Hoy estaba leyendo filosofía y me he he enfadado con una cosa, os cuento.
Tengo la sensación de que he oído un montón de veces la misma idea sobre el lenguaje. Eso de que el lenguaje tiene una capacidad «descriptiva», y que por eso tú puedes medir una frase contra el mundo para ver si es verdad o no. Dicen: el enunciado «la nieve es blanca» es verdadero si, y solo si, la nieve es, de hecho, blanca. Bueno, bastante intuitivo.
Pero cuando les preguntas qué pasa entonces con la poesía, te responden que no, la poesía no significa nada. Del mundo real, quieren decir. En realidad significa imágenes, ambientes, sentimientos... Algo así. Nunca han sido muy de poesía. Es «una danza que no va a ninguna parte», dice Valéry (que sí era muy de poesía, pero que de todas formas opina lo mismo). En fin, que si tal, que si cual, que si la esencia de la poesía es lo guapa que está la rima y no lo que tenga que decir sobre el mundo real.
Esa diferencia entre lo descriptivo y lo poético me molesta. Igual que la diferencia radical entre «realidad» y «ficción». Hacedme caso un segundo, de verdad que tiene sentido. Lo de la realidad y la ficción, ¿no? La ciencia es la realidad, la biblia es como supermán. ¡No! La ciencia es un montón de letras escritas por gente con carreras, y la biblia es un montón de letras escritas por gente inspirada. Un poco como supermán, sí. Pero nada que sean letras con algún significado deja nunca de ser letras con algún significado. La realidad no se presenta un día en tu casa vestida de traje y con sombrero de copa anunciando qué textos valen y cuáles no. «Este es bueno. La verdad.» Eso no es la realidad.
La realidad es (¡dos puntos!) todo lo que va pasando. Independientemente de que lo estudie un científico o un cura o nadie. Ahora bien, el texto del científico vale para hacer aviones, y el bíblico a lo mejor pues no. Por eso dice Penrose que la ciencia es verdad: porque it works, b*tches. Y por eso Terry Pratchett dice que, mientras que la realidad sucede y punto, «la verdad es una cosa mucho más complicada». (Que tiene mucho que ver con lo que piensan los demás, lo que aceptamos como comunidad. Y eso es, a día de hoy, lo que «funciona».)
Siendo que los textos son textos, y el proceso colectivo de aceptar y rechazar deja una amplia gama de grises, la verdad es un asunto fangoso que tiene muchos problemas para coincidir con la realidad. Quiero decir que es muy difícil entender «exactamente lo que pasó», que es la realidad, porque a lo mejor «exactamente lo que pasó» es más complicado de lo que nosotros somos capaces de entender. Nuestra capacidad de entender, en el gran esquema de las cosas, no es precisamente muy aguda.
Lo que pasa es que a la poesía y a las descripciones les pasa igual. Me molesta que la gente no entienda las metáforas. Me molesta que la gente no entienda que «a cien cañones por banda» significa «cómo molan los piratas ojalá ser libre en el mar en vez de estar atado a esta sociedad protoindustrial rancia».Me enfada que la gente no entienda que un poema feminista no es «los sentimientos de esta muchacha, completamente subjetivos y para nada relacionados con el mundo que le rodea» sino un comentario afilado sobre la sociedad contemporánea. ¿No es evidente? Estamos hablando del mundo, Valéry, ¡del mundo! ¿No es evidente? ¡El lenguaje siempre habla del mundo!
Todo esto es mentira, claro. Bueno, no mentira. Demagogia. Los manifiestos dadá de Tzara no hablan del mundo, solo juntan muchas palabras a ver qué pasa. Pero eso, a su vez, monta su propio juego de significación donde las reglas para hablar del mundo no son las mismas que hablar literal, y a lo mejor tampoco son una metáfora simple. Pero a lo mejor en algún nivel estoy queriendo decir: «juntar palabras sin más es algo legítimo e interesante que hacer, hagámoslo». Eso es algo descriptivo que un manifiesto podría querer decir, ¿no? Aunque las palabras per se no sean literales.
«Literales», claro. «Lo que quieren decir las letras». Esto sería una manera estupenda de diferenciar lo descriptivo de lo poético, sobre todo si la poesía no incluyera también descripciones a veces. Pero ya habíamos acordado que «lo que quieren decir las letras» es algo convencional, es la manera estándar que tienen las letras de querer decir cosas, y la poesía solo se salta más o menos libremente esa manera estándar. Que no es como si el lenguaje corriente no tuviera sarcasmo, metáforas, juegos de palabras... en los que el significado es bastante evidente, pero bueno. Aceptamos que hay una manera «básica», estándar, de querer decir cosas. Como cuando «la nieve es blanca» significa, exacta y literalmente, que la nieve es blanca*.
La cosa es que el estándar no es significado puro que refiere directamente a la realidad en sus propios términos. La nieve es una cosa que hemos aprendido a reconocer porque en algún momento podemos hacer bolas de nieve y jugar con ellas, no porque hayamos estudiado exactamente la configuración cristalina de las moléculas de agua en ese estado para determinar que existe una diferencia constitutiva y definible entre esa configuración molecular y otras. Las palabras no funcionan así. Aprender a hablar no funciona así.
La ciencia nos ha dicho cómo es la nieve, pero no nos ha enseñado a hablar de la nieve. Creo que la razón modela los significados cotidianos como un ceramista la arcilla, pero difícilmente los crea. Así que, de alguna forma, todo el lenguaje es más o menos metafórico. Esto lo dice Nietzsche en alguna parte, pero tampoco tengo super claro dónde. Probablemente en «Sobre verdad y mentira».
Puedes decir que claro, da igual cuál sea exactamente la realidad mientras tú tengas claro lo que quieres decir.. El significado. Lo que tú, persona humana, quieres voluntariamente decir. Con palabras. Peeero. Hay cosas como la eleción de palabras, el tono en el que se dicen, cosas de esas que hemos aprendido de los políticos y de las parejas románticas que no se están tomando la situación esn serio.
De los políticos tenemos claro que lo hacen aposta. Tienen asesores. Hay gente que estudia los efectos de unas actitudes y otras, y esa información es útil. ¿Forma eso parte de «lo que quieren decir»? Para saber eso habría que preguntarse antes: ¿qué quieren decir? Uno de los grandes misterios de la humanidad, sin duda. La respuesta corta es: nada. La larga: todos sabemos que hablan para algo, como mover la opinión pública en alguna dirección.
Este ejemplo es muy complicado. Me arrepiento de haberme metido ahí. Además, creo que si te lees por encima la teoría de Grice puedes desmontarlo muy rápidamente. El significado explícito es de lo que estamos hablando aquí.
Pero también debería estar claro a estas alturas que eso no significa nada. Nada más que «está a la vista de todos, yo espero de ti que lo entiendas, tú sabes que lo he dicho para que lo entiendas así». Y todo eso es muy, muy evidentemente convencional. Intenciones de presuposiciones de intenciones de presuposiciones de. Es un juego infinito, nadie está pendiente de eso cuando habla, y esto es algo que alguien le ha dicho a Grice, pero no tengo ni idea de quién.
Todo lo que presuponemos está en un pacto social de qué queremos decir con las palabras. Un pacto que hemos aprendido por prueba y error, porque malentendidos hemos tenido todos. (Un pacto que, colateralmente, hemos intentado recoger en libros muy gordos pero que, por muy gordos que sean, nunca parecen recoger la totalidad del asunto.)
Por otro lado tienes el caso de la pareja romántica. Las conversaciones sobre sentimientos son complicadas, y a veces dices cosas que no pensabas en realidad, y a veces no sabes por qué dices las cosas. Y a veces tienes muy claro que no eres una persona celosa pero tu pareja te comenta: «Oye, ¿por qué contestas tan seco cuando te hablo de X?». Y entonces haces introspección y te das cuenta.
Los sentimientos están ahí escondidos, aunque los ignores, aunque los reprimas. Y ese es solo un tipo de significado, el sentimental romántico. Pero también hay prejuicios culturales y cosas de esas que estás presuponiendo cuando hablas, como cuando vuelves a ver Friends y te das cuenta de que sin todo ese machismo interiorizado los chistes ya no son tan graciosos.
A veces, la mayoría de las veces, tus palabras quieren decir algo pero tú no te estás dando cuenta. En general tú sabes dónde está el límite entre tus intenciones conscientes y tus intenciones inconscientes, pero hay suficientes situaciones confusas como para que haya que plantearse que ojo, a lo mejor «lo que quiero decir conscientemente» no es una buena definición para el significado literal.
A no ser, claro, que estemos dispuestos a aceptar que no hay una buena definición de significado literal. Porque las líteras no significan ellas solas, somos nosotros los que expresamos y entendemos, muy a nuestra manera.
Lo que dice Heidegger es que hay mundos enteros de significados que asoman la cabeza cada vez que hablamos. Cuando hablas del coche, estás hablando, aunque sea ligeramente, de lo que entiendes por coche, y eso es muchas cosas. Eso es cuando lo compraste, cuando lo lavaste, cada vez que lo has arrancado. Cuando lo empotraste contra un bolardo. Cuando has oído un chiste en el que había un coche, y qué pasaba con el coche en el chiste.
Llevamos toda la vida usando las palabras, viendo cosas que relacionamos con palabras, y todo eso va dando forma al mundo del que hablamos cuando hablamos. Todo lo que queremos decir presupone esas cosas, aunque cada una tenga una mínima fracción del significado total, y aunque la gran mayoría del significado total de «coche» sea algo evidente en lo que todos estamos de acuerdo.
El asunto es que «gran proporción de algo evidente en lo que todos estamos de acuerdo» no es lo mismo que «referencia directa». La mayoría de la poesía usa palabras que quieren decir cosas, quizás cosas sobre el mundo físico y objetivo sobre el que «todos estamos de acuerdo», haciendo asociaciones entre esas partes del significado de las palabras que importan menos.
Importan menos porque son menos útiles. Son cosas que hemos aprendido a olvidar para entendernos, pero que evidentemente salen a la luz de vez en cuando, como cuando hablamos de nombres bonitos y feos, o cuando hacemos una rima sin querer y nos damos cuenta. Se me acaba de ocurrir que por ejemplo el registro --coloquial, formal, etc.-- de una palabra es una forma de decir que esa palabra tiene un significado acerca del hablante y el interlocutor, uno de esos significados más o menos secundarios.
Lo que pasa es que en el día a día necesitamos entendernos. Necesitamos hablar de lo mismo cuando hablamos del coche, al menos lo suficiente como para entender dónde lo has aparcado. Da igual si te gustan o no te gustan los coches. Pero eso no deja de estar más o menos presente ahí, con menos peso.
Lo interesante de la poesía, y no la poesía como «todo lo no referencial» sino estrictamente los poemas de los poemarios, los recitales y los slams, es que no necesitamos entendernos. No mucho. De repente se ha cancelado la vida práctica un momento, así que ya no hay que usar la convención de significado estándar «pa' entendernos». Alguien ha apagado el interruptor de la gravedad artificial, y ya nada es tan grave, no importa. Los significados están ingrávidos flotando dentro de sus palabras, cayendo por su propio peso; esperando a que alguien venga a recogerlos por su relación con otras palabras, por sus sentimientos personales, por su sonoridad, por lo que sea.
Eres libre de tirar de interpretación estándar si no te estás enterando. En un slam no tienes mucho tiempo para pensar en qué simboliza la manzana, o si «manzana» tiene el mismo número de sílabas y patrón de acentuación que «malvada», o si esa palabra se mencionó de pasada al principio del poema. Y el poeta lo sabe. Así que tira de significados muy reconocibles, a veces muy sensoriales, a veces directamente estándar. Y la suma de todo este juego de significados, el mensaje del poema, bien podía ser algo como «las manzanas son la peor fruta». Un juicio valorativo con referencia directa al mundo físico en toda regla.
Todo esto es muy abstracto e intensito. Pero mira, se siente. Es a lo que te apuntas si quieres diferenciar la poesía del lenguaje corriente. Ya está. Por mucho que le des más vueltas, simplemente no hay una línea divisoria entre los tipos de significado en poesía y descripción. La referencia no es solo descripción.
(Y sí, te estoy mirando a ti, Frege.)
_______
Referencias a...
...lo de que «la nieve es blanca» es verdad si y solo si la nieve es blanca: Tarski, el texto que sale en Teorías contemporáneas de la verdad, seguramente «On the Concept of Truth in Formal Languages»
...Valéry: la cita la he sacado de Ricoeur, Historia y narratividad, cap. 1, sección 3
...Grice: no me acuerdo, probablemente «Meaning» o «Logic and Conversation»
...Nietzsche: lo saqué de los póstumos (la edición esa increíble de Tecnos, creo que 2016): en concreto el prólogo de Sánchez Meca (capítulo sobre la subjetividad) y algunos fragmentos sueltos del vol. IV.
...Heidegger: es la Rede y otros conceptos que andan por ahí entre el parágrafo 20 y el 35 de Ser y tiempo, y super claro en el ejemplo de la cátedra que pone en La idea de la filosofía y el problema de la concepción del mundo
...Frege: «sobre sentido y referencia»
6/14/2020
4/13/2020
Diez buenos fracasos
Hay una frase de Mariano Rajoy para cada momento de la vida. A la gran mayoría de ellos se aplica la famosa máxima «It's very difficult todo esto».
Yo de crío era un lector ávido; me leía novelotes de fantasía uno detrás de otro y cuando se me acababan volvía a empezar. En secreto yo sabía que algún día escribiría una. Tenía muchas ideas, pero estaba esperando al momento propicio.
A lo largo de los años he amasado una buena cantidad de fragmentos de tres líneas. A veces dos de ellos iban sobre lo mismo. Alguno llegaba a cuatro. En un momento de locura he empezado otra vez, y ahora tengo un montón de fragmentos de tres líneas sobre la misma cosa. A lo mejor tengo cuarenta, o treinta si no contamos los repetidos.
Quiero compartir mi proceso para que se sepa cómo he llegado hasta donde estoy ahora, que es básicamente el mismo sitio que antes de empezar. Por aquello de devolver el ascensor cuando llegas a casa, o algo así. Esta es mi lista de diez buenos fracasos.
1. Mantente abierto a nuevas ideas. Un amigo me dijo hace un tiempo que le gustaría basar personajes de una historia en el tarot, y llevo varios meses intentando convertir eso en una novela. Me pareció una idea tan buena que todavía no he renunciado a ella.
2. Ahonda en tu punto de partida. ¿Quieres escribir sobre las cartas del tarot? Investiga sobre las cartas del tarot. De dónde vienen, cómo son, qué representan, cómo han evolucionado, quién las usa y para qué. A lo mejor encuentras algo que te da la chispa para una historia. A lo mejor no te lleva a ningún lado. A una mala, te sirve para dar conversación en nochebuena. O no, de hecho, a lo mejor eso tampoco.
3. Echa la vista atrás, pt. 1: reciclaje. Mira cosas que empezaste pero que en algún momento u otro tuviste que abandonar. A mí se me habían olvidado muchas, y algunas me han venido bien. Otras las he intentado meter con calzador, y se me hacía un castillo de conceptos que ni J. R. R. Martin podría haber cerrado esa saga.
