11/02/2017

Dolores de noviembre


Esta mañana debía tener en su hueso algo distinto a todas las demás. La planta que creció de esa semilla me lo confirmó después, pero ya de primeras se olía: tardé una hora en salir de la cama, y aun habiendo renunciado a esa primera hora de clase, me las apañé para llegar tarde a la segunda.

En ella se habló de Wittgenstein y la imposible posibilidad de que entendamos nuestra vida a través de reglas. Es imposible entender una regla a partir de su uso; hay mil interpretaciones. Tampoco podríamos ofrecer una regla para interpretar: el problema se repetiría. Sin embargo, de alguna manera entendemos las señales de tráfico y las series numéricas, aunque no podamos explicar cómo.

Una de las reglas no explicadas de mi vida es que no se escucha Radiohead en verano. El verano sirve otros propósitos: puede ser el tiempo de lamerse las heridas tras un año duro, o el momento de embarcarse en una aventura loca; para mí este ha sido las dos.

Y sin embargo, hace nada me puse el Ok Computer, a penas unas horas después de decirle a Miguel lo que me cuesta conectar con el álbum últimamente. Ahora fluye conmigo como la seda. Con esto, el segundo de noviembre es la primera escucha de un disco de Radiohead esta temporada.

Me lo pongo para aliviarme de lo que ha sido un día raro que ha acabado mal, o para sentirme reconocido. Validado quizás. Confirmé mi sospecha sobre una situación amorosa que me deja en un sitio en el que preferiría no estar, lo cual siempre es un disgusto; lo bueno es que ahora puedo paliarlo diciéndome que la mala vidilla es mejor que ninguna vidilla, ¿no es así? Sé que estoy en el sitio malo de la historia y no puedo evitar salirme de ahí, pero sí puedo verlo a la vez desde fuera y pensar que me gusta vivir una historia, aunque sea de aquella manera.

Hace un rato leí un tuit que decía algo así como "me siento muy adolescente hetero, pero no soy ninguna de las dos cosas". Y efectivamente. Es cierto que es un problema muy típico de novela juvenil llena de adolescentes heterosexuales. Adolescentes con los que ahora tengo algo en común, porque a decir verdad en su momento nunca fui muy parecido a mis compañeros. En vez de honrar a la vida reuniendo coraje para decirle a alguien que me gustaba, ocupé esos años en creerme mejor por escuchar discos como el Twenty One de Mystery Jets. Lo recuperé esta misma noche (antes del Ok Computer) como un punto extra de vuelta a la adolescencia. Escuché al cantante decir: "estas cosas no te las enseñan en el colegio". Tenía razón.

Al tiempo que escuchaba, deslizaba la navaja arriba y abajo por unos trozos de madera que estaba tallando. Llevo tallando desde julio, y le he cogido mucho gusto. Es relajante, manual, distractorio. Me hace sentir directamente en conexión con el producto de mis acciones. Es algo concreto. Acabé con los brazos muy cansados, en parte porque ya venía de una sesión intensa de kenpo; sesión en la que había valorado si preguntar acerca de aquel lío amoroso para ir ya con la rabia puesta y pegar más fuerte. Al final se me olvidó, pero todo llega y me acabé enterando.

El kenpo también es muy relajante, manual, directamente en conexión con el producto de tus acciones. Cada fallo es tuyo; cada acierto también. No le debes nada a nadie, sino que construyes tu propia historia contigo mismo y tu esfuerzo. Lo que tengas te lo has ganado. Sin presión. No quiero competir en kenpo, igual que quiero hacer talla de madera: ni si quiera conozco a nadie más que la haga y por tanto es imposible competir. La vida ya es competición suficiente. Al menos para mí: necesito esa validación constante, fruto de mi inseguridad: ¿Soy suficientemente bueno para los demás? ¿Voy peor que los demás? ¿Mejor? Todo esto no pasa cuando tallo ni cuando entreno.

Por eso debería haber sido un buen día si consistió sobre todo en Kenpo y talla de madera. Sin embargo, ahí estaba el asunto amoroso que no podía quitarme de la cabeza, y como colofón de la noche, aparece mi padre. Embobado en mi talla y mi comedia romántica mental, yo esperé a que viniera a mi habitación para saludarlo y abrazarlo, y luego me volví a sentar y a tallar. Él se fue, y al rato volvió, quejoso de que no he ido a hablar con él, y conversamos de la vida.

Todo lo que tuvo que decir sobre mi insistencia en la talla de madera fue que no comprendía por qué querría yo sumar más aficiones a mi apretada agenda, y que le asustaba que me llevara un dedo. Preocupaciones legítimas. La conversación se tensó cuando me comparé inoportunamente con mi primo por razones raras, como sugiriendo un dolor interno mío que no terminaba de explicitar. Finalmente mi padre se fue a la cama con una despedida seca.

Al poco me puse Ok Computer y sollocé sin lágrimas durante unos minutos, dolido, pero sin entender del todo por qué. Comprendí al poco que acababa de asistir a la primera ocasión en la que mi padre no me apoyaba en una afición, sino que la miraba con recelo desde la sorpresa y la incomprensión. Ni rastro de empatía y apoyo para seguir adelante con algo que me hace feliz. Eso duele.

Curiosamente, noté, es un caso totalmente paralelo al de la reacción de mi madre al Kenpo (como algo que, de acuerdo, tiene su valor, pero hay que enfatizar que distrae del foco principal, la carrera). Como vuelta de tuerca, al darme cuenta de que estaba especialmente vulnerable a esta falta de apoyo porque nunca me había pasado, cambié a sentirme desautorizado en mi pena. La mayoría de padres desprecian aficiones, y ahí siguen los hijos, adelante con sus cosas. Yo soy muy afortunado: no tengo derecho a sentirme mal, pensé.

Estos giros tan propios de la depresión se vieron muy bien acompañados por Radiohead de fondo. En esos bajos fondos siempre tengo el impulso de hacer algo estúpido; me vinieron a la mente cortarme el pelo o no ir a clase al día siguiente. Con la navaja en la mano, valoré la autolesión. Lo deseché muy rápido, no sé si por el asco ante verlo como una llamada de atención o por el miedo a que otros lo vieran así. Quedaría completamente desautorizado... sin validación.

Entonces quise hablarlo con alguien; descargué lo principal en el chat de una amiga, y luego pensé en Miguel. Miguel siempre entiende. Tiene tan asumidos estos dolores como constitutivos de la vida que llegar a resultar un problema, porque a veces me pregunta cómo puedo sorprenderme a estas alturas. Lo bueno es que nunca le puedo venir con una queja con la que él no empatice. Quizás por eso le quiero tanto. A pesar de lo abrasivo que puede ser un amigo existencialista, nadie mejor para comprender dolencias.

Quise abrazarlo, pero estaba lejos. Quise ir a verlo entonces, pero costaba dinero y no tenía tiempo pronto. Quise mensajearle, pero me dio pereza relatarlo todo de nuevo. Aun así, pensé en todo lo que le diría, sabiendo que él siempre entendería. Le diría que le quiero, pero que dependo de él y le busco para obtener validación en mis opiniones musicales. Quizás incluso en un principio llegara a quererle, a pesar de lo abrasivo, solo por esa necesidad de validación. La idea me resulta odiosa, pero no me sorprendería.

Es la misma validación que esperaba esta noche de mi padre y no conseguí, o hace una semana de mi madre, o hace años de los compañeros en esos deportes de equipo que practicaba en mi infancia y adolescencia, de los cuales acabé huyendo al kenpo y la talla de madera. La misma validación que no tendría si me autolesionaba sin motivos suficientes.  La misma validación que implicaría tener una relación amorosa: ser suficiente (como para ser amado). Por eso me escoció tanto el lío amoroso en el que andaba pensando esta tarde. Porque, claro, eso es lo que implicaría para mí el ser correspondido: validación. Siempre validación para el frágil ego masculino. Una suerte de perdón de Dios que me obligo a buscar en casa esquina.

Al menos por el camino he aprendido que hay un rasgo de la conducta masculina más peligroso aún que la búsqueda de validación: no hablar de sentimientos. Todavía estoy trabajando en ello, pero cuando menos tengo el blog para escribir una entradita de vez en cuando. Aunque ello me aboque a estar despierto hasta tarde, y por tanto a perderme horas a la mañana siguiente, como había pensado hacer antes. Y así, a empezar de nuevo una mañana con algo en su hueso distinto a todas las demás.

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