Sobre las diez de la noche tuve una
revelación vital sentado en el retrete de un restaurante chino en pleno centro
de Madrid. No es que recuerde palabra por palabra lo que pensé—sí que recuerdo
haber pensado en lo curioso de la situación—, pero para reconstruirlo hay que
remontarse a unas horas atrás, cuando entramos en la situación que daría el
giro definitivo al día más raro de todo el otoño de 2017.
Después de semanas, finalmente ocurrió: al acabar la clase, Irene
vino con los ojos vendados hacia la mesa que hay en el pasillo de arriba, frente al
módulo V, acompañada por Jorge, Javi y Julia. Juan y yo esperábamos al lado de
la mesa, y Andrea vino un segundo después. Nunca sabré la cara exacta que puso
nada más retirarse la bufanda de la cara—estaba justo detrás de ella, pero imagino
que de primeras no entendería bien lo que estaba viendo: tenía delante una
tarta de coloridas chuches con cuatro velitas clavadas y un ajedrez de aspecto
rústico. Sí que le vi llevarse las manos a la cara en algún momento, pero
cuando llegué a verla, su expresión estaba relajada, estática, como tratando de
procesarlo todo de una. Qué menos para los regalos de incalculable valor que
tenía frente a sí.
Dicho así, no parece que tenga mucho sentido.
Por eso para contar esta historia bien hay que empezar por el principio: un
buen día nací. Pero saltemos los capítulos más sosos, ya volveremos a ellos cuando llegue, por ejemplo, el símbolo 龍. El caso es que diecisiete años después de ese buen día
me fui a estudiar a Madrid, donde me hice amigo de Jorge (primero, y luego de
otras personas de clase), y en el verano de segundo curso a tercero nos juntamos
Irene, Jorge, Juan, Javi, Julia, Andrea, Mamen, Héctor y yo e hicimos un
viajecito [sin Juan] de cinco días a tierras desconocidas y bañadas por el salado
atlántico. Tampoco éramos un grupo de amigos entonces; ahora sí, más o menos.
Ese mismo verano, inspirado por el amor de
Jorge al escultismo, empecé a trabajar la madera. Resulta que es muy entretenido,
así que fui poniéndome metas cada vez más grandes. Aprovechando que Irene nos
empujó a hacer regalos de cumpleaños grupales, cuando se acercó el de Juan me
propuse tallar un ajedrez entero. Por ponernos en contexto, Juan debe de tener en su posesión
su propio peso en piezas y tableros de ajedrez, así que lo dejé para el
cumpleaños de Irene, que estaba aprendiendo, y además me daba un margen extra de dos semanas.
Rebuscando en el jardín de la casa de mis
padres alcancé la iluminación: fichas de madera contra fichas de bambú. Serré
los palos correspondientes para poder llevarlos cómodamente a Madrid, y ahí
serré, tallé y lijé lo que se convertiría en la dama. Se la enseñé a Jorge, que
propuso pirograbarle dibujos. Tras una discreta conversación en clase de
filosofía de la ciencia, acordamos vikingos contra chinos bajo mi dirección
artística. A lo largo de las siguientes semanas quedamos varios días para
serrar los palos, tallarlos, lijarlos, diseñar los dibujos, pirograbarlos—una
buena historia, la del pirograbador— y finalmente barnizarlos.
Nos repartimos las tareas de acuerdo con
nuestra experiencia: él no tenía ni idea de tallar, ni yo de pirograbar.
Trabajábamos en mi habitación sobre un tablero de conglomerado que guardaba
tras la cama; él se iba a casa en dos o tres horas, y yo terminaba la faena del
día durante un par de horas más y limpiaba el serrín de la mesa. Confiábamos en
el resto del grupo para que hicieran el tablero. Eso nunca ocurrió. Cuando
mandamos a Mamen al Leroy Merlín a por el pirograbador y madera para el
tablero, nos llamó por teléfono porque no parecía haber nada por ahí que
grabara a fuego en madera, y no sabía qué comprar para el tablero. Lo del pirograbador lo resolvió Google después, pero en ese momento, con el tema del tablero, Jorge estaba
al teléfono —«Pues no sé, la verdad…»— cuando miré el tablón de conglomerado que
protegía la mesa y se me encendió la bombilla. «Jorge», le llamé, señalando.
«No hace falta que compres nada», le dijo
a Mamen por teléfono. «Igual lo teníamos debajo de nuestras narices todo este
tiempo y no lo habíamos visto».
El regalo debía entregarse el viernes, y
el miércoles aún había que barnizar y las fichas de bambú solo estaban
cortadas, si mal no recuerdo. Fui a recoger a Jorge a la salida del
trabajo—historia para otro día— con la merienda (un Kinder Bueno y un Okey de
vainilla) bajo el brazo, igual que los padres de los niños con los que trabaja,
y me llevé al niño a casa, donde terminó completamente las fichas de bambú (no
sin antes discutir mucho sobre los caracteres chinos que inscribiríamos sobre
las fichas—aparentemente, «alfil» queda mal, mucho mejor «espíritu»; nos
pusimos de acuerdo en «monje»).