4. Echa la vista atrás, pt. 2: referencias. Si ahora no puedes producir una historia que te convenza, piensa en otros momentos de tu vida en los que sí había cosas que te interesaban como para contarlas. ¿Qué leías? De repente me acordé de Harry Potter, Memorias de Idhún, El señor de los anillos, Narnia...
Aunque claro, miradas con distancia, a lo mejor todas esas épicas heroicas se hacen un poco ridículas. Por eso intenté la vía Shrek, buscar el conflicto en los problemas de creerse la historia oficial. Tremenda película, Shrek.
Ahora bien, para hacer sátira de algo primero hay que haberlo superado. ¿He superado la fantasía épica adolescente? Quién sabe. Yo creo que no se puede saber.
5. Busca más ideas. A lo mejor te has cerrado demasiado, y la chispa viene de conectar tu primera idea con otra que te encuentras por ahí. Por ejemplo, el tarot y el zodiaco. Donde un esquema falla, la solución es evidentemente añadir más esquemas.
En menos de un mes me había iniciado en dos métodos de adivinación distintos y vivía rodeado de cuadros, tablas y mapas conceptuales con muchas flechas y símbolos raros. Era muy gracioso hablar conmigo en diciembre. Daba un poco de miedo.
6. Pide ayuda. A lo mejor has estado un poquito obsesionado con el paganismo supersticioso porque en tu casa estaba muy mal visto. A lo mejor te viene bien salir a tomar el aire. Hablar con alguien. Comentarle tu situación.
Una amiga me dijo que si no conseguía imaginarme historias con mis personajes, podía hacerme unos muñequitos y grabarme jugando con ellos. Cuatro meses después voy por la figurita de barro número siete de trece. Estoy especialmente orgulloso de cómo le ha quedado el pelo.
7. Echa la vista a los lados. Seguramente haya alguien a tu alrededor lidiando con el mismo problema. Mi amiga Carmen, por ejemplo, también estaba intentando escribir algo largo por primera vez. Resulta que tenía una historia personal, intensa y contemporánea, llena de conflicto, emoción y consecuencias. Su problema era, ojo: que no encontraba esquemas que le convencieran.
Así que nada.
En busca de alguien que tuviera un problema mínimamente parecido al mío, miré a los lados, pero un poco menos literalmente. En esa temporada Greta Gerwig estaba gestionando bastante bien el protagonismo múltiple con Mujercitas. Tomé nota mental de ver la peli un par de veces más (solo me falta una), y estoy pendiente de encontrar un ePub del libro bien traducido.
8. Date un respiro. Para. Déjalo estar. Lo estás intentando demasiado fuerte; si no fluye, quizás no es el momento.
Estuve dos meses pensando en otras cosas, relajándome. Recuperé un viejo proyecto de comic.
Me di cuenta de que no sabía diujar manos, así que volví a la novela.
9. Estudia tu problema. Con libro de texto a ser posible. Como no sabía qué pasaba en la historia, me puse a estudiar el concepto de conflicto dramático, leí sobre estructura de la trama en un manual de narratología, me vi unos vídeos, y me hice una lista con libros y pelis que conozco, buscando los elementos de conflicto dramático y de personaje.
Luego me di cuenta de que a lo mejor para escribir una historia no hace falta entender cómo funcionan todas las historias.
10. Mira en tu interior. La gente cuenta historias porque tiene historias que contar. Esas historias salen de muchos sitios, sitios emocionales a los que llegamos nosotros personalmente, y en los que nos desenvolvemos narrando. A lo mejor respondiendo a una pregunta que te arde, o como relatando algo que viviste, o imaginando qué hay detrás de una situación muy chocante, o preciosa, o durísima, que has visto pero no conoces de primera mano...
¿Cuál es tu historia personal? ¿Qué conflicto has conocido? ¿Qué es lo más duro, o lo más bonito, o lo más interesante que te ha pasado? ¿Cómo es la vida de tus amigos? ¿Con qué están lidiando? ¿Qué quieren en la vida? ¿Hay algún evento muy propio de tu pueblo o de tu barrio? ¿Cómo se vivió por allí?
Así de primeras, estas son varias preguntas que puedes hacerte. Tú, porque a mí me da reparo tanta introspección seguida. Dios me salve de escribir una buena historia.
Yo de crío era un lector ávido; me leía novelotes de fantasía uno detrás de otro y cuando se me acababan volvía a empezar. En secreto yo sabía que algún día escribiría una. Tenía muchas ideas, pero estaba esperando al momento propicio.
A lo largo de los años he amasado una buena cantidad de fragmentos de tres líneas. A veces dos de ellos iban sobre lo mismo. Alguno llegaba a cuatro. En un momento de locura he empezado otra vez, y ahora tengo un montón de fragmentos de tres líneas sobre la misma cosa. A lo mejor tengo cuarenta, o treinta si no contamos los repetidos.
Quiero compartir mi proceso para que se sepa cómo he llegado hasta donde estoy ahora, que es básicamente el mismo sitio que antes de empezar. Por aquello de devolver el ascensor cuando llegas a casa, o algo así. Esta es mi lista de diez buenos fracasos.
1. Mantente abierto a nuevas ideas. Un amigo me dijo hace un tiempo que le gustaría basar personajes de una historia en el tarot, y llevo varios meses intentando convertir eso en una novela. Me pareció una idea tan buena que todavía no he renunciado a ella.
