12/12/2017

Cuando los filósofos hacen regalos




No muchos fuimos a la sesión de acogida para los estudiantes de primero de grado en mi año. Habló un señor que se me antojó parecido al protagonista de Breaking Bad, y después uno bajito y compacto y otro barbudo y desenfadado. Cuando le tocó el turno al entonces delegado de segundo, dijo tres cosas que recuerdo con mucha claridad.

Primero nos animó a escribir un texto filosófico antes de empezar las clases y a leerlo al final del año. Nunca lo hice. En segundo lugar, nos dijo que, por cuestiones de supervivencia, no hay que tomarse la carrera demasiado en serio. Finalmente, supongo que por decir algo agradable, comentó que en pocos entornos académicos se encontrará un ambiente tan cercano entre estudiantes de distintos cursos, personal docente e investigador y personal en formación.

Un año y medio después, con la ocasión de la muerte de un estudiante mayor que yo, pude constatar con bastante emoción que aquel círculo de figuras cabizbajas reunidas en el césped de la Autónoma una mañana de primavera para llorar la pérdida era, a su manera, una familia.

Eso sí, una familia extensa, con primos lejanos y distintas ramas. Uno se va dando cuenta de cómo van esas ramas en el momento en el que un profesor saca a pasear ideas muy parecidas a las de otro. De estos dos, uno con una tupida barba blanca solía decir que la historia de la filosofía occidental podía pensarse en tres partes según su objeto: a grandes rasgos, la filosofía antigua trata del mundo; la moderna, del sujeto de conocimiento. La contemporánea, finalmente, se ocupa sobre todo del lenguaje.

El mundo de Platón y Aristóteles estaba lleno de cosas, cosas que son en virtud de otras. Estaba lleno de palabras y de razones también, y de conocimiento, pero en la obra más reconocida de los primeros grandes sistemas filosóficos de nuestra tradición, la Metafísica, esta preocupación solo llena el primero de catorce capítulos, a modo de recorrido del camino a la verdad, para luego pasear en su seno por un rato más largo.

El medievo está lleno de sustancia, esencia, ser, hombre, Dios, creación, causa, subsistencia, inherencia, trascendencia, inmanencia. Lo infinito, lo finito; lo sensible, lo inteligible. Para mí, la filosofía medieval es a la antigua lo que Axel Rose dando conciertos con AC/DC en 2017 es a los 80: puede que saques algo de valor, pero ese chicle ya está muy mascado.

La Modernidad no se despega del todo de aquí, pero de repente está todo lleno de certeza, sujeto, objeto, mundo, idea, concepto, razón, entendimiento… Me da la sensación de que ahondan mucho en ese camino que Aristóteles solo transitó en el libro I de la Metafísica para llegar a donde quería llegar, y en ese sentido Hegel dice (según Jorge Manzanero lee el prólogo a la Fenomenología del Espíritu) que, oiga, nosotros hemos venido a Hacer El Saber, no a preocuparnos de si se puede o no se puede, ¿no?

Luego tienes todo el siglo XIX contestando a coro: «¡No!», porque son muy rompedores ellos, pero una cosa graciosa que les pasa a los del XIX es que tampoco escapan de la larga sombra de Hegel. Por ejemplo, se quedan con una de sus palabras favoritas, «espíritu». Yo nunca he tenido muy claro lo que significa exactamente, pero en este punto creo que, tentativamente, podría intentar explicarlo. Viene a ser… como la conciencia, pero no individual, sino colectiva. Así como podrías decir que los pensamientos de la conciencia individual están en la cabeza de ese individuo, las ideas del espíritu estarían en el arte, la religión y la filosofía. Viene a ser algo así como la cultura en un sentido amplio. La cultura de un pueblo, el espíritu de un pueblo.

Puede parecer una tontería, pero la noción de «espíritu» me ayuda a pensar cosas del día a día con un poco más de claridad. Es temporada de regalos, y se alza la pregunta de: ¿regalar libros traducidos, o en versión original? Bueno, ¿y qué importa? Si, en fin y al cabo, leo en inglés casi tan bien como en español, y tengo buenas referencias de la traducción de Terry Pratchett, ¿qué importa?

Pues es una pregunta difícil de responder. Los valores de «lo que importa» que están escondidos debajo no son para nada triviales. Una vez me bajé un libro de Sylvia Plath en español, y mi hermana me criticó porque al final la traducción siempre pierde algo, o al menos cambia. Yo le dije: «Bueno, no leo para entender a Sylvia Plath, sino para ganar algo de lenguaje poético, que en español voy escaso». Quería ganar ideas, porque he leído muy poco y al final siempre me encierro en los mismos tópicos.

Por eso, mi intención en ese momento era como de «cultivar» mi propio lenguaje, enriquecerlo, pero eso ha de ser en mi mismo idioma, claro. Yo quería, por así decirlo, trabajar en casa. Y eso que siempre escribo canciones en inglés, pero con la poesía tenía un estándar lírico al que no llegaba con el inglés (por falta de lectura), así que hice las paces con mi lengua materna. La conozco mejor, ya tengo más terreno ganado. Cuanto más la trabaje, más lejos llegaré, pensé. Lo que me estaba jugando con esa decisión, sin embargo, no lo vi hasta después.

El lenguaje surge como un medio de comunicación en una comunidad. Se trata de que yo digo «león» y tú corres. No importa tanto si el significado de la palabra es el mismo para ti que para mí, sino que los dos corramos si oímos «león». El «significado» de la palabra, sea lo que sea eso, o es el uso o está subordinado al uso. A base de quemarte cuando digo «cuidado, que quema», aprendes lo que quiere decir «cuidado, que quema»: lo quiera Wittgenstein o no, se aprende a hablar haciendo inducción a partir de casos.

(Es verdad que cada conjunto de casos permite inducir muchos significados o reglas de uso distintas, igual que cada conjunto de datos permite inducir varias teorías científicas, y un saludo a Quine, pero esto no significa que no aprendamos por inducción, sino que explica que, al hacerlo, para cada uno, los significados son ligeramente distintos. Y por eso, el edificio de palabras que hace cada comunidad varía con el tiempo, según cada usuario del lenguaje use las mismas palabras en casos ligeramente distintos a los demás.)

