11/04/2017

Cambios necesarios


A veces ocupo mi tiempo escribiendo entradas en un blog. A veces tallo figuritas de búhos en palos de madera, y a veces me ducho durante largo rato pensando en planes, tareas y amistades. A veces juego a las miradas con gente del metro y otras veces solo escucho música mirando el suelo, o apurando las tostadas del desayuno que no me dio tiempo a acabar antes de salir de casa.

Algunas veces dibujo sin cuidado con el boli bic en papel de sucio, y a veces ordeno compulsivamente la mesa, el armario, las estanterías. Muchas veces toco la guitarra. O toco el piano. O hago música en el ordenador durante horas y horas hasta que me duelen los ojos de mirar a la pantalla.

También escribo poemas algunas veces, y otras voy a clase. Suelen ser las mismas veces. A veces salgo de clase para pedirme un mixto con huevo en la cafetería, o un capuchino de máquina. Muchas veces escucho música, y otras veces hago deporte: bádminton, tenis, