Cuando estás cara
a cara con un cinturón negro de Kenpo Kárate en posición de ataque hay una serie
de cosas que te tienes que replantear. En mi caso, por ejemplo, «qué hostias
estoy haciendo aquí».
Es importante
tener esta cuestión resuelta cuando esa locomotora envuelta en un kimono se
lanza hacia ti con los puños por delante. De cara contra el suelo, con este
individuo haciéndome una presa, concluí que recibir y dar golpes es parte de la
vida, las dos partes de la rueda que gira en espiral hacia endurecerte el
cúbito, el radio, y sobre todo la moral.
Yo me metí en
Kenpo un poco de casualidad, porque era lo que cabía en mi horario. Podría
haber dicho que no, pero, un poco a lo loco, dije: «A tope con esto». No sabía
entonces que me encontraría en esa situación en la que vas a agarrar algo y tus
brazos no se levantan, y durante un confuso segundo no entiendes por qué. Hasta
que recuerdas que, claro, acabas de salir de un entrenamiento de dos horas un
viernes de 13.30 a 15.30 tras dos clases y un examen.
Supongo que, de
tener la forma heroica de mí mismo con fuerza de voluntad para tumbar un
elefante, habría sabido decir que no. Habría sabido decir que no al pepito de
crema con azúcar por encima que me merendé inmediatamente después, o habría
sabido decir que no al amigo que me esperaba en la terraza de la cafetería para
hablar un rato. «Oye, mira, no. Estoy reventado, me voy a casa». Tampoco supe
negarme cuando ofreció irnos a la biblioteca, ni cuando me propuso ir a una
charla sobre historia de China en su academia (café gratis, ¿cómo te niegas a
eso?).
Tras hora y media
de dinastía Han, dinastía Qin y «no sé qué es esto, pasamos a la siguiente
diapositiva», quizás debería haber ido al metro en vez de caminar hacia un
restaurante vietnamita con mi amigo y otra para encontrarnos con un cuarto
compañero. Pero fui, y ante los precios desorbitados, la hora tardía y la
ausencia de oferta vegetariana, los dos primeros se batieron en retirada.
Claramente el momento de hacer lo correcto y unirse a la desbandada. Momento al
que saludé con la mano mientras pasaba de largo.
Ya puestos, me
fui a cenar con mi compañero a un mexicano de Lavapiés, y conversamos de lo
lingüístico y de las navidades sobre unos buenos nachos con queso y guacamole.
Quizás debí haber rechazado la oferta cuando me ofreció unas copas en vez de
pasear quince minutos hasta un cajero para poder invitarle (a cambio de la
cena, que me debía por comerse unas castañas que dejé en su casa) y luego
veinte hasta una tetería. Y además ni si quiera fue recto; el tío fue dando
vueltas y pasamos cuatro veces por Antón Martín para que al final hubiera un
cajero de mi banco al lado de nuestro destino.
La tetería en
cuestión, entendí rápidamente a pesar del cansancio, dolor y sueño, sobrevivía
a base de comprar decoración y material de baja calidad y clavar 2,50€ por el
té con hierbajos. Medio dormido ya, discutí con mi amigo del problema de la
referencia y de cómo el carbón de las cachimbas a nuestro alrededor parecía
carbón blanco, hasta que la mitad de la concurrencia ahuecó el ala. Antes de
irme, ofrecí un chiste a otro cliente del local a modo de pago por los trucos
de magia que había estado haciendo a sus compañeros a la vista de toda la sala.
Él me devolvió otro con los mismos personajes. Magia.
Y mi amigo me
acompañó casi hasta Cibeles para que yo consiguiera ir en un búho hasta mi
barrio, donde me bajé una parada antes de tiempo. Esto desvió mi ruta a casa de
manera que pasaba por mi bar de confianza, que encontré lleno de gente y música
a pesar de sus escasos metros cuadrados y, más sorprendente aún, la puerta
cerrada con llave.
¿Me fui a casa
entonces? No padre. Esperé en una repisa mirando el móvil. Al cabo del rato, el
dueño reconoció a otro que vino después y salió a hablar con él. Nos invitó a
pasar a los dos, no sin antes avisar de que estaban cerrando y ya era la última
ronda. La botella de Thunder estaba vacía; sin opción a mi chupito tradicional,
me conformé con una caña por el mismo precio. Una chica de ropa oscura, eyeliner denso y mucho alcohol en sangre
me asaltó alegremente para saber si era del barrio y si venía solo. Pasó a presentarme
a toda la sala, que me acogió con cariño, y hablé con otra amiga suya y con un
camarero fuera de turno que me había servido las últimas veces. Resulta que esa
es la pandilla de habituales del bar; buena gente, gente del barrio. Nunca
había hablado con ellos.
El dueño era
parte del grupo y presionó para sacarlos de ahí, y una vez en la calle
continuaron el debate sobre si ir a un bar clásico del barrio de al lado o a
una discoteca lejana. Yo no dije que no, pero esta vez tampoco dije que sí. La
chica de negro me retiró la palabra (pero no el hipo). Ganó la segunda; y cuando
comenzaron a moverse, decidí despedirme, cruzar el paso de cebra y meterme en
mi portal.
Supongo que, en
un futuro, cuando alcance la forma heroica de mí mismo con fuerza de voluntad
para tumbar un elefante, cuando sepa anteponer mis necesidades a impulsos momentáneos,
no me engancharé a un plan inverosímil detrás de otro. Tampoco encontraré
perlas vitales en escondrijos impredecibles; echaré de menos encontrar por
casualidad un mago o un nuevo grupo de amigos estando de vuelta de una paliza
de dos horas seguida de hora y media de historia china, con todos los paseos necesarios
entre medias. El estadio superior tiene sus defectos, y el inferior sus
ventajas. No sé si decir que no es un vicio o una virtud.

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