El lenguaje es comunitario: es la herramienta de supervivencia de la aldea frente al hambre, la enfermedad y las bestias. Dios sabe que los ancianos están para contar batallitas, y si en tiempos se hacía alrededor del fuego, cuando todos podían oírlas, ese debe ser seguro el origen del espíritu: un pueblo entero con unas bases cognitivas comunes, en base a su lengua común. Los relatos de las abuelas de la tribu explican el mundo con ese lenguaje que ha construido la comunidad para sobrevivir, y los nietos pasarán las leyendas a sus nietos… El lenguaje es el yunque y martillo para la construcción de mundos. Pero no es una construcción de mundos personal, sino hecha para la comunicación, y por tanto colectiva: el espíritu conoce a través del lenguaje.

Según las aldeas crezcan y surjan las primeras ciudades, la economía se va haciendo más compleja, y el número de gente que empezará a tener que hablar una con otra para tener algo que comer será cada vez más grande. La comunidad lingüística se amplía, y deja de ser en el sentido estricto un pueblo, y pasa a ser… un Pueblo, una civilización. Muchas abuelas tienen que juntar sus historias, y la convivencia se hace más complicada. Entonces, en una mezcla de explicaciones sobre el mundo con normas de convivencia y ciertos rituales convencionales, voilá, surgen las religiones. Con la escritura quedarán para la posteridad los textos fundacionales de estas culturas. En la nuestra es la Biblia, y antes lo fueron la Odisea y la Iliada, como en otras pueden ser los Udana o los Upanishads.

Una cultura, un pueblo, lleva sus visiones del mundo y sus normas ético-políticas incardinadas en su lenguaje. Las relaciones entre pueblos no son fáciles: uno puede traducir para cuestiones básicas de la práctica, pero traducir un sistema de valores es otro rollo. El lenguaje es la identidad del espíritu, su construcción del mundo hecha en base a los usos que hace la comunidad. No es, para nada, una especie de reflejo inmediato del mundo, donde cuando digo «ahí hay un vaso azul», realmente el mundo está estructurado en objetos físicos delimitados con propiedades como el color, y que están ahí. Y aquí hay que saludar a Nietzsche, y a Heidegger, que aprendió de él.

De hecho, estos dos son solo una de las versiones de ese gran «no» a Hegel, y por tanto a Aristóteles y Platón, que propuso el XIX. Hay varias tradiciones en contra de lo que ellos llamaban la metafísica. Por ejemplo, la profusa tradición relativista del siglo XX niega esa idea de la verdad absoluta que se puede reflejar sin mancha alguna en el lenguaje, que ha de ser universal porque las matemáticas siempre funcionan, o porque el lenguaje se puede reducir a átomos lógicos, o vaya usted a saber qué idea descabellada.

La idea de que la gramática determina la visión del mundo es la versión fuerte de la tesis de Sapir-Whorf, la hipótesis relativista del lenguaje. Mucho se habló de las veinte palabras de los esquimales para hablar de la nieve, pero Wikipedia dice que eso es un cliché y la hipótesis está pasada de moda. Sin embargo, es evidente que hay algo muy identitario, muy propio del espíritu de un pueblo, en su lenguaje, además de en sus tradiciones pasadas de padres a hijos, sus normas éticas vigentes y sus estructuras sociales, políticas…

Entender el espíritu es entender la sociedad como un agente de conocimiento. Integrar el lenguaje en el espíritu es leer a Terry Pratchett traducido, porque la traducción es una cultura estudiando a otra. Al igual que una persona conversa con otra mientras toman un café siendo totalmente conscientes de que no se están leyendo la mente y no pasa nada, una cultura incorpora los textos de otra a su propio sistema cognitivo con fallos, de forma imperfecta, para hacerlos accesibles a sus miembros. Y no pasa nada porque no sea el original: no lo ibas a entender de todos modos…

En otras palabras, leer traducido a la lengua materna es cultivarla, pero eso es alimentar la pertenencia a ese sistema cultural propio de un pueblo. Traducir refuerza una cultura. Aprender idiomas, el cosmopolitismo. Cuál de estas opciones deba tomarse es algo que depende de la agenda política de cada uno. Se puede defender que no hay lugar para las naciones individuales en un mundo globalizado, como sugiere la corriente liberal, mientras que su rival conservadora apoyará la identidad del pueblo. ¿Qué debe hacer la izquierda al respecto? El conservadurismo tiene muchos problemas, y ha sido el enemigo tradicional de la izquierda española, pero quizás la noción de espíritu y sociedad no deban echarse por la borda directamente. No sé cómo habría que hacer esto, pero se me ocurre una idea al respecto.

Un especialista estadounidense en pensamiento nipón decía en una entrevista sobre que los occidentales estudien filosofía japonesa: «Hay un pequeño grupo de japoneses que dicen: ‘Ya no sería japonesa. Hay que insistir en que se debe conocer la lengua y el complejo trasfondo del que viene para entenderla.’ Yo digo: ‘No, no hay que hacer eso.’ La filosofía japonesa no es universal en el sentido de que se estudie como los japoneses nos dicen que hay que estudiarla. Es universal porque crece según se traduce. Entra en el espacio común.»

No digo que esté de acuerdo, pero la izquierda siempre ha tenido una gran preocupación por el «espacio común» entre individuos. Puede que el reto esté en pensar si es posible un espacio común entre sociedades y cómo debe ser, qué reglas podría tener.

11/11/2017

El día más raro de todo el otoño de 2017




Sobre las diez de la noche tuve una revelación vital sentado en el retrete de un restaurante chino en pleno centro de Madrid. No es que recuerde palabra por palabra lo que pensé—sí que recuerdo haber pensado en lo curioso de la situación—, pero para reconstruirlo hay que remontarse a unas horas atrás, cuando entramos en la situación que daría el giro definitivo al día más raro de todo el otoño de 2017.

Después de semanas, finalmente ocurrió: al acabar la clase, Irene vino con los ojos vendados hacia la mesa que hay en el pasillo de arriba, frente al módulo V, acompañada por Jorge, Javi y Julia. Juan y yo esperábamos al lado de la mesa, y Andrea vino un segundo después. Nunca sabré la cara exacta que puso nada más retirarse la bufanda de la cara—estaba justo detrás de ella, pero imagino que de primeras no entendería bien lo que estaba viendo: tenía delante una tarta de coloridas chuches con cuatro velitas clavadas y un ajedrez de aspecto rústico. Sí que le vi llevarse las manos a la cara en algún momento, pero cuando llegué a verla, su expresión estaba relajada, estática, como tratando de procesarlo todo de una. Qué menos para los regalos de incalculable valor que tenía frente a sí.