Esa noche no dormí. Inscribí runas y
caracteres chinos en el tablero hasta que me salieron ampollas de agarrar el
pirograbador, y la aventura de cómo quitarse el barniz de las manos sin aguarrás la dejaremos para otro día también.
Solamente un sincero agradecimiento a mi abuelo, que más que ayudar acabó tan
pringado como yo. Mi abuela, por su parte, contribuyó obligándome a irme a la
cama, y al día siguiente amanecí con mi hermana sentada al borde de la cama.
Cuando le conté la historia reconocí en su mirada la desaprobación propia de
mis padres—comprendo que es difícil no adoptar el rol—, pero la serenidad y el
cariño con el que me recrimina la falta de autocuidados dista mucho de los de
mis padres, que también me quieren, pero no priorizan mis sentimientos a la
altura de mi educación en esas situaciones. Y no les culpo.
Esa misma noche di la segunda capa de
barniz antes de irme a dormir, y el viernes por la mañana Jorge y yo pusimos
fieltro bajo las piezas en una mesa del pasillo de la facultad. Perdimos una
hora de clase en el temita. Tampoco quiero decir que echáramos a perder la
mañana; al fin y al cabo entramos a filosofía de la ciencia. A comentar la
lectura del texto de Alberto Cordero, se supone, aunque para eso habría que
haberse leído el texto.
Esbocé un par de ideas para un cómic en
una hoja en sucio—hay un jugador de baloncesto juvenil; dos policías van a
cenar al Buda Feliz; una niña se enfrenta al apocalipsis zombie con una
motosierra que aparece inocentemente en la primera viñeta. Se la pasé a Jorge,
que me la devolvió con la inscripción «hay scouts?» [sic] mientras yo preguntaba a la profesora
sobre el problema de la tesis de Duhem-Quine de la indeterminación cuando se
enfrenta con el hecho de que, en realidad, bueno, no hay infinitas teorías posibles para cada conjunto de datos
empíricos; tienes suerte si ALGUNA TIENE MENOS PROBLEMAS QUE OTRA NO SÉ EN QUÉ
PENSABA QUINE—bueno, que me entero de las cosas, aunque esté dibujando.
Llevo haciéndolo desde primaria, y no pasa ni media.
(Es curioso que, cuando los filósofos se
ponen muy filósofos, yo me imagino a mi padre, pongamos que, a la vuelta del
laboratorio, encarando una ceja ante estos argumentos; de repente lo veo todo
mucho más claro.)
Y ahora sí: finalmente ocurrió. Después de
clase, un par corrimos a preparar el regalo mientras el resto entretenía a
Irene, y luego la magia ocurrió. Durante varias horas ocupamos el pasillo de
arriba (absolutamente desolado un
viernes por la tarde) jugando al ajedrez mientras otros comían chuches o
discutían del empirismo; Jorge y yo pensamos que la ocasión merecía saltarse el
entrenamiento de kenpo de hoy.
Y ahí, justo en esa escena idílica
congelada, termina una historia y empieza otra completamente distinta y mucho más densa. El punto de basculación fue que apareció
la hermana pequeña de Irene, Ángela; en una primera impresión, la misma
persona, pero un poco más bajita y con una trenza. Un dato interesante es que
se llevan lo mismo que yo con mi hermana para un lado y con mi hermano para el
otro, o sea, cuatro años: una distancia realmente insalvable a veces. Lo verdaderamente curioso del
caso es que, a pesar de estar en el mismo grupo, Irene me saca dos años a mí,
lo que me deja a la misma distancia de ella que de su hermana. La misma. Y, aun así, Irene y yo
compartimos casi la misma etapa vital, pasado el ecuador de la carrera, frente
a la chica de bachillerato que sigue haciendo lo de ser borde con la gente por
deporte.
Por abreviar, el plan de cumpleaños de
Irene a partir de ahí era juntarnos con otros diez o quince desconocidos, allegados de
la homenajeada, en el Retiro; echar un Pueblo
duerme y bajar a Gran Vía a cenar en un restaurante chino. Las
tres cosas ocurrieron, pero antes acompañé a Jorge a su casa para hacer un par
de recados. Por lo que sea, Ángela se vino con nosotros, y en la ida y vuelta en
tren hablamos de su hermana, la filosofía y el instituto. En cierto momento,
les dije: «Imaginad: en algún punto entre Villaverde Alto y Villaverde Bajo, el
tren se para.
»Suenan ruidos; se rompe una ventana y
empiezan a entrar zombies [‘Zombies no, ¿por qué tienen que ser zombies?’
‘Porque tienes que poder matarlos a patadas.’ ‘Pero y un demogorgon…’ ‘Vale, lo que sea, pero más como los de la segunda
temporada-’ ‘¡No me hagáis spoilers!’]. Cuando todo parece perdido, por esa
puerta aparece Ángela…»
«...Con una motosierra», me sigue Jorge.
«Ángela, ¿te apetece ser un personaje de un cómic?»
