10/20/2017

Madrid es una locura



Cuando estás cara a cara con un cinturón negro de Kenpo Kárate en posición de ataque hay una serie de cosas que te tienes que replantear. En mi caso, por ejemplo, «qué hostias estoy haciendo aquí».

Es importante tener esta cuestión resuelta cuando esa locomotora envuelta en un kimono se lanza hacia ti con los puños por delante. De cara contra el suelo, con este individuo haciéndome una presa, concluí que recibir y dar golpes es parte de la vida, las dos partes de la rueda que gira en espiral hacia endurecerte el cúbito, el radio, y sobre todo la moral.

Yo me metí en Kenpo un poco de casualidad, porque era lo que cabía en mi horario. Podría haber dicho que no, pero, un poco a lo loco, dije: «A tope con esto». No sabía entonces que me encontraría en esa situación en la que vas a agarrar algo y tus brazos no se levantan, y durante un confuso segundo no entiendes por qué. Hasta que recuerdas que, claro, acabas de salir de un entrenamiento de dos horas un viernes de 13.30 a 15.30 tras dos clases y un examen.

Supongo que, de tener la forma heroica de mí mismo con fuerza de voluntad para tumbar un elefante, habría sabido decir que no. Habría sabido decir que no al pepito de crema con azúcar por encima que me merendé inmediatamente después, o habría sabido decir que no al amigo que me esperaba en la terraza de la cafetería para hablar un rato. «Oye, mira, no. Estoy reventado, me voy a casa». Tampoco supe negarme cuando ofreció irnos a la biblioteca, ni cuando me propuso ir a una charla sobre historia de China en su academia (café gratis, ¿cómo te niegas a eso?).

Tras hora y media de dinastía Han, dinastía Qin y «no sé qué es esto, pasamos a la siguiente diapositiva», quizás debería haber ido al metro en vez de caminar hacia un restaurante vietnamita con mi amigo y otra para encontrarnos con un cuarto compañero. Pero fui, y ante los precios desorbitados, la hora tardía y la ausencia de oferta vegetariana, los dos primeros se batieron en retirada. Claramente el momento de hacer lo correcto y unirse a la desbandada. Momento al que saludé con la mano mientras pasaba de largo.

Ya puestos, me fui a cenar con mi compañero a un mexicano de Lavapiés, y conversamos de lo lingüístico y de las navidades sobre unos buenos nachos con queso y guacamole. Quizás debí haber rechazado la oferta cuando me ofreció unas copas en vez de pasear quince minutos hasta un cajero para poder invitarle (a cambio de la cena, que me debía por comerse unas castañas que dejé en su casa) y luego veinte hasta una tetería. Y además ni si quiera fue recto; el tío fue dando vueltas y pasamos cuatro veces por Antón Martín para que al final hubiera un cajero de mi banco al lado de nuestro destino.

La tetería en cuestión, entendí rápidamente a pesar del cansancio, dolor y sueño, sobrevivía a base de comprar decoración y material de baja calidad y clavar 2,50€ por el té con hierbajos. Medio dormido ya, discutí con mi amigo del problema de la referencia y de cómo el carbón de las cachimbas a nuestro alrededor parecía carbón blanco, hasta que la mitad de la concurrencia ahuecó el ala. Antes de irme, ofrecí un chiste a otro cliente del local a modo de pago por los trucos de magia que había estado haciendo a sus compañeros a la vista de toda la sala. Él me devolvió otro con los mismos personajes. Magia.

Y mi amigo me acompañó casi hasta Cibeles para que yo consiguiera ir en un búho hasta mi barrio, donde me bajé una parada antes de tiempo. Esto desvió mi ruta a casa de manera que pasaba por mi bar de confianza, que encontré lleno de gente y música a pesar de sus escasos metros cuadrados y, más sorprendente aún, la puerta cerrada con llave.

¿Me fui a casa entonces? No padre. Esperé en una repisa mirando el móvil. Al cabo del rato, el dueño reconoció a otro que vino después y salió a hablar con él. Nos invitó a pasar a los dos, no sin antes avisar de que estaban cerrando y ya era la última ronda. La botella de Thunder estaba vacía; sin opción a mi chupito tradicional, me conformé con una caña por el mismo precio. Una chica de ropa oscura, eyeliner denso y mucho alcohol en sangre me asaltó alegremente para saber si era del barrio y si venía solo. Pasó a presentarme a toda la sala, que me acogió con cariño, y hablé con otra amiga suya y con un camarero fuera de turno que me había servido las últimas veces. Resulta que esa es la pandilla de habituales del bar; buena gente, gente del barrio. Nunca había hablado con ellos.

El dueño era parte del grupo y presionó para sacarlos de ahí, y una vez en la calle continuaron el debate sobre si ir a un bar clásico del barrio de al lado o a una discoteca lejana. Yo no dije que no, pero esta vez tampoco dije que sí. La chica de negro me retiró la palabra (pero no el hipo). Ganó la segunda; y cuando comenzaron a moverse, decidí despedirme, cruzar el paso de cebra y meterme en mi portal.

Supongo que, en un futuro, cuando alcance la forma heroica de mí mismo con fuerza de voluntad para tumbar un elefante, cuando sepa anteponer mis necesidades a impulsos momentáneos, no me engancharé a un plan inverosímil detrás de otro. Tampoco encontraré perlas vitales en escondrijos impredecibles; echaré de menos encontrar por casualidad un mago o un nuevo grupo de amigos estando de vuelta de una paliza de dos horas seguida de hora y media de historia china, con todos los paseos necesarios entre medias. El estadio superior tiene sus defectos, y el inferior sus ventajas. No sé si decir que no es un vicio o una virtud.