Dicho así, no parece que tenga mucho sentido. Por eso para contar esta historia bien hay que empezar por el principio: un buen día nací. Pero saltemos los capítulos más sosos, ya volveremos a ellos cuando llegue, por ejemplo, el símbolo 龍. El caso es que diecisiete años después de ese buen día me fui a estudiar a Madrid, donde me hice amigo de Jorge (primero, y luego de otras personas de clase), y en el verano de segundo curso a tercero nos juntamos Irene, Jorge, Juan, Javi, Julia, Andrea, Mamen, Héctor y yo e hicimos un viajecito [sin Juan] de cinco días a tierras desconocidas y bañadas por el salado atlántico. Tampoco éramos un grupo de amigos entonces; ahora sí, más o menos.

Ese mismo verano, inspirado por el amor de Jorge al escultismo, empecé a trabajar la madera. Resulta que es muy entretenido, así que fui poniéndome metas cada vez más grandes. Aprovechando que Irene nos empujó a hacer regalos de cumpleaños grupales, cuando se acercó el de Juan me propuse tallar un ajedrez entero. Por ponernos en contexto, Juan debe de tener en su posesión su propio peso en piezas y tableros de ajedrez, así que lo dejé para el cumpleaños de Irene, que estaba aprendiendo, y además me daba un margen extra de dos semanas.

Rebuscando en el jardín de la casa de mis padres alcancé la iluminación: fichas de madera contra fichas de bambú. Serré los palos correspondientes para poder llevarlos cómodamente a Madrid, y ahí serré, tallé y lijé lo que se convertiría en la dama. Se la enseñé a Jorge, que propuso pirograbarle dibujos. Tras una discreta conversación en clase de filosofía de la ciencia, acordamos vikingos contra chinos bajo mi dirección artística. A lo largo de las siguientes semanas quedamos varios días para serrar los palos, tallarlos, lijarlos, diseñar los dibujos, pirograbarlos—una buena historia, la del pirograbador— y finalmente barnizarlos.

Nos repartimos las tareas de acuerdo con nuestra experiencia: él no tenía ni idea de tallar, ni yo de pirograbar. Trabajábamos en mi habitación sobre un tablero de conglomerado que guardaba tras la cama; él se iba a casa en dos o tres horas, y yo terminaba la faena del día durante un par de horas más y limpiaba el serrín de la mesa. Confiábamos en el resto del grupo para que hicieran el tablero. Eso nunca ocurrió. Cuando mandamos a Mamen al Leroy Merlín a por el pirograbador y madera para el tablero, nos llamó por teléfono porque no parecía haber nada por ahí que grabara a fuego en madera, y no sabía qué comprar para el tablero. Lo del pirograbador lo resolvió Google después, pero en ese momento, con el tema del tablero, Jorge estaba al teléfono —«Pues no sé, la verdad…»— cuando miré el tablón de conglomerado que protegía la mesa y se me encendió la bombilla. «Jorge», le llamé, señalando.

«No hace falta que compres nada», le dijo a Mamen por teléfono. «Igual lo teníamos debajo de nuestras narices todo este tiempo y no lo habíamos visto».

El regalo debía entregarse el viernes, y el miércoles aún había que barnizar y las fichas de bambú solo estaban cortadas, si mal no recuerdo. Fui a recoger a Jorge a la salida del trabajo—historia para otro día— con la merienda (un Kinder Bueno y un Okey de vainilla) bajo el brazo, igual que los padres de los niños con los que trabaja, y me llevé al niño a casa, donde terminó completamente las fichas de bambú (no sin antes discutir mucho sobre los caracteres chinos que inscribiríamos sobre las fichas—aparentemente, «alfil» queda mal, mucho mejor «espíritu»; nos pusimos de acuerdo en «monje»).

Esa noche no dormí. Inscribí runas y caracteres chinos en el tablero hasta que me salieron ampollas de agarrar el pirograbador, y la aventura de cómo quitarse el barniz de las manos sin aguarrás la dejaremos para otro día también. Solamente un sincero agradecimiento a mi abuelo, que más que ayudar acabó tan pringado como yo. Mi abuela, por su parte, contribuyó obligándome a irme a la cama, y al día siguiente amanecí con mi hermana sentada al borde de la cama. Cuando le conté la historia reconocí en su mirada la desaprobación propia de mis padres—comprendo que es difícil no adoptar el rol—, pero la serenidad y el cariño con el que me recrimina la falta de autocuidados dista mucho de los de mis padres, que también me quieren, pero no priorizan mis sentimientos a la altura de mi educación en esas situaciones. Y no les culpo.

Esa misma noche di la segunda capa de barniz antes de irme a dormir, y el viernes por la mañana Jorge y yo pusimos fieltro bajo las piezas en una mesa del pasillo de la facultad. Perdimos una hora de clase en el temita. Tampoco quiero decir que echáramos a perder la mañana; al fin y al cabo entramos a filosofía de la ciencia. A comentar la lectura del texto de Alberto Cordero, se supone, aunque para eso habría que haberse leído el texto.

Esbocé un par de ideas para un cómic en una hoja en sucio—hay un jugador de baloncesto juvenil; dos policías van a cenar al Buda Feliz; una niña se enfrenta al apocalipsis zombie con una motosierra que aparece inocentemente en la primera viñeta. Se la pasé a Jorge, que me la devolvió con la inscripción «hay scouts?» [sic] mientras yo preguntaba a la profesora sobre el problema de la tesis de Duhem-Quine de la indeterminación cuando se enfrenta con el hecho de que, en realidad, bueno, no hay infinitas teorías posibles para cada conjunto de datos empíricos; tienes suerte si ALGUNA TIENE MENOS PROBLEMAS QUE OTRA NO SÉ EN QUÉ PENSABA QUINE—bueno, que me entero de las cosas, aunque esté dibujando. Llevo haciéndolo desde primaria, y no pasa ni media.

(Es curioso que, cuando los filósofos se ponen muy filósofos, yo me imagino a mi padre, pongamos que, a la vuelta del laboratorio, encarando una ceja ante estos argumentos; de repente lo veo todo mucho más claro.)