De alguna manera entramos los tres en una
conversación muy fluida sobre mis ideas para el cómic, la historia que Jorge
llevaba rumiando un tiempo, el Bioshock de Ángela y la filosofía detrás de
todas estas cosas. En un momento de éxtasis y locura, Jorge llegó a ofrecerle
firmar con nosotros el manifiesto de la filosofía narrativa.
En varios momentos, ella se excusó por la incontinencia verbal exagerada diciendo que normalmente no tenía ocasión de hablar de todo esto con sus amigos, y cuando podía, aprovechaba. También se disculpó por perder el foco de atención muy rápido; dijo que en clase no podía prestar atención exclusiva al profesor y por eso siempre andaba haciendo otra cosa a la vez.
De repente me vi muy reconocido en ella por varias razones, incluyendo lo de la verborrea y dibujar en clase. Me generó cariño en ese momento.
Irene, junto con Juan, Jorge y
otros, es una de mis personas favoritas; yo ya había empezado a ver que Ángela
no era exactamente igual que su hermana, pero me suscitó interés igual de
rápido que ella en su momento. Según llegábamos a Atocha, yo estaba muy agitado, muy
contento de haber encontrado a otra persona con la que disfruto pasando el
rato, pero a la vez se me coló en la cabeza la insidiosa idea de que el salto
de edad y mentalidad es muy grande, y eso trae problemas en todas partes.
Tampoco es que estuviera pensando en nada concreto, pero y si sí, qué pasa; y,
de todos modos, sería rarísimo, siendo yo amigo de Irene; pero yo no debería
estar ni pensando en nada de esto;
pero a ver, en qué estoy pensando
realmente, igual solo estoy muy contento de conocer a alguien nuevo que me cae
tan bien; o no, porque yo tengo un peligro…
Todo estuvo mucho más claro cuando conversaba
con Jorge horas después, mientras nos íbamos del Retiro. Lo que pasó en el
parque fue el caldo de cultivo perfecto: según llegamos, saludamos los recién
llegados a los allegados, esa docena de desconocidos hacinados en una esquina
mal iluminada del Parque del Buen Retiro. (Visto de cerca, todo eso era mucho
menos aliterante, pero una vez visto un juego de palabras...) La gente hablaba
en grupos, hacía frío, luz de farolas; me encontraba inseguro en un entorno
lleno de desconocidos que se conocían entre ellos, y yo constantemente
preocupado por la impresión que se estarían llevando de mí, hablando con una
persona que hacía referencias constantes a la cultura friki y abusaba
inclementemente del sarcasmo. Jorge y yo nos miramos. «¿He vuelto a la
adolescencia?»
Estresado, me fui a perderme entre los
pinos oscuros cantando «Madre, anoche en las trincheras». Cuando llegué de
nuevo al grupo iba casi por el final; me senté junto a Jorge murmurando los
últimos versos, y terminamos de cantarlos juntos. Luego se quedó observando su pie,
sobre el que se consumía hipnóticamente un cono de mirra. Yo tenía la cabeza
llenísima de filosofía narrativa, buscando la historia en todo, los
paralelismos entre el momento, mi vida y la historia, y vine a hablarle de eso
mientras él únicamente se maravillaba contemplando el fuego en el cono de
mirra. Le dije: «Hasta en esto está la metáfora perfecta de nuestra amistad: tú
me dices tan tranquilo que mire esa cosa tan bonita, mientras yo vengo aquí a
contarte filosofía narrativa». Me dio la razón. La chica de al lado nos miraba
sin entender nada.
Organizar una partida de Pueblo duerme para diecinueve personas
fue un dolor de cabeza. Más o menos fluyó, casi sin trampas; ganó el pueblo de
milagro. Ángela me pidió que jugara en equipo con ella; cumplí más o menos,
ayudando a Jorge a masterear a la vez.
Nos fuimos de allí con una hora de tiempo
hasta la reserva en el restaurante, y Jorge aprovechó para ir a casa de Juan a
cambiarse de calcetines, que se le habían mojado. Por el camino le comenté lo
que me rondaba la cabeza; estas cosas a Jorge no le pasan, requiere
explicación. Me metí en el rollo psicoanalítico: supongo que hasta los catorce
o quince años no encontré un grupo de amigos con dinámicas sanas—en primaria yo
debía de ser algo repelente y no caí demasiado bien—mientras que sí mantuve una
amistad muy sana con Alex, un vecino y amigo de la familia, durante
prácticamente toda la infancia. Imagino que será por eso el que, de ahí en adelante, siempre he preferido
las amistades individuales. Los grupos me producen la sensación constante de
estar fuera de lugar. Y, sin embargo, a la vez que se activa el circuito
ansioso de mi cerebro, también despierta una parte de mí adicta a las
interacciones entre cuanta más gente mejor. Durante 2015 y 2016, en los fines de semana que tenía la casa
libre montaba fiestas de diez, quince personas a las
que conocía de una en una o en grupos de como mucho tres, y así mezclaba y veía relaciones cada vez más complicadas entre todo el mapa social. «¡Una persona guay! ¡Varias personas guays por separado! ¡Juntémoslas, a ver qué pasa!»
