busca de alguien que tuviera un problema mínimamente parecido al mío, miré a los lados, pero un poco menos literalmente. En esa temporada Greta Gerwig estaba gestionando bastante bien el protagonismo múltiple con Mujercitas. Tomé nota mental de ver la peli un par de veces más (solo me falta una), y estoy pendiente de encontrar un ePub del libro bien traducido.

8. Date un respiro. Para. Déjalo estar. Lo estás intentando demasiado fuerte; si no fluye, quizás no es el momento.

Estuve dos meses pensando en otras cosas, relajándome. Recuperé un viejo proyecto de comic.

Me di cuenta de que no sabía diujar manos, así que volví a la novela.

9. Estudia tu problema. Con libro de texto a ser posible. Como no sabía qué pasaba en la historia, me puse a estudiar el concepto de conflicto dramático, leí sobre estructura de la trama en un manual de narratología, me vi unos vídeos, y me hice una lista con libros y pelis que conozco, buscando los elementos de conflicto dramático y de personaje.

Luego me di cuenta de que a lo mejor para escribir una historia no hace falta entender cómo funcionan todas las historias.

10. Mira en tu interior. La gente cuenta historias porque tiene historias que contar. Esas historias salen de muchos sitios, sitios emocionales a los que llegamos nosotros personalmente, y en los que nos desenvolvemos narrando. A lo mejor respondiendo a una pregunta que te arde, o como relatando algo que viviste, o imaginando qué hay detrás de una situación muy chocante, o preciosa, o durísima, que has visto pero no conoces de primera mano...

¿Cuál es tu historia personal? ¿Qué conflicto has conocido? ¿Qué es lo más duro, o lo más bonito, o lo más interesante que te ha pasado? ¿Cómo es la vida de tus amigos? ¿Con qué están lidiando? ¿Qué quieren en la vida? ¿Hay algún evento muy propio de tu pueblo o de tu barrio? ¿Cómo se vivió por allí?

Así de primeras, estas son varias preguntas que puedes hacerte. Tú, porque a mí me da reparo tanta introspección seguida. Dios me salve de escribir una buena historia.

4/01/2020

El nombre del viento

Hoy me he terminado un libro de 900 páginas que no conocía por segunda vez en mi vida. La primera fue hace doce años.

Esta vez me ha costado un poco más. Lo abrí por primera vez hace unos meses, y leí unas cincuenta páginas antes de perder el interés. Pero claro, confinado en casa, sin trabajo, casi sin obligaciones académicas... qué menos que limpiar la lista de tareas ya empezadas.

Lo retomé con cautela. Ya sabía quién era el protagonista, y ya sabía que no me gustaba. Un héroe trágico, uno de esos Aquiles que lo pueden todo pero que desde el principio se viene anunciando que en realidad la lían. Pobrecito, qué dura es su vida, ya verás.

Me gustan las épicas. Me gustan los personajes que hacen cosas heroicas y luego fracasan. No me gusta el tipo duro que tiene sentimientos en el fondo: ya lo hemos visto muchas veces, ya vimos las razones por las que nos atraía, y ya vimos lo problemáticas que eran esas razones.

¿Lo hemos superado? Honestamente, después de unas veinte páginas, ya no podía despegarme de él. Así que probablemente no. No sé qué tenía y tampoco le he dado muchas vueltas, pero sencillamente necesitaba saber qué pasaba luego. Mis ojos se saltaban el párrafo de aclaraciones para leer qué le contestaba la chica.

Y dejadme aclarar que el romance era vomitivo. El lento cortejo del chico alternativo a la encantadora mujer por la que todos se desviven... por favor, siglo XXI, ¡tenemos mejores historias que contar!

No hay manera de que esa ridícula pose de absurda masculinidad herida de verdad tenga lugar en un libro tan vasto, tan complejo y tan cuidado. Pero era como las arenas movedizas: cuanto más me movía en él, más atrapado me quedaba. Los últimos días me quedaba siete horas seguidas leyendo. Me empaché, claro, y llegó el punto en el que no me enteraba de lo que leía y tenía que volver atrás continuamente.

Es como el chocolate. El cuerpo te pide más pero sabes que te va a sentar mal. Tanto azúcar no puede ser bueno.

Pero yo pensé: qué hostias, los libros no tienen azúcar.

¿Qué tiene este entonces para ser tan adictivo? Es imposible saberlo seguro. Me molesta que sea imposible, pero acepto esa parcela de la realidad porque sé lo que me conviene, y si crees que lo has entendido todo entonces probablemente te estás perdiendo lo mejor. Hay que valorar la experiencia directa un poquito.

Así que me abalancé sobre él como si no hubiera leído una novela de alta fantasía en muchos años, que era el caso. Al día siguiente lo miraba ahí sobre la mesa, con su tapa dura y su olor a libro nuevo, y sentía como un placer pegajoso del que no conseguía quitarme. Ya incluso quería acabarlo ya y volver a una vida un poco más equilibrada.