Y ahora sí: finalmente ocurrió. Después de clase, un par corrimos a preparar el regalo mientras el resto entretenía a Irene, y luego la magia ocurrió. Durante varias horas ocupamos el pasillo de arriba (absolutamente desolado un viernes por la tarde) jugando al ajedrez mientras otros comían chuches o discutían del empirismo; Jorge y yo pensamos que la ocasión merecía saltarse el entrenamiento de kenpo de hoy.

Y ahí, justo en esa escena idílica congelada, termina una historia y empieza otra completamente distinta y mucho más densa. El punto de basculación fue que apareció la hermana pequeña de Irene, Ángela; en una primera impresión, la misma persona, pero un poco más bajita y con una trenza. Un dato interesante es que se llevan lo mismo que yo con mi hermana para un lado y con mi hermano para el otro, o sea, cuatro años: una distancia realmente insalvable a veces. Lo verdaderamente curioso del caso es que, a pesar de estar en el mismo grupo, Irene me saca dos años a mí, lo que me deja a la misma distancia de ella que de su hermana. La misma. Y, aun así, Irene y yo compartimos casi la misma etapa vital, pasado el ecuador de la carrera, frente a la chica de bachillerato que sigue haciendo lo de ser borde con la gente por deporte.

Por abreviar, el plan de cumpleaños de Irene a partir de ahí era juntarnos con otros diez o quince desconocidos, allegados de la homenajeada, en el Retiro; echar un Pueblo duerme y bajar a Gran Vía a cenar en un restaurante chino. Las tres cosas ocurrieron, pero antes acompañé a Jorge a su casa para hacer un par de recados. Por lo que sea, Ángela se vino con nosotros, y en la ida y vuelta en tren hablamos de su hermana, la filosofía y el instituto. En cierto momento, les dije: «Imaginad: en algún punto entre Villaverde Alto y Villaverde Bajo, el tren se para.

»Suenan ruidos; se rompe una ventana y empiezan a entrar zombies [‘Zombies no, ¿por qué tienen que ser zombies?’ ‘Porque tienes que poder matarlos a patadas.’ ‘Pero y un demogorgon…’ ‘Vale, lo que sea, pero más como los de la segunda temporada-’ ‘¡No me hagáis spoilers!’]. Cuando todo parece perdido, por esa puerta aparece Ángela…»

«...Con una motosierra», me sigue Jorge. «Ángela, ¿te apetece ser un personaje de un cómic?»

De alguna manera entramos los tres en una conversación muy fluida sobre mis ideas para el cómic, la historia que Jorge llevaba rumiando un tiempo, el Bioshock de Ángela y la filosofía detrás de todas estas cosas. En un momento de éxtasis y locura, Jorge llegó a ofrecerle firmar con nosotros el manifiesto de la filosofía narrativa.

En varios momentos, ella se excusó por la incontinencia verbal exagerada diciendo que normalmente no tenía ocasión de hablar de todo esto con sus amigos, y cuando podía, aprovechaba. También se disculpó por perder el foco de atención muy rápido; dijo que en clase no podía prestar atención exclusiva al profesor y por eso siempre andaba haciendo otra cosa a la vez.

De repente me vi muy reconocido en ella por varias razones, incluyendo lo de la verborrea y dibujar en clase. Me generó cariño en ese momento.

Irene, junto con Juan, Jorge y otros, es una de mis personas favoritas; yo ya había empezado a ver que Ángela no era exactamente igual que su hermana, pero me suscitó interés igual de rápido que ella en su momento. Según llegábamos a Atocha, yo estaba muy agitado, muy contento de haber encontrado a otra persona con la que disfruto pasando el rato, pero a la vez se me coló en la cabeza la insidiosa idea de que el salto de edad y mentalidad es muy grande, y eso trae problemas en todas partes. Tampoco es que estuviera pensando en nada concreto, pero y si sí, qué pasa; y, de todos modos, sería rarísimo, siendo yo amigo de Irene; pero yo no debería estar ni pensando en nada de esto; pero a ver, en qué estoy pensando realmente, igual solo estoy muy contento de conocer a alguien nuevo que me cae tan bien; o no, porque yo tengo un peligro…

Todo estuvo mucho más claro cuando conversaba con Jorge horas después, mientras nos íbamos del Retiro. Lo que pasó en el parque fue el caldo de cultivo perfecto: según llegamos, saludamos los recién llegados a los allegados, esa docena de desconocidos hacinados en una esquina mal iluminada del Parque del Buen Retiro. (Visto de cerca, todo eso era mucho menos aliterante, pero una vez visto un juego de palabras...) La gente hablaba en grupos, hacía frío, luz de farolas; me encontraba inseguro en un entorno lleno de desconocidos que se conocían entre ellos, y yo constantemente preocupado por la impresión que se estarían llevando de mí, hablando con una persona que hacía referencias constantes a la cultura friki y abusaba inclementemente del sarcasmo. Jorge y yo nos miramos. «¿He vuelto a la adolescencia?»

Estresado, me fui a perderme entre los pinos oscuros cantando «Madre, anoche en las trincheras». Cuando llegué de nuevo al grupo iba casi por el final; me senté junto a Jorge murmurando los últimos versos, y terminamos de cantarlos juntos. Luego se quedó observando su pie, sobre el que se consumía hipnóticamente un cono de mirra. Yo tenía la cabeza llenísima de filosofía narrativa, buscando la historia en todo, los paralelismos entre el momento, mi vida y la historia, y vine a hablarle de eso mientras él únicamente se maravillaba contemplando el fuego en el cono de mirra. Le dije: «Hasta en esto está la metáfora perfecta de nuestra amistad: tú me dices tan tranquilo que mire esa cosa tan bonita, mientras yo vengo aquí a contarte filosofía narrativa». Me dio la razón. La chica de al lado nos miraba sin entender nada.

Organizar una partida de Pueblo duerme para diecinueve personas fue un dolor de cabeza. Más o menos fluyó, casi sin trampas; ganó el pueblo de milagro. Ángela me pidió que jugara en equipo con ella; cumplí más o menos, ayudando a Jorge a masterear a la vez.