En casa de Juan estuvimos poco tiempo,
pero hay que destacar que… cierta botella de limoncello a medias salvaje apareció. Y desapareció. Por tanto,
multipliquemos por cinco el cóctel de emociones que llevaba encima al llegar al restaurante chino. Una vez ahí, tenía la
cabeza totalmente sobreestimulada: mis personas favoritas juntas, pero situación grupal
estresante, pero persona nueva genial, pero posibilidades muy estresantes. Tenía el pulso rápido, me costaba respirar.
Analizaba e interpretaba milimétricamente la conducta de todo el mundo a mi
alrededor como posible respuesta a mis acciones. Nada bueno puede salir de ahí;
nada bueno salió.
Pero, a la vez, aparecieron los mejores memes de
Wittgenstein de la historia (i.e. aquella vez que, en una discusión acalorada
con Karl Popper sobre la posibilidad de la referencia directa, le amenazó con un atizador de chimenea; aquella otra
que, discutiendo con Bertrand Russell, se enfadó y TIRÓ A SU PERRO POR LA VENTANA) y tuvimos la ocasión de relatar de
nuevo la historia de Blas de Lezo, que alguien como Ángela necesitaba saber.
Irene en la otra punta de la mesa, Blas de
Lezo, aquí hay mucha gente, Wittgenstein, qué bien me cae Juan, ternera al
curry por favor, Ángela está mirando para otro lado, eso no debería
preocuparme, «¡a la mierda el perro!», qué bien que está Mamen, pato a la pekinesa,
no conozco a la mitad de la gente de esta mesa, qué calor, ¿eso es apio?, ¡agh!, Jorge no se ha reído de ese
chiste, por qué dependo de la opinión que causo a los demás, se acaba de sentar una desconocida en frente,
estoy hablando demasiado por el limoncello, ¿por qué hace tanto calor?, no
puedo terminarme la ternera al curry, he pedido mal, me duele un poco el pecho…
Todas las cosas no cabían a la vez en mi cabeza. Jorge me miraba preocupado.
Toqué fondo sentado sobre la taza del
váter en un restaurante chino en pleno centro de Madrid, huyendo de un montón
de sensaciones confusas. Esta cosa de los que hacemos filosofía en algún
momento es que la hacemos también en cualquier otro momento, ¿no? Pues este fue
uno de esos momentos. Me ha costado recordarlo, pero esto fue lo que pensé: la ansiedad
fisiológica, la inseguridad en situaciones sociales, la amenaza de las
relaciones poco éticas, el miedo… todo eso se supera. Así es la narrativa, así
son las historias. Una etapa se sucede tras otra; cada crisis nunca resulta en
el viraje radical que parece ofrecer, pero sí que aporta un grano de arena en
la montaña del cambio. Nada mejora de golpe; después de cada trama, viene otra
nueva. Después de Thor 1 va Thor 2, y luego Thor 3. Y, a pesar de todo, toda la trama de Vengadores sigue ahí. Y lo mejor de todo: da igual cuántas
películas de superhéroes se marque esta gente, como matrioskas, que al fondo
sigue esperando La Guerra del Infinito
con toda la calma del mundo.
El cristiano peca y se redime, peca y
se redime, peca y se redime... y la fe le lleva al cielo al final. En la cultura china,
el ying-yang, o el tigre y el dragón, son las fuerzas opuestas que explican toda la conducta, y se complementan dando lugar al todo. El
budista vive en el samsara, «ciclo de
vida y muerte», igual que el hindú: cada vida está marcada por la contradicción
con su propio fin. El budista comprende esto, y sale del ciclo por el desapego;
el hindú… no sé; lo recordaría si hubiera atendido mejor en clase de
Romerales.
En el fondo, siempre son dos términos que se oponen, y el avance se produce reconociendo su oposición en una nueva totalidad que la resuelve. Una contradicción se supera, se convierte
en otra, que se supera. Esto decían los dialécticos—Platón, Hegel, Marx: cada
uno narró una historia, un camino con un final que se alcanza quemando contradicciones. Los dos
primeros hablaron del camino hacia el conocimiento, pero el tío listo Hegel
lo mezcló con la Historia, y decidió que la humanidad también avanza en etapas
que se suceden superando a otras que se sumen en contradicción, y así hasta llegar al
saber absoluto (su propia filosofía, evidentemente). Marx hace lo mismo,
pero cambiando etapas del espíritu (religión, arte, filosofía…) por relaciones
de producción, condiciones materiales.
Primero algo es verdad; luego va, y es
mentira. Al final es verdad que fuera mentira. Mirar el reflejo de la narrativa en la
propia vida desde fuera da cierta calma. Lo mismo sí que hay esperanza para mí.
O lo mismo no. Lo mismo es todo mentira. Lo
mismo eres un cerebro en una cubeta. O Matrix.