2. Ahonda en tu punto de partida. ¿Quieres escribir sobre las cartas del tarot? Investiga sobre las cartas del tarot. De dónde vienen, cómo son, qué representan, cómo han evolucionado, quién las usa y para qué. A lo mejor encuentras algo que te da la chispa para una historia. A lo mejor no te lleva a ningún lado. A una mala, te sirve para dar conversación en nochebuena. O no, de hecho, a lo mejor eso tampoco.
3. Echa la vista atrás, pt. 1: reciclaje. Mira cosas que empezaste pero que en algún momento u otro tuviste que abandonar. A mí se me habían olvidado muchas, y algunas me han venido bien. Otras las he intentado meter con calzador, y se me hacía un castillo de conceptos que ni J. R. R. Martin podría haber cerrado esa saga.
4. Echa la vista atrás, pt. 2: referencias. Si ahora no puedes producir una historia que te convenza, piensa en otros momentos de tu vida en los que sí había cosas que te interesaban como para contarlas. ¿Qué leías? De repente me acordé de Harry Potter, Memorias de Idhún, El señor de los anillos, Narnia...
Aunque claro, miradas con distancia, a lo mejor todas esas épicas heroicas se hacen un poco ridículas. Por eso intenté la vía Shrek, buscar el conflicto en los problemas de creerse la historia oficial. Tremenda película, Shrek.
Ahora bien, para hacer sátira de algo primero hay que haberlo superado. ¿He superado la fantasía épica adolescente? Quién sabe. Yo creo que no se puede saber.
5. Busca más ideas. A lo mejor te has cerrado demasiado, y la chispa viene de conectar tu primera idea con otra que te encuentras por ahí. Por ejemplo, el tarot y el zodiaco. Donde un esquema falla, la solución es evidentemente añadir más esquemas.
En menos de un mes me había iniciado en dos métodos de adivinación distintos y vivía rodeado de cuadros, tablas y mapas conceptuales con muchas flechas y símbolos raros. Era muy gracioso hablar conmigo en diciembre. Daba un poco de miedo.
6. Pide ayuda. A lo mejor has estado un poquito obsesionado con el paganismo supersticioso porque en tu casa estaba muy mal visto. A lo mejor te viene bien salir a tomar el aire. Hablar con alguien. Comentarle tu situación.
Una amiga me dijo que si no conseguía imaginarme historias con mis personajes, podía hacerme unos muñequitos y grabarme jugando con ellos. Cuatro meses después voy por la figurita de barro número siete de trece. Estoy especialmente orgulloso de cómo le ha quedado el pelo.
7. Echa la vista a los lados. Seguramente haya alguien a tu alrededor lidiando con el mismo problema. Mi amiga Carmen, por ejemplo, también estaba intentando escribir algo largo por primera vez. Resulta que tenía una historia personal, intensa y contemporánea, llena de conflicto, emoción y consecuencias. Su problema era, ojo: que no encontraba esquemas que le convencieran.
Así que nada.
En busca de alguien que tuviera un problema mínimamente parecido al mío, miré a los lados, pero un poco menos literalmente. En esa temporada Greta Gerwig estaba gestionando bastante bien el protagonismo múltiple con Mujercitas. Tomé nota mental de ver la peli un par de veces más (solo me falta una), y estoy pendiente de encontrar un ePub del libro bien traducido.
8. Date un respiro. Para. Déjalo estar. Lo estás intentando demasiado fuerte; si no fluye, quizás no es el momento.
Estuve dos meses pensando en otras cosas, relajándome. Recuperé un viejo proyecto de comic.
Me di cuenta de que no sabía diujar manos, así que volví a la novela.
9. Estudia tu problema. Con libro de texto a ser posible. Como no sabía qué pasaba en la historia, me puse a estudiar el concepto de conflicto dramático, leí sobre estructura de la trama en un manual de narratología, me vi unos vídeos, y me hice una lista con libros y pelis que conozco, buscando los elementos de conflicto dramático y de personaje.
Luego me di cuenta de que a lo mejor para escribir una historia no hace falta entender cómo funcionan todas las historias.
10. Mira en tu interior. La gente cuenta historias porque tiene historias que contar. Esas historias salen de muchos sitios, sitios emocionales a los que llegamos nosotros personalmente, y en los que nos desenvolvemos narrando. A lo mejor respondiendo a una pregunta que te arde, o como relatando algo que viviste, o imaginando qué hay detrás de una situación muy chocante, o preciosa, o durísima, que has visto pero no conoces de primera mano...
¿Cuál es tu historia personal? ¿Qué conflicto has conocido? ¿Qué es lo más duro, o lo más bonito, o lo más interesante que te ha pasado? ¿Cómo es la vida de tus amigos? ¿Con qué están lidiando? ¿Qué quieren en la vida? ¿Hay algún evento muy propio de tu pueblo o de tu barrio? ¿Cómo se vivió por allí?
Así de primeras, estas son varias preguntas que puedes hacerte. Tú, porque a mí me da reparo tanta introspección seguida. Dios me salve de escribir una buena historia.