Nos fuimos de allí con una hora de tiempo hasta la reserva en el restaurante, y Jorge aprovechó para ir a casa de Juan a cambiarse de calcetines, que se le habían mojado. Por el camino le comenté lo que me rondaba la cabeza; estas cosas a Jorge no le pasan, requiere explicación. Me metí en el rollo psicoanalítico: supongo que hasta los catorce o quince años no encontré un grupo de amigos con dinámicas sanas—en primaria yo debía de ser algo repelente y no caí demasiado bien—mientras que sí mantuve una amistad muy sana con Alex, un vecino y amigo de la familia, durante prácticamente toda la infancia. Imagino que será por eso el que, de ahí en adelante, siempre he preferido las amistades individuales. Los grupos me producen la sensación constante de estar fuera de lugar. Y, sin embargo, a la vez que se activa el circuito ansioso de mi cerebro, también despierta una parte de mí adicta a las interacciones entre cuanta más gente mejor. Durante 2015 y 2016, en los fines de semana que tenía la casa libre montaba fiestas de diez, quince personas a las que conocía de una en una o en grupos de como mucho tres, y así mezclaba y veía relaciones cada vez más complicadas entre todo el mapa social. «¡Una persona guay! ¡Varias personas guays por separado! ¡Juntémoslas, a ver qué pasa!»

En casa de Juan estuvimos poco tiempo, pero hay que destacar que… cierta botella de limoncello a medias salvaje apareció. Y desapareció. Por tanto, multipliquemos por cinco el cóctel de emociones que llevaba encima al llegar al restaurante chino. Una vez ahí, tenía la cabeza totalmente sobreestimulada: mis personas favoritas juntas, pero situación grupal estresante, pero persona nueva genial, pero posibilidades muy estresantes. Tenía el pulso rápido, me costaba respirar. Analizaba e interpretaba milimétricamente la conducta de todo el mundo a mi alrededor como posible respuesta a mis acciones. Nada bueno puede salir de ahí; nada bueno salió.

Pero, a la vez, aparecieron los mejores memes de Wittgenstein de la historia (i.e. aquella vez que, en una discusión acalorada con Karl Popper sobre la posibilidad de la referencia directa, le amenazó con un atizador de chimenea; aquella otra que, discutiendo con Bertrand Russell, se enfadó y TIRÓ A SU PERRO POR LA VENTANA) y tuvimos la ocasión de relatar de nuevo la historia de Blas de Lezo, que alguien como Ángela necesitaba saber.

Irene en la otra punta de la mesa, Blas de Lezo, aquí hay mucha gente, Wittgenstein, qué bien me cae Juan, ternera al curry por favor, Ángela está mirando para otro lado, eso no debería preocuparme, «¡a la mierda el perro!», qué bien que está Mamen, pato a la pekinesa, no conozco a la mitad de la gente de esta mesa, qué calor, ¿eso es apio?, ¡agh!, Jorge no se ha reído de ese chiste, por qué dependo de la opinión que causo a los demás,  se acaba de sentar una desconocida en frente, estoy hablando demasiado por el limoncello, ¿por qué hace tanto calor?, no puedo terminarme la ternera al curry, he pedido mal, me duele un poco el pecho… Todas las cosas no cabían a la vez en mi cabeza. Jorge me miraba preocupado.

Toqué fondo sentado sobre la taza del váter en un restaurante chino en pleno centro de Madrid, huyendo de un montón de sensaciones confusas. Esta cosa de los que hacemos filosofía en algún momento es que la hacemos también en cualquier otro momento, ¿no? Pues este fue uno de esos momentos. Me ha costado recordarlo, pero esto fue lo que pensé: la ansiedad fisiológica, la inseguridad en situaciones sociales, la amenaza de las relaciones poco éticas, el miedo… todo eso se supera. Así es la narrativa, así son las historias. Una etapa se sucede tras otra; cada crisis nunca resulta en el viraje radical que parece ofrecer, pero sí que aporta un grano de arena en la montaña del cambio. Nada mejora de golpe; después de cada trama, viene otra nueva. Después de Thor 1 va Thor 2, y luego Thor 3. Y, a pesar de todo, toda la trama de Vengadores sigue ahí. Y lo mejor de todo: da igual cuántas películas de superhéroes se marque esta gente, como matrioskas, que al fondo sigue esperando La Guerra del Infinito con toda la calma del mundo.

El cristiano peca y se redime, peca y se redime, peca y se redime... y la fe le lleva al cielo al final. En la cultura china, el ying-yang, o el tigre y el dragón, son las fuerzas opuestas que explican toda la conducta, y se complementan dando lugar al todo. El budista vive en el samsara, «ciclo de vida y muerte», igual que el hindú: cada vida está marcada por la contradicción con su propio fin. El budista comprende esto, y sale del ciclo por el desapego; el hindú… no sé; lo recordaría si hubiera atendido mejor en clase de Romerales.

En el fondo, siempre son dos términos que se oponen, y el avance se produce reconociendo su oposición en una nueva totalidad que la resuelve. Una contradicción se supera, se convierte en otra, que se supera. Esto decían los dialécticos—Platón, Hegel, Marx: cada uno narró una historia, un camino con un final que se alcanza quemando contradicciones. Los dos primeros hablaron del camino hacia el conocimiento, pero el tío listo Hegel lo mezcló con la Historia, y decidió que la humanidad también avanza en etapas que se suceden superando a otras que se sumen en contradicción, y así hasta llegar al saber absoluto (su propia filosofía, evidentemente). Marx hace lo mismo, pero cambiando etapas del espíritu (religión, arte, filosofía…) por relaciones de producción, condiciones materiales.

Primero algo es verdad; luego va, y es mentira. Al final es verdad que fuera mentira. Mirar el reflejo de la narrativa en la propia vida desde fuera da cierta calma. Lo mismo sí que hay esperanza para mí.

O lo mismo no. Lo mismo es todo mentira. Lo mismo eres un cerebro en una cubeta. O Matrix. Lo mismo cada palabra que digo no tiene significado, igual es imposible que haya significado, o sea que nos inventamos lo que dice todo el mundo… o lo mismo no hay nada ahí realmente, porque el concepto «haber algo ahí» es un invento mental raro. O igual del círculo nunca se sale, o igual todo es construido, o narrado… La narrativa tiene dos caras. No lo sé, el escepticismo se cuela por cualquier hueco y lo corroe todo.

Pero no pasa nada: el escepticismo es una fase del camino, y qué pasa con los caminos: al final se llega.

O eso nos decimos a nosotros mismos para hacer de la vida algo más habitable.

Y así.

En esto que me lavé las manos, salí del baño, le choqué las manos a Javi y le dije que no me las había lavado.