Lo mismo cada palabra que digo no tiene significado, igual es imposible que haya significado, o sea que
nos inventamos lo que dice todo el mundo… o lo mismo no hay nada ahí realmente,
porque el concepto «haber algo ahí» es un invento mental raro. O igual del
círculo nunca se sale, o igual todo es construido, o narrado… La narrativa tiene dos caras. No lo sé, el escepticismo se
cuela por cualquier hueco y lo corroe todo.
Pero no pasa nada: el escepticismo es una
fase del camino, y qué pasa con los caminos: al final se llega.
O eso nos decimos a nosotros mismos para
hacer de la vida algo más habitable.
Y así.
En esto que me lavé las manos, salí del
baño, le choqué las manos a Javi y le dije que no me las había lavado.
De vuelta al estrés del mundo real, solo
recuerdo haber pagado, antes de decirle a Jorge que diéramos una vuelta
por la calle y me contara su mejor historia. En un poco sorprendente giro de los acontecimientos, tiró escultismo: en lo que a buena narrativa se refiere, la historia de ser abandonado en el
monte por sorpresa con tres colegas durante cinco días como entrenamiento de
supervivencia no puede fallar.
A la vuelta (no pasamos del primer día de
anécdotas), una Irene cansada nos propuso ir a casa de Juan a ver una peli. Eso
tampoco puede fallar. Así que el equipo de Juan, Jorge, Ángela, Irene y Guille
mantuvo la fiesta viva más allá de los confines de los rollitos de primavera y
el pollo con almendras.
La brigada pro-apalancamiento terminó de
desintegrarse definitivamente el sábado a la una del mediodía. Jorge se había
ido con sus scouts; las dos hermanas se fueron a su pueblo juntas. Juan se
quedó en su casa preparando la partida de ajedrez de torneo que tenía el
domingo; yo volví a comer con mis abuelos. Es como si todas las olas del mar se
hubieran allanado a la vez; la vasta estepa oceánica del sábado frío y soleado
de noviembre se extendía frente a mí.
Así concluye la extravagante historia; eso es todo en esencia. Ya no hay más regalos, comida china ni filosofía narrativa. Solo queda el breve capítulo que va más o menos de las 23:30 del viernes a esas mortecinas 13:15 del
sábado. Me sentía tentado de llamarlo epílogo, pero no sería justo: la verdad
es que nada de lo que había pasado por mi cabeza durante el día se había resuelto. No hay cierre. Simplemente ya no estaba rodeado de un montón de desconocidos intoxicado por un ligero exceso de
cáscaras de limón fermentadas recorriendo mi sistema circulatorio. Sin embargo, toda la carga de angustia seguía exactamente en el mismo sitio. Mentiría si
dijera que todo se resolvió en esas catorce horas. Mentiría si dijera que era
posible. Pero sí que llegué a alcanzar el cierre parcial de un tema, lo que justifica lo menos veinte párrafos más de batallitas y reflexión.
No nos pusimos de acuerdo en la película
que íbamos a ver en casa de Juan mientras íbamos en metro, así que el anfitrión nos puso Un cadáver a los postres (que hice yo en teatro—vídeo aquí—; y de hecho estuve toda la película recitando frases) con la perspectiva de que poco a
poco fuéramos cayendo rendidos al asunto de Morfeo entre almohadones y mantas. A mitad de película, los tristes
paladares de Irene y Jorge cumplieron la profecía—se fueron a dormir, sin ningún aprecio por el fino
humor satírico en juego, y Juan nos trajo mantas a Ángela y a mí, que nos
quedamos en el sofá, antes de batirse en retirada a su propia guarida también. Diré que esa fue la primera baja
de la brigada.
Yo sé cómo funcionamos en este grupo: casi cualesquiera dos personas elegidas al azar
dormirían abrazadas más a gusto que por separado. El afecto físico está bien, y
esto es algo que he tenido en mis grupos de amigos desde hace aproximadamente
cinco años. En ese momento, como siempre que estoy con ellos, era algo que tenía muy presente. Ahora bien: quizás no es una gran idea abrazarte mucho a una
persona que has conocido hace unas horas y es casualmente la hermana pequeña de
una amiga cercana que duerme en la habitación de al lado. Hay muchas cosas que pueden salir mal ahí. Pero tampoco era
una situación cómoda como para preguntar nada, no me habrían salido palabras.
Así que ni perdón ni permiso: me limité a
revolverle el pelo en algún momento, y llegado el momento de dormir después de los créditos, nos ves a
los dos echados en paralelo mirando al mismo techo, pasando el mismo frío
debajo de la misma manta kilométrica, tosiendo con la misma asma. Visto a
posteriori puede ser muy cómico, pero juro que en ese momento estaba en agonía: mi cerebro era
una gran fiesta de la contradicción. El afecto es magia, pero he visto a gente
mucho más rigurosa, fuerte y formada que yo hacer cosas bastante feas, y eso me
da mucho miedo. Sigo la regla de pensar qué diría mi hermana. Preferí no
imaginarme su cara si no iba a ser capaz de mirarla a los ojos. Me fui a dormir.