4/01/2020
El nombre del viento
Hoy me he terminado un libro de 900 páginas que no conocía por segunda vez en mi vida. La primera fue hace doce años.
Esta vez me ha costado un poco más. Lo abrí por primera vez hace unos meses, y leí unas cincuenta páginas antes de perder el interés. Pero claro, confinado en casa, sin trabajo, casi sin obligaciones académicas... qué menos que limpiar la lista de tareas ya empezadas.
Lo retomé con cautela. Ya sabía quién era el protagonista, y ya sabía que no me gustaba. Un héroe trágico, uno de esos Aquiles que lo pueden todo pero que desde el principio se viene anunciando que en realidad la lían. Pobrecito, qué dura es su vida, ya verás.
Me gustan las épicas. Me gustan los personajes que hacen cosas heroicas y luego fracasan. No me gusta el tipo duro que tiene sentimientos en el fondo: ya lo hemos visto muchas veces, ya vimos las razones por las que nos atraía, y ya vimos lo problemáticas que eran esas razones.
¿Lo hemos superado? Honestamente, después de unas veinte páginas, ya no podía despegarme de él. Así que probablemente no. No sé qué tenía y tampoco le he dado muchas vueltas, pero sencillamente necesitaba saber qué pasaba luego. Mis ojos se saltaban el párrafo de aclaraciones para leer qué le contestaba la chica.
Y dejadme aclarar que el romance era vomitivo. El lento cortejo del chico alternativo a la encantadora mujer por la que todos se desviven... por favor, siglo XXI, ¡tenemos mejores historias que contar!
No hay manera de que esa ridícula pose de absurda masculinidad herida de verdad tenga lugar en un libro tan vasto, tan complejo y tan cuidado. Pero era como las arenas movedizas: cuanto más me movía en él, más atrapado me quedaba. Los últimos días me quedaba siete horas seguidas leyendo. Me empaché, claro, y llegó el punto en el que no me enteraba de lo que leía y tenía que volver atrás continuamente.
Es como el chocolate. El cuerpo te pide más pero sabes que te va a sentar mal. Tanto azúcar no puede ser bueno.
Pero yo pensé: qué hostias, los libros no tienen azúcar.
¿Qué tiene este entonces para ser tan adictivo? Es imposible saberlo seguro. Me molesta que sea imposible, pero acepto esa parcela de la realidad porque sé lo que me conviene, y si crees que lo has entendido todo entonces probablemente te estás perdiendo lo mejor. Hay que valorar la experiencia directa un poquito.
Así que me abalancé sobre él como si no hubiera leído una novela de alta fantasía en muchos años, que era el caso. Al día siguiente lo miraba ahí sobre la mesa, con su tapa dura y su olor a libro nuevo, y sentía como un placer pegajoso del que no conseguía quitarme. Ya incluso quería acabarlo ya y volver a una vida un poco más equilibrada.
En retrospectiva ni si quiera sabría decir cuál de las dos perspectivas es mejor. ¿Debería haberlo hecho durar? Es seguro uno de esos libros en los que puedes perderte y recrearte en todos los detalles y las descripciones, visualizando con cariño de cineasta cada brizna de hierba en los prados que pinta. Pero... ¿Y perderme toda la inmersión brutal? Por no hablar del pico de adrenalina. Llegaba a la hora de desayunar sin sueño.
Yo qué sé, eso tampoco se puede saber, pero qué más da. Ya me leeré el segundo con calma, a ver si el Patricio termina de escribir ya el tercero. Tampoco es un drama.
Lo que peor llevo son las puñaladas traperas. Y los descuidos. De un libro que te absorbe casi de principio a distante, distante fin, no te esperas que descuide tanto a los mejores amigos del personaje principal, ni que anuncie a bombo y platillo una relación estándar de cortejo macho-hembra.
No, no una relación estándar. No es grease. No es el chico popular de instituto ligando con la animadora rubia. Es peor. Es el compañero rarito pero amable en el fondo, que se cree moralmente superior a los populares abusones, es muy listo, trata bien a la chica.
Es la típica subversión del relato inglés al relato estadounidense. No tenemos reyes autoritarios y despóticos, sino gobernantes electos. Están justificados porque se han ganado el derecho a este puesto, a este romance, a este dinero, a todo.
Esa es la diferencia entre el Poirot de Agatha Christie y esos detectives privados de novela negra mal afeitados, torturados y permanentemente envueltos en una nube de humo de tabaco y olor a whisky en su destartalada oficina de Nueva York. Si resuelve el caso es porque es muy listo, o mejor, muy instintivo, y no porque tuviera ningún privilegio. De hecho, es pobre como las ratas. Todo lo que consigue es mérito suyo, nada se le ha dado hecho en esta perra vida. Pero tiene lo fundamental: razón. Por eso puede "saltarse un poco las reglas".
Pero en el fondo, muy muy en el fondo, es un buen hombre al que han hecho daño. Su mujer fue asesinada, o algo así.
Esto se llama rencor. El relato de un pueblo sometido y abusado, levantado por esclavos y presos expatriados. Tienen todas las razones del mundo para sentirse atacados por otros más privilegiados, y para guardarles rencor. Pero esto se convirtió muy rápido en un sentimiento de superioridad moral. Vosotros tenéis las armas pero nosotros tenemos la razón. Todos ellos tienen un sentimiento de cómo son las cosas, y encima lo comparten, y eso posibilita cosas como la Guerra de Independencia, y en última instancia, la de Vietnam.