En retrospectiva ni si quiera sabría decir cuál de las dos perspectivas es mejor. ¿Debería haberlo hecho durar? Es seguro uno de esos libros en los que puedes perderte y recrearte en todos los detalles y las descripciones, visualizando con cariño de cineasta cada brizna de hierba en los prados que pinta. Pero... ¿Y perderme toda la inmersión brutal? Por no hablar del pico de adrenalina. Llegaba a la hora de desayunar sin sueño.

Yo qué sé, eso tampoco se puede saber, pero qué más da. Ya me leeré el segundo con calma, a ver si el Patricio termina de escribir ya el tercero. Tampoco es un drama.

Lo que peor llevo son las puñaladas traperas. Y los descuidos. De un libro que te absorbe casi de principio a distante, distante fin, no te esperas que descuide tanto a los mejores amigos del personaje principal, ni que anuncie a bombo y platillo una relación estándar de cortejo macho-hembra.

No, no una relación estándar. No es grease. No es el chico popular de instituto ligando con la animadora rubia. Es peor. Es el compañero rarito pero amable en el fondo, que se cree moralmente superior a los populares abusones, es muy listo, trata bien a la chica.

Es la típica subversión del relato inglés al relato estadounidense. No tenemos reyes autoritarios y despóticos, sino gobernantes electos. Están justificados porque se han ganado el derecho a este puesto, a este romance, a este dinero, a todo.

Esa es la diferencia entre el Poirot de Agatha Christie y esos detectives privados de novela negra mal afeitados, torturados y permanentemente envueltos en una nube de humo de tabaco y olor a whisky en su destartalada oficina de Nueva York. Si resuelve el caso es porque es muy listo, o mejor, muy instintivo, y no porque tuviera ningún privilegio. De hecho, es pobre como las ratas. Todo lo que consigue es mérito suyo, nada se le ha dado hecho en esta perra vida. Pero tiene lo fundamental: razón. Por eso puede "saltarse un poco las reglas".

Pero en el fondo, muy muy en el fondo, es un buen hombre al que han hecho daño. Su mujer fue asesinada, o algo así.

Esto se llama rencor. El relato de un pueblo sometido y abusado, levantado por esclavos y presos expatriados. Tienen todas las razones del mundo para sentirse atacados por otros más privilegiados, y para guardarles rencor. Pero esto se convirtió muy rápido en un sentimiento de superioridad moral. Vosotros tenéis las armas pero nosotros tenemos la razón. Todos ellos tienen un sentimiento de cómo son las cosas, y encima lo comparten, y eso posibilita cosas como la Guerra de Independencia, y en última instancia, la de Vietnam.

El protagonista de este libro es algo parecido a eso. No es exactamente eso, pero sí es excepcional, y se sabe excepcional, y actúa con orgullo y arrogancia. Y ocasionalmente el narrador recula y lo admite, pero la mayor parte del tiempo todo se presenta como bastante inocuo.

Sin embargo, hay algunas versiones del relato americano que conservan un destello seminal de algo distinto a "Tengo razón, me lo dice el estómago". Hay una intención fundamental de hacer el bien. Tan naive como suena. Este tipo tiene muy claro que las mujeres no son propiedad de los hombres, que siendo una mentalidad muy básica, no termina de asentarse en nuestra sociedad, especialmente en las familias tradicionales.

Patricio incluso llega a la conclusión de que el sistema cultural-económico pone a las mujeres en una situación de vulnerabilidad y dependencia estructural, y especialmente a las más pobres. Esta no acaba de asentarse ni en las familias progres.

La escena es una bella conversación entre dos buenos amigos. Señores, claro. Pero señores que se paran a pensar un momento en cómo se sentirá la chica. Hay otras escenas con moraleja que quedan forzadas y hasta condescendientes. Esta es la mejor. Pero aun así, la actitud me recuerda a un niño al que ayer riñeron por decir palabrotas, y hoy va diciéndoles a sus amigos que "eso no se dice".

Querido Patricio: hechos son amores, y no buenas razones. Ya me dirás a qué vienen los estúpidos celos de verla paseando del brazo con un señor u otro señor. "A ver, es un crío de quince años, ¿qué esperas?" Pues espero que si tan memorioso, deductivo, carismático y astuto es, podía tener también un poquito de inteligencia emocional.

O sea, es un tío espectacular en todo. Menos en "las mujeres". (Que esa es otra, todo el mundo es TAN hetero que no sabía dónde meterme en las escenas de universitarios hablando de tías.) Pues no sé, no me importaría que se le diera un poco peor la magia, o la labia, o la música, o ALGO, y que se dejase de romanticismos.

Nótese que luego soy el primero en emocionarme. Si alguien hubiera entrado en mi habitación ayer por la noche, me habría visto con los ojos como platos, murmurándole al libro "pero por favor cómo puedes estar haciendo esto" mientras me retorcía con la tripa encogida por la emoción porque PARECE QUE, POR ALGÚN MOTIVO, TODAVÍA NO SE VAN A BESAR.

Y esperad a que me ponga a hablar de las virtudes del libro...