El plan era despertarse a las 6 para que
Jorge llegara a su tren e Irene a trabajar. Por el motivo que fuera, a las dos
y media de la mañana esto no parecía un problema. No sé qué mecanismos oscuros
rigen la mente de Ángela, pero a las seis menos diez se despierta y me dice: «y
si les asaltamos con cojines». La idea me pareció tremenda, pero si ya es un
tema lidiar con sacar un solo pie fuera de la cama en pleno noviembre, no te digo
enfrentarse al odio eterno de tus mejores amigos antes de desayunar.
Insistió un par de veces más. Luego sonó
el despertador de Irene, y no pude negarme durante más tiempo. No me arrepiento de
nada. Reconozco que sí fue un fallo táctico subestimar la ira toledana de un scout recién despierto, que respondió con un cojinazo que por poco no me revienta el tórax, pero
en conjunto creo que fue una buena decisión.
Resultó ser que la cama extra de esa
habitación estaba pensada para Ángela y para mí, pero nadie nos había comentado
esto, y cuando decidimos por unanimidad aplazar la alarma a las siete, nos
metimos en la cama siguiendo las mismas reglas que la vez anterior: no tocar. Irene nos
hizo notar el ridículo de la situación en la que dos personas congeladas no
duermen abrazadas, tesis que yo suscribí enfáticamente, y Ángela dijo como con
timidez que no había pensado que eso era una opción. Rápidamente procedimos a enmendar el error, abrazados bajo cuatro capas de tela.
De manera que, al fin cómodamente rodeado
de mantas y gente estupenda, remonté en media hora todo lo malo de la noche
anterior. Mi cerebro descansó completamente en paz cuando, después de que
sonara el despertador e Irene volviera de hacerse un cola-cao, hiciera algún
comentario de ternura al vernos. Bien, esto está bien. Esto no es un problema.
Esto es, de hecho, todo lo que tenía que ser en este momento particular. Lo
único que podría haber mejorado esa mañana habría sido una docena de castañas
asadas.
Hacía frío fuera cuando salí a acompañar a
Jorge a la estación. Recuerdo poca cosa más allá del amanecer al fondo de la
Avenida de Barcelona, y Jorge despidiéndose secamente en el control de
equipaje. Irene y Ángela se fueron al poco, tras recoger entre los tres el
salón y la habitación, y para mi dolor de corazón me quedé absolutamente solo
en la vigilia, con mi anfitrión en sus aposentos, absolutamente K.O., como un leño.
Creo que había dormido tres horas más
en el sofá cuando el glorioso perfume de tostadas fritas me despertó. Mientras desayunaba
con Juan escuchando sus variaciones Goldberg favoritas, le conté lo de mi
absurda angustia frenética con el tema de Ángela la noche anterior. Sé que
darle tanto bombo lo acaba volviendo aún más incómodo si cabe, así que quise
hacer una lectura optimista del asunto.
龍
Yo
no tengo prácticamente recuerdo consciente de esto, pero a mi hermana
no la trataron nada bien en el colegio y el instituto. No solo
está el rechazo grupal, que es algo que yo también he vivido, sino el
abuso activo. Cuando alguien reparte insultos (o tortas) sin motivo a otra persona, solo por su existencia, baja la autoestima de quien recibe y crea
una dependencia de los demás para sentirse bien con uno mismo. Imagino
que eso te obliga a desarrollar algún mecanismo de autodefensa; devolver
comentarios aún peores para compensar y buscar el autorreconocimiento
no en ser parte del grupo sino en no serlo, ser mejor que el grupo: la cultura alternativa. Hace diez años eso podía ser Pokémon, Youtube, Tumblr, el metal, el anime, Doctor Who...
Los últimos años que viví en la misma casa que mi hermana, ella estaba en plena adolescencia y yo no tenía más
referentes. A parte de absorber gustos musicales y estéticos a patadas, capté
muy claramente la idea de que ser borde es muy
guay. Si mal no recuerdo, incluso dibujó unas viñetas bajo el título de Super Borde, el superhéroe que vacilaba
a los ladrones como quería. Es verdad, es todo un superpoder:
si has hecho daño a alguien con un comentario, has forzado una situación de
poder sobre esa persona. Este es el principio básico del abuso
emocional, que es la parte no física tanto del bullying como del maltrato en pareja.
A partir de ese momento, digamos que entre
los doce y los diez años, mi relación con mis dos hermanos y con muchos
compañeros de clase se intoxicó progresivamente de competiciones de «a ver quién
es más borde», quizás la dinámica más insana de la adolescencia.
Todo eso desapareció llegado el momento, pero hay sitios donde aún no he sabido
deconstruirme, véase lo mal que trato a mi hermano a veces: contestar mal, no contestar, rechazar planes, rechazar caricias, no avisar de planes… Me veo hacerlo y es horrible, es abuso emocional, es
crear dependencia, y aunque trato de evitarlo cada vez más, sé que adquirí la dinámica desde muy, muy pequeño, y renunciar a las
posiciones de poder cuando están tan bien asentadas es muy complicado. En ese aspecto admiro y envidio a mi hermana por el
caminazo que ha hecho del abuso indiscriminado de
la infancia—«pues ya no te hago mágico»— al cuidado y cariño activos de los últimos años.