El protagonista de este libro es algo parecido a eso. No es exactamente eso, pero sí es excepcional, y se sabe excepcional, y actúa con orgullo y arrogancia. Y ocasionalmente el narrador recula y lo admite, pero la mayor parte del tiempo todo se presenta como bastante inocuo.
Sin embargo, hay algunas versiones del relato americano que conservan un destello seminal de algo distinto a "Tengo razón, me lo dice el estómago". Hay una intención fundamental de hacer el bien. Tan naive como suena. Este tipo tiene muy claro que las mujeres no son propiedad de los hombres, que siendo una mentalidad muy básica, no termina de asentarse en nuestra sociedad, especialmente en las familias tradicionales.
Patricio incluso llega a la conclusión de que el sistema cultural-económico pone a las mujeres en una situación de vulnerabilidad y dependencia estructural, y especialmente a las más pobres. Esta no acaba de asentarse ni en las familias progres.
La escena es una bella conversación entre dos buenos amigos. Señores, claro. Pero señores que se paran a pensar un momento en cómo se sentirá la chica. Hay otras escenas con moraleja que quedan forzadas y hasta condescendientes. Esta es la mejor. Pero aun así, la actitud me recuerda a un niño al que ayer riñeron por decir palabrotas, y hoy va diciéndoles a sus amigos que "eso no se dice".
Querido Patricio: hechos son amores, y no buenas razones. Ya me dirás a qué vienen los estúpidos celos de verla paseando del brazo con un señor u otro señor. "A ver, es un crío de quince años, ¿qué esperas?" Pues espero que si tan memorioso, deductivo, carismático y astuto es, podía tener también un poquito de inteligencia emocional.
O sea, es un tío espectacular en todo. Menos en "las mujeres". (Que esa es otra, todo el mundo es TAN hetero que no sabía dónde meterme en las escenas de universitarios hablando de tías.) Pues no sé, no me importaría que se le diera un poco peor la magia, o la labia, o la música, o ALGO, y que se dejase de romanticismos.
Nótese que luego soy el primero en emocionarme. Si alguien hubiera entrado en mi habitación ayer por la noche, me habría visto con los ojos como platos, murmurándole al libro "pero por favor cómo puedes estar haciendo esto" mientras me retorcía con la tripa encogida por la emoción porque PARECE QUE, POR ALGÚN MOTIVO, TODAVÍA NO SE VAN A BESAR.
Y esperad a que me ponga a hablar de las virtudes del libro...
Esta vez me ha costado un poco más. Lo abrí por primera vez hace unos meses, y leí unas cincuenta páginas antes de perder el interés. Pero claro, confinado en casa, sin trabajo, casi sin obligaciones académicas... qué menos que limpiar la lista de tareas ya empezadas.
Lo retomé con cautela. Ya sabía quién era el protagonista, y ya sabía que no me gustaba. Un héroe trágico, uno de esos Aquiles que lo pueden todo pero que desde el principio se viene anunciando que en realidad la lían. Pobrecito, qué dura es su vida, ya verás.
Me gustan las épicas. Me gustan los personajes que hacen cosas heroicas y luego fracasan. No me gusta el tipo duro que tiene sentimientos en el fondo: ya lo hemos visto muchas veces, ya vimos las razones por las que nos atraía, y ya vimos lo problemáticas que eran esas razones.
¿Lo hemos superado? Honestamente, después de unas veinte páginas, ya no podía despegarme de él. Así que probablemente no. No sé qué tenía y tampoco le he dado muchas vueltas, pero sencillamente necesitaba saber qué pasaba luego. Mis ojos se saltaban el párrafo de aclaraciones para leer qué le contestaba la chica.
Y dejadme aclarar que el romance era vomitivo. El lento cortejo del chico alternativo a la encantadora mujer por la que todos se desviven... por favor, siglo XXI, ¡tenemos mejores historias que contar!
No hay manera de que esa ridícula pose de absurda masculinidad herida de verdad tenga lugar en un libro tan vasto, tan complejo y tan cuidado. Pero era como las arenas movedizas: cuanto más me movía en él, más atrapado me quedaba. Los últimos días me quedaba siete horas seguidas leyendo. Me empaché, claro, y llegó el punto en el que no me enteraba de lo que leía y tenía que volver atrás continuamente.
Es como el chocolate. El cuerpo te pide más pero sabes que te va a sentar mal. Tanto azúcar no puede ser bueno.
Pero yo pensé: qué hostias, los libros no tienen azúcar.
¿Qué tiene este entonces para ser tan adictivo? Es imposible saberlo seguro. Me molesta que sea imposible, pero acepto esa parcela de la realidad porque sé lo que me conviene, y si crees que lo has entendido todo entonces probablemente te estás perdiendo lo mejor. Hay que valorar la experiencia directa un poquito.
Así que me abalancé sobre él como si no hubiera leído una novela de alta fantasía en muchos años, que era el caso. Al día siguiente lo miraba ahí sobre la mesa, con su tapa dura y su olor a libro nuevo, y sentía como un placer pegajoso del que no conseguía quitarme. Ya incluso quería acabarlo ya y volver a una vida un poco más equilibrada.