De vuelta al estrés del mundo real, solo recuerdo haber pagado, antes de decirle a Jorge que diéramos una vuelta por la calle y me contara su mejor historia. En un poco sorprendente giro de los acontecimientos, tiró escultismo: en lo que a buena narrativa se refiere, la historia de ser abandonado en el monte por sorpresa con tres colegas durante cinco días como entrenamiento de supervivencia no puede fallar.

A la vuelta (no pasamos del primer día de anécdotas), una Irene cansada nos propuso ir a casa de Juan a ver una peli. Eso tampoco puede fallar. Así que el equipo de Juan, Jorge, Ángela, Irene y Guille mantuvo la fiesta viva más allá de los confines de los rollitos de primavera y el pollo con almendras.

La brigada pro-apalancamiento terminó de desintegrarse definitivamente el sábado a la una del mediodía. Jorge se había ido con sus scouts; las dos hermanas se fueron a su pueblo juntas. Juan se quedó en su casa preparando la partida de ajedrez de torneo que tenía el domingo; yo volví a comer con mis abuelos. Es como si todas las olas del mar se hubieran allanado a la vez; la vasta estepa oceánica del sábado frío y soleado de noviembre se extendía frente a mí.

Así concluye la extravagante historia; eso es todo en esencia. Ya no hay más regalos, comida china ni filosofía narrativa. Solo queda el breve capítulo que va más o menos de las 23:30 del viernes a esas mortecinas 13:15 del sábado. Me sentía tentado de llamarlo epílogo, pero no sería justo: la verdad es que nada de lo que había pasado por mi cabeza durante el día se había resuelto. No hay cierre. Simplemente ya no estaba rodeado de un montón de desconocidos intoxicado por un ligero exceso de cáscaras de limón fermentadas recorriendo mi sistema circulatorio. Sin embargo, toda la carga de angustia seguía exactamente en el mismo sitio. Mentiría si dijera que todo se resolvió en esas catorce horas. Mentiría si dijera que era posible. Pero sí que llegué a alcanzar el cierre parcial de un tema, lo que justifica lo menos veinte párrafos más de batallitas y reflexión.

No nos pusimos de acuerdo en la película que íbamos a ver en casa de Juan mientras íbamos en metro, así que el anfitrión nos puso Un cadáver a los postres (que hice yo en teatrovídeo aquí; y de hecho estuve toda la película recitando frases) con la perspectiva de que poco a poco fuéramos cayendo rendidos al asunto de Morfeo entre almohadones y mantas. A mitad de película, los tristes paladares de Irene y Jorge cumplieron la profecía—se fueron a dormir, sin ningún aprecio por el fino humor satírico en juego, y Juan nos trajo mantas a Ángela y a mí, que nos quedamos en el sofá, antes de batirse en retirada a su propia guarida también. Diré que esa fue la primera baja de la brigada.

Yo sé cómo funcionamos en este grupo: casi cualesquiera dos personas elegidas al azar dormirían abrazadas más a gusto que por separado. El afecto físico está bien, y esto es algo que he tenido en mis grupos de amigos desde hace aproximadamente cinco años. En ese momento, como siempre que estoy con ellos, era algo que tenía muy presente. Ahora bien: quizás no es una gran idea abrazarte mucho a una persona que has conocido hace unas horas y es casualmente la hermana pequeña de una amiga cercana que duerme en la habitación de al lado. Hay muchas cosas que pueden salir mal ahí. Pero tampoco era una situación cómoda como para preguntar nada, no me habrían salido palabras.

Así que ni perdón ni permiso: me limité a revolverle el pelo en algún momento, y llegado el momento de dormir después de los créditos, nos ves a los dos echados en paralelo mirando al mismo techo, pasando el mismo frío debajo de la misma manta kilométrica, tosiendo con la misma asma. Visto a posteriori puede ser muy cómico, pero juro que en ese momento estaba en agonía: mi cerebro era una gran fiesta de la contradicción. El afecto es magia, pero he visto a gente mucho más rigurosa, fuerte y formada que yo hacer cosas bastante feas, y eso me da mucho miedo. Sigo la regla de pensar qué diría mi hermana. Preferí no imaginarme su cara si no iba a ser capaz de mirarla a los ojos. Me fui a dormir.

El plan era despertarse a las 6 para que Jorge llegara a su tren e Irene a trabajar. Por el motivo que fuera, a las dos y media de la mañana esto no parecía un problema. No sé qué mecanismos oscuros rigen la mente de Ángela, pero a las seis menos diez se despierta y me dice: «y si les asaltamos con cojines». La idea me pareció tremenda, pero si ya es un tema lidiar con sacar un solo pie fuera de la cama en pleno noviembre, no te digo enfrentarse al odio eterno de tus mejores amigos antes de desayunar.

Insistió un par de veces más. Luego sonó el despertador de Irene, y no pude negarme durante más tiempo. No me arrepiento de nada. Reconozco que sí fue un fallo táctico subestimar la ira toledana de un scout recién despierto, que respondió con un cojinazo que por poco no me revienta el tórax, pero en conjunto creo que fue una buena decisión.

Resultó ser que la cama extra de esa habitación estaba pensada para Ángela y para mí, pero nadie nos había comentado esto, y cuando decidimos por unanimidad aplazar la alarma a las siete, nos metimos en la cama siguiendo las mismas reglas que la vez anterior: no tocar. Irene nos hizo notar el ridículo de la situación en la que dos personas congeladas no duermen abrazadas, tesis que yo suscribí enfáticamente, y Ángela dijo como con timidez que no había pensado que eso era una opción. Rápidamente procedimos a enmendar el error, abrazados bajo cuatro capas de tela.

De manera que, al fin cómodamente rodeado de mantas y gente estupenda, remonté en media hora todo lo malo de la noche anterior. Mi cerebro descansó completamente en paz cuando, después de que sonara el despertador e Irene volviera de hacerse un cola-cao, hiciera algún comentario de ternura al vernos. Bien, esto está bien. Esto no es un problema. Esto es, de hecho, todo lo que tenía que ser en este momento particular. Lo único que podría haber mejorado esa mañana habría sido una docena de castañas asadas.