En cualquier caso, yo ya había entrado en el juego feo, y para cuando mi hermana se fue de casa yo tenía
catorce años, mucha soberbia y muy pocos amigos. El relevo de referente pasó en esa época a David, uno de los mejores amigos de mi hermana por aquel entonces. Según ella se fue,
yo me uní a su grupo de amigos, que antaño eran la gente friki de teatro, y,
aunque seguían jugando a ser más listos que los demás (hacer el comentario más
sagaz, el chiste sexual más rápido, y ese vicio intelectualista de la cultura
friki: conocer todas las referencias), eran una gente muy, muy cariñosa. Poca
relación de aquella me queda con David, pero a día de hoy sigo pudiendo decir
que es una de las personas con los abrazos más satisfactorios que te puedes
echar a la cara.
El tema del afecto físico es que también es comunicación: si yo te estoy
acariciando el brazo, te estoy diciendo: «hola, buenas, tu existencia me
produce emociones positivas». Yo no puedo decir eso verbalmente, porque en ese momento soy vulnerable; me he
expuesto a tu rechazo y a la burla de cualquiera. Para prevenir esto, es mucho más efectivo volcar sarcasmo y respuestas
mordaces sobre la gente cercana: si te odio, no te estoy ofreciendo nada que
puedas rechazar. Pero siempre está la opción del afecto físico, y no sé de dónde salió en mi grupo en particular, pero para cuando llegué a bachillerato el único vacile que
se llevaba en ese grupo de amigos era David metiéndose con Naranjo (que nunca
dejó de ser un espectáculo), y todo el borderío había desaparecido progresivamente. Todo era mucho menos… adolescente,
pero igual de afectuoso.
Precisamente en esa época me hice muy
amigo de una compañera de clase, también de los «raros», pero esta por el lado
de los metaleros más que de los frikis. Imagino que es la misma historia de rechazo, pero con otros referentes. No sé cómo conectamos, pero conectamos mucho y muy bien: hablábamos a diario, los dos tocábamos el bajo y nos gustaba música poco conocida. El tema: ella seguía jugando a aquello del comentario borde y sagaz, al concurso de
rapidez, y a conocer más grupos de música. Qué pasa con esto: en los últimos dos años y medio la
habré visto... no más de tres veces sobrio y cinco, ebrio; y, a pesar de ello, a día de hoy
sigo sin ser capaz de hablar con ella o escribir en cualquier red social en la que me pueda leer sin sentir que estoy
haciendo el ridículo, que debería decir algo que dejara claro que merezco su
cariño.
Esta amiga se llamaba Irene. No veas el
choque cuando descubrí en la universidad a otra Irene en mi clase que vestía de negro con
algún pincho de vez en cuando y con cierto gusto por la estética... ¿andrógina?
Solo que esta además tenía el pelo igual de loco que el mío. La intriga fue instantánea, claro, pero pasaron dos años antes de empezar a tener una mínima amistad.
El grupo que se formó a partir del viajecito y otras alianzas previas, por milagrosos avatares del destino, acabó siendo igual de cariñoso o más que mis viejos amigos, y más variado en los trasfondos de las personas. Cuando empezamos a quedar propiamente
como grupo, Irene comentó en algún momento que en ninguno de sus grupos de
amigos anteriores había tenido esa clase de confianza, o al menos no a ese
nivel. Estaba muy contenta de como funcionaban los cuidados en el grupo. Yo también lo estaba; yo creo que todos los que siguieron ahí se sentían bien.
El comentario concreto de Irene es que estaba feliz de poder contarnos
cosas. No ya dormir abrazado a alguien que no es necesariamente tu pareja o
hacerle caricias en momentos desprevenidos, sino poder hablar de tu vida
privada… No sé, son cosas de trabajo emocional básico; no puedes guardarte todo
dentro y sobrevivir a eso como si nada.
No le he preguntado nunca, pero entiendo que en sus años de instituto Irene debía de ser una adepta jugadora del borderío. Al igual que mi hermana, es
una hermana mayor que tiró por la cultura alternativa. Desde luego, Ángela juega al comentario borde como no lo había visto en
años, así que imagino que aprendería más o menos como lo hice yo: tirando de
referente; siguiendo a la mayor. Me cuadra con una Irene totalmente metida en las dinámicas en las que me vi yo en ese momento: el juego de solo repartir mierda tóxica en derredor.
Esto nos deja a
Ángela y a mí en una situación muy parecida, con aproximadamente tres años de
diferencia entre nuestras hermanas mayores (y su respectiva salida de la
adolescencia). Lo que realmente me sorprende es que Irene dice
con mucha naturalidad lo de «eres un cielo» o «qué guapa estás hoy», y no es en
absoluto nada falso ni automático, sino genuino aprecio de la gente cercana. Completamente opuesto a la hipótesis de la borde insufrible. Es una persona muy directa al
expresar sus sentimientos, además de ser absolutamente transparente, lo cual, aunque le
resulte irritante, a mí me parece muy admirable. Yo querría ser así. Su
hermana también se marcó una de esas en cierto momento, sobre los ojos de Julia.