En retrospectiva ni si quiera sabría decir cuál de las dos perspectivas es mejor. ¿Debería haberlo hecho durar? Es seguro uno de esos libros en los que puedes perderte y recrearte en todos los detalles y las descripciones, visualizando con cariño de cineasta cada brizna de hierba en los prados que pinta. Pero... ¿Y perderme toda la inmersión brutal? Por no hablar del pico de adrenalina. Llegaba a la hora de desayunar sin sueño.
Yo qué sé, eso tampoco se puede saber, pero qué más da. Ya me leeré el segundo con calma, a ver si el Patricio termina de escribir ya el tercero. Tampoco es un drama.
Lo que peor llevo son las puñaladas traperas. Y los descuidos. De un libro que te absorbe casi de principio a distante, distante fin, no te esperas que descuide tanto a los mejores amigos del personaje principal, ni que anuncie a bombo y platillo una relación estándar de cortejo macho-hembra.
No, no una relación estándar. No es grease. No es el chico popular de instituto ligando con la animadora rubia. Es peor. Es el compañero rarito pero amable en el fondo, que se cree moralmente superior a los populares abusones, es muy listo, trata bien a la chica.
Es la típica subversión del relato inglés al relato estadounidense. No tenemos reyes autoritarios y despóticos, sino gobernantes electos. Están justificados porque se han ganado el derecho a este puesto, a este romance, a este dinero, a todo.
Esa es la diferencia entre el Poirot de Agatha Christie y esos detectives privados de novela negra mal afeitados, torturados y permanentemente envueltos en una nube de humo de tabaco y olor a whisky en su destartalada oficina de Nueva York. Si resuelve el caso es porque es muy listo, o mejor, muy instintivo, y no porque tuviera ningún privilegio. De hecho, es pobre como las ratas. Todo lo que consigue es mérito suyo, nada se le ha dado hecho en esta perra vida. Pero tiene lo fundamental: razón. Por eso puede "saltarse un poco las reglas".
Pero en el fondo, muy muy en el fondo, es un buen hombre al que han hecho daño. Su mujer fue asesinada, o algo así.
Esto se llama rencor. El relato de un pueblo sometido y abusado, levantado por esclavos y presos expatriados. Tienen todas las razones del mundo para sentirse atacados por otros más privilegiados, y para guardarles rencor. Pero esto se convirtió muy rápido en un sentimiento de superioridad moral. Vosotros tenéis las armas pero nosotros tenemos la razón. Todos ellos tienen un sentimiento de cómo son las cosas, y encima lo comparten, y eso posibilita cosas como la Guerra de Independencia, y en última instancia, la de Vietnam.
El protagonista de este libro es algo parecido a eso. No es exactamente eso, pero sí es excepcional, y se sabe excepcional, y actúa con orgullo y arrogancia. Y ocasionalmente el narrador recula y lo admite, pero la mayor parte del tiempo todo se presenta como bastante inocuo.
Sin embargo, hay algunas versiones del relato americano que conservan un destello seminal de algo distinto a "Tengo razón, me lo dice el estómago". Hay una intención fundamental de hacer el bien. Tan naive como suena. Este tipo tiene muy claro que las mujeres no son propiedad de los hombres, que siendo una mentalidad muy básica, no termina de asentarse en nuestra sociedad, especialmente en las familias tradicionales.
Patricio incluso llega a la conclusión de que el sistema cultural-económico pone a las mujeres en una situación de vulnerabilidad y dependencia estructural, y especialmente a las más pobres. Esta no acaba de asentarse ni en las familias progres.
La escena es una bella conversación entre dos buenos amigos. Señores, claro. Pero señores que se paran a pensar un momento en cómo se sentirá la chica. Hay otras escenas con moraleja que quedan forzadas y hasta condescendientes. Esta es la mejor. Pero aun así, la actitud me recuerda a un niño al que ayer riñeron por decir palabrotas, y hoy va diciéndoles a sus amigos que "eso no se dice".
Querido Patricio: hechos son amores, y no buenas razones. Ya me dirás a qué vienen los estúpidos celos de verla paseando del brazo con un señor u otro señor. "A ver, es un crío de quince años, ¿qué esperas?" Pues espero que si tan memorioso, deductivo, carismático y astuto es, podía tener también un poquito de inteligencia emocional.
O sea, es un tío espectacular en todo. Menos en "las mujeres". (Que esa es otra, todo el mundo es TAN hetero que no sabía dónde meterme en las escenas de universitarios hablando de tías.) Pues no sé, no me importaría que se le diera un poco peor la magia, o la labia, o la música, o ALGO, y que se dejase de romanticismos.
Nótese que luego soy el primero en emocionarme. Si alguien hubiera entrado en mi habitación ayer por la noche, me habría visto con los ojos como platos, murmurándole al libro "pero por favor cómo puedes estar haciendo esto" mientras me retorcía con la tripa encogida por la emoción porque PARECE QUE, POR ALGÚN MOTIVO, TODAVÍA NO SE VAN A BESAR.
Y esperad a que me ponga a hablar de las virtudes del libro...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)