Hacía frío fuera cuando salí a acompañar a Jorge a la estación. Recuerdo poca cosa más allá del amanecer al fondo de la Avenida de Barcelona, y Jorge despidiéndose secamente en el control de equipaje. Irene y Ángela se fueron al poco, tras recoger entre los tres el salón y la habitación, y para mi dolor de corazón me quedé absolutamente solo en la vigilia, con mi anfitrión en sus aposentos, absolutamente K.O., como un leño.

Creo que había dormido tres horas más en el sofá cuando el glorioso perfume de tostadas fritas me despertó. Mientras desayunaba con Juan escuchando sus variaciones Goldberg favoritas, le conté lo de mi absurda angustia frenética con el tema de Ángela la noche anterior. Sé que darle tanto bombo lo acaba volviendo aún más incómodo si cabe, así que quise hacer una lectura optimista del asunto. 


Yo no tengo prácticamente recuerdo consciente de esto, pero a mi hermana no la trataron nada bien en el colegio y el instituto. No solo está el rechazo grupal, que es algo que yo también he vivido, sino el abuso activo. Cuando alguien reparte insultos (o tortas) sin motivo a otra persona, solo por su existencia, baja la autoestima de quien recibe y crea una dependencia de los demás para sentirse bien con uno mismo. Imagino que eso te obliga a desarrollar algún mecanismo de autodefensa; devolver comentarios aún peores para compensar y buscar el autorreconocimiento no en ser parte del grupo sino en no serlo, ser mejor que el grupo: la cultura alternativa. Hace diez años eso podía ser Pokémon, Youtube, Tumblr, el metal, el anime, Doctor Who...

Los últimos años que viví en la misma casa que mi hermana, ella estaba en plena adolescencia y yo no tenía más referentes. A parte de absorber gustos musicales y estéticos a patadas, capté muy claramente la idea de que ser borde es muy guay. Si mal no recuerdo, incluso dibujó unas viñetas bajo el título de Super Borde, el superhéroe que vacilaba a los ladrones como quería. Es verdad, es todo un superpoder: si has hecho daño a alguien con un comentario, has forzado una situación de poder sobre esa persona. Este es el principio básico del abuso emocional, que es la parte no física tanto del bullying como del maltrato en pareja.

A partir de ese momento, digamos que entre los doce y los diez años, mi relación con mis dos hermanos y con muchos compañeros de clase se intoxicó progresivamente de competiciones de «a ver quién es más borde», quizás la dinámica más insana de la adolescencia.

Todo eso desapareció llegado el momento, pero hay sitios donde aún no he sabido deconstruirme, véase lo mal que trato a mi hermano a veces: contestar mal, no contestar, rechazar planes, rechazar caricias, no avisar de planes… Me veo hacerlo y es horrible, es abuso emocional, es crear dependencia, y aunque trato de evitarlo cada vez más, sé que adquirí la dinámica desde muy, muy pequeño, y renunciar a las posiciones de poder cuando están tan bien asentadas es muy complicado. En ese aspecto admiro y envidio a mi hermana por el caminazo que ha hecho del abuso indiscriminado de la infancia—«pues ya no te hago mágico»— al cuidado y cariño activos de los últimos años.

En cualquier caso, yo ya había entrado en el juego feo, y para cuando mi hermana se fue de casa yo tenía catorce años, mucha soberbia y muy pocos amigos. El relevo de referente pasó en esa época a David, uno de los mejores amigos de mi hermana por aquel entonces. Según ella se fue, yo me uní a su grupo de amigos, que antaño eran la gente friki de teatro, y, aunque seguían jugando a ser más listos que los demás (hacer el comentario más sagaz, el chiste sexual más rápido, y ese vicio intelectualista de la cultura friki: conocer todas las referencias), eran una gente muy, muy cariñosa. Poca relación de aquella me queda con David, pero a día de hoy sigo pudiendo decir que es una de las personas con los abrazos más satisfactorios que te puedes echar a la cara.

El tema del afecto físico es que también es comunicación: si yo te estoy acariciando el brazo, te estoy diciendo: «hola, buenas, tu existencia me produce emociones positivas». Yo no puedo decir eso verbalmente, porque en ese momento soy vulnerable; me he expuesto a tu rechazo y a la burla de cualquiera. Para prevenir esto, es mucho más efectivo volcar sarcasmo y respuestas mordaces sobre la gente cercana: si te odio, no te estoy ofreciendo nada que puedas rechazar. Pero siempre está la opción del afecto físico, y no sé de dónde salió en mi grupo en particular, pero para cuando llegué a bachillerato el único vacile que se llevaba en ese grupo de amigos era David metiéndose con Naranjo (que nunca dejó de ser un espectáculo), y todo el borderío había desaparecido progresivamente. Todo era mucho menos… adolescente, pero igual de afectuoso.

Precisamente en esa época me hice muy amigo de una compañera de clase, también de los «raros», pero esta por el lado de los metaleros más que de los frikis. Imagino que es la misma historia de rechazo, pero con otros referentes. No sé cómo conectamos, pero conectamos mucho y muy bien: hablábamos a diario, los dos tocábamos el bajo y nos gustaba música poco conocida. El tema: ella seguía jugando a aquello del comentario borde y sagaz, al concurso de rapidez, y a conocer más grupos de música. Qué pasa con esto: en los últimos dos años y medio la habré visto... no más de tres veces sobrio y cinco, ebrio; y, a pesar de ello, a día de hoy sigo sin ser capaz de hablar con ella o escribir en cualquier red social en la que me pueda leer sin sentir que estoy haciendo el ridículo, que debería decir algo que dejara claro que merezco su cariño.

Esta amiga se llamaba Irene. No veas el choque cuando descubrí en la universidad a otra Irene en mi clase que vestía de negro con algún pincho de vez en cuando y con cierto gusto por la estética... ¿andrógina? Solo que esta además tenía el pelo igual de loco que el mío. La intriga fue instantánea, claro, pero pasaron dos años antes de empezar a tener una mínima amistad.

El grupo que se formó a partir del viajecito y otras alianzas previas, por milagrosos avatares del destino, acabó siendo igual de cariñoso o más que mis viejos amigos, y más variado en los trasfondos de las personas. Cuando empezamos a quedar propiamente como grupo, Irene comentó en algún momento que en ninguno de sus grupos de amigos anteriores había tenido esa clase de confianza, o al menos no a ese nivel. Estaba muy contenta de como funcionaban los cuidados en el grupo. Yo también lo estaba; yo creo que todos los que siguieron ahí se sentían bien.

El comentario concreto de Irene es que estaba feliz de poder contarnos cosas. No ya dormir abrazado a alguien que no es necesariamente tu pareja o hacerle caricias en momentos desprevenidos, sino poder hablar de tu vida privada… No sé, son cosas de trabajo emocional básico; no puedes guardarte todo dentro y sobrevivir a eso como si nada.

No le he preguntado nunca, pero entiendo que en sus años de instituto Irene debía de ser una adepta jugadora del borderío. Al igual que mi hermana, es una hermana mayor que tiró por la cultura alternativa. Desde luego, Ángela juega al comentario borde como no lo había visto en años, así que imagino que aprendería más o menos como lo hice yo: tirando de referente; siguiendo a la mayor. Me cuadra con una Irene totalmente metida en las dinámicas en las que me vi yo en ese momento: el juego de solo repartir mierda tóxica en derredor.

Esto nos deja a Ángela y a mí en una situación muy parecida, con aproximadamente tres años de diferencia entre nuestras hermanas mayores (y su respectiva salida de la adolescencia). Lo que realmente me sorprende es que Irene dice con mucha naturalidad lo de «eres un cielo» o «qué guapa estás hoy», y no es en absoluto nada falso ni automático, sino genuino aprecio de la gente cercana. Completamente opuesto a la hipótesis de la borde insufrible. Es una persona muy directa al expresar sus sentimientos, además de ser absolutamente transparente, lo cual, aunque le resulte irritante, a mí me parece muy admirable. Yo querría ser así. Su hermana también se marcó una de esas en cierto momento, sobre los ojos de Julia. Cuando le respondí en una conversación sobre ello que la gente no es tan directa por vergüenza, Ángela me dijo: «la vergüenza no me sirve para nada».

¡Ah, amiga! Y, sin embargo, ahí estabas acurrucada en una esquina del sofá cama pasando frío y tosiendo. Quiero creer que realmente no le daba igual, y habría preferido arrimarse un poco. El tono de voz que puso cuando dijo que «no sabía que eso era una opción» me sonó a algo entre genuina sorpresa y disculpa, como de «perdón, lo habría hecho, pero no sabía que eso era una opción». Que no sabía si era una opción, es decir, si estaba permitido; y en una habitación donde estábamos dos, imagino que eso significa que no sabía si a mí me parecía bien.

Hay dos lecturas: o pensaba que yo pasaría y no quería enfrentarse al rechazo, o pensaba que, quisiera acogerla en mi amplio y cálido espacio o no, igual aquí jugábamos a lanzarnos cuchillos en vez de ser honestos con nuestros sentimientos. Y habiéndose venido a tumbar cerca y habiendo estado yo revolviéndole el pelo, me decanto por la segunda: que lo mismo este chico se ríe de ella si se acerca más, o se echa para atrás porque eso es algo que aquí no se lleva, es de débiles. Pues no, amiga; aquí jugamos con las barreras bajadas. Me parece horrible que la gente no se atreva a abrazarse porque se pueda considerar un signo de debilidad. Es terrible. Te corroe por dentro.

He oído a mujeres decir que los hombres no saben hacer trabajo emocional, con todo lo de que el patriarcado niega los sentimientos de los hombres porque son cosas de débiles, de mujeres (los hombres no lloran). Esto es: en parejas donde hay alguien con rol masculino y alguien con rol femenino, cuidar de las emociones de la mujer lo hace la mujer, y cuidar de las del hombre, también lo hace la mujer. Esto es una cosa aprendida tan pronto que yo no sabría verlo, pero, si es cierto, implica dos cosas: por un lado, la mujer no recibe cuidados y da muchos más de los que debería, y, por otro lado, los hombres tenderán a tener una salud emocional de mierda por no saber cuidarse.

Yo entiendo que la parte que me toca, por los dos lados, es aprender a cuidar mi salud emocional y la de la gente a mi alrededor. Es un trabajo de introspección y honestidad, de empatía, y comunicación, y sobre todo de sacrificio: hay un tiempo que va a eso, y es un esfuerzo duro, no es gratis. Y hay que hacerlo.

Y de alguna manera, es lo que hemos tratado de construir en este grupo de amigos, ¿no? Un ambiente de cuidados, basado en ser introspectivos, honestos, empáticos y comunicativos unos con otros, dedicando tiempo y esfuerzo reales a hacernos sentir mejor unos a otros. Ángela tenía ese viernes el mismo contexto que Irene antes de llegar a la universidad: distancia fría con la gente. Y se ha encontrado con... nosotros. ¿Qué tal eso?

Sólo le conté a Juan retales sueltos de esta reflexión. A juzgar por la cara que puso... bastante, bastante sueltos. Repasamos la partida de ajedrez de Jorge e Irene del día anterior y hablamos de algo más, no recuerdo el qué. En un momento de silencio recordé a Ángela saliendo por la puerta detrás de Irene mientras decía, como riendo: «si este es vuestro plan, me uniré más veces».

Sentí subirme por la garganta algo que llevaba la firma de Jorge. Miré a Juan, y le dije: «creo que hacemos bien en el mundo».


Tras una tarde de salud mental dura, tres amigos se retiran a casa. Un poco saturados, preocupados, y llenos de malestar, abren una botella de limoncello que, entre los dos chicos, dejan a medias mientras conversan entre los tres, tirados en el sofá. Esa noche duermen en el cuarto del anfitrión, él en su cama y los otros dos en otro colchón, abrazados. A la mañana siguiente, el chico del colchón de abajo despierta feliz por primera vez en meses.

Recuerdo haber vuelto a casa caminando un centímetro por encima del suelo, pero con el corazón pesado, dándole vueltas a un poema que pudiera arrojar luz a una mañana tan rara (¿logos apophantikós…?). Cuando lo dejé por escrito, quedó así:

esta mañana
el aire es de hierro y de lana
con las venas de crema batida
la lengua de trapo
demasiado lengua
las manos tan frías
y no tengo manos
esta mañana
sábado, mil de septiembre
empieza la navidad


No llegué a incluirlo en el poemario que estuve preparando ese mes; no terminaba de convencerme, pero en su momento lo sentí muy real. Nunca habría imaginado que mes y medio después reviviría exactamente la misma sensación, dejando ser a la vasta estepa oceánica del sábado frío y soleado extendido frente a mí, coronado como el epílogo al día más raro de todo el otoño de 2017.