Cuando le respondí en una conversación sobre ello que la gente no es tan
directa por vergüenza, Ángela me dijo: «la vergüenza no me sirve para nada».
¡Ah, amiga! Y, sin embargo, ahí estabas
acurrucada en una esquina del sofá cama pasando frío y tosiendo. Quiero creer
que realmente no le daba igual, y habría preferido arrimarse un poco. El tono
de voz que puso cuando dijo que «no sabía que eso era una opción» me sonó a
algo entre genuina sorpresa y disculpa, como de «perdón, lo habría hecho, pero no sabía que eso era una opción». Que no
sabía si era una opción, es decir, si estaba permitido; y en una habitación donde
estábamos dos, imagino que eso significa que no sabía si a mí me parecía bien.
Hay dos lecturas: o pensaba que yo pasaría y no quería enfrentarse al rechazo,
o pensaba que, quisiera acogerla en mi amplio y cálido espacio o no, igual aquí
jugábamos a lanzarnos cuchillos en vez de ser honestos con nuestros
sentimientos. Y habiéndose venido a tumbar cerca y habiendo estado yo
revolviéndole el pelo, me decanto por la segunda: que lo mismo este chico se ríe de ella si se acerca más, o se echa para atrás porque eso es algo que aquí no se lleva, es de débiles. Pues no, amiga; aquí jugamos
con las barreras bajadas. Me parece horrible que la gente no se atreva a
abrazarse porque se pueda considerar un signo de debilidad. Es terrible. Te
corroe por dentro.
He oído a mujeres decir que los hombres no
saben hacer trabajo emocional, con todo lo de que el patriarcado niega los
sentimientos de los hombres porque son cosas de débiles, de mujeres (los
hombres no lloran). Esto es: en parejas donde hay alguien con rol masculino y
alguien con rol femenino, cuidar de las emociones de la mujer lo hace la mujer,
y cuidar de las del hombre, también lo hace la mujer. Esto es una cosa
aprendida tan pronto que yo no sabría verlo, pero, si es cierto, implica dos
cosas: por un lado, la mujer no recibe cuidados y da muchos más de los que
debería, y, por otro lado, los hombres tenderán a tener una salud emocional de
mierda por no saber cuidarse.
Yo entiendo que la parte que me toca, por
los dos lados, es aprender a cuidar mi salud emocional y la de la gente a mi
alrededor. Es un trabajo de introspección y honestidad, de empatía, y
comunicación, y sobre todo de sacrificio: hay un tiempo que va a eso, y es un
esfuerzo duro, no es gratis. Y hay que hacerlo.
Y de alguna manera, es lo que hemos tratado de construir en este grupo de amigos, ¿no? Un ambiente de cuidados, basado en ser introspectivos, honestos, empáticos y comunicativos unos con otros, dedicando tiempo y esfuerzo reales a hacernos sentir mejor unos a otros. Ángela tenía ese viernes el mismo contexto que Irene antes de llegar a la universidad: distancia fría con la gente. Y se ha encontrado con... nosotros. ¿Qué tal eso?
Sólo le conté a Juan retales sueltos de
esta reflexión. A juzgar por la cara que puso... bastante, bastante sueltos.
Repasamos la partida de ajedrez de Jorge e Irene del día anterior y hablamos de
algo más, no recuerdo el qué. En un momento de silencio recordé a Ángela saliendo
por la puerta detrás de Irene mientras decía, como riendo: «si este es vuestro
plan, me uniré más veces».
Sentí subirme por la garganta algo que
llevaba la firma de Jorge. Miré a Juan, y le dije: «creo que hacemos bien en el
mundo».
❧
Tras una tarde de salud mental dura, tres amigos se retiran a casa. Un poco saturados, preocupados, y llenos
de malestar, abren una botella de limoncello que, entre los dos chicos, dejan a
medias mientras conversan entre los tres, tirados en el sofá. Esa noche duermen en el cuarto del anfitrión, él en su cama y los otros dos en otro colchón,
abrazados. A la mañana siguiente, el chico del colchón de abajo despierta feliz por primera vez en meses.
Recuerdo haber vuelto a casa caminando un
centímetro por encima del suelo, pero con el corazón pesado, dándole vueltas a un poema
que pudiera arrojar luz a una mañana tan rara (¿logos apophantikós…?). Cuando lo dejé por escrito, quedó así:
esta mañana
el aire es de hierro y de lana
con las venas de crema batida
la lengua de trapo
demasiado lengua
las manos tan frías
y no tengo manos
esta mañana
sábado, mil de septiembre
empieza la navidad
No llegué a incluirlo en el poemario que
estuve preparando ese mes; no terminaba de convencerme, pero en su momento lo
sentí muy real. Nunca habría imaginado que mes y medio después reviviría
exactamente la misma sensación, dejando ser a la vasta estepa oceánica del
sábado frío y soleado extendido frente a mí, coronado como el epílogo al día
más raro de todo el otoño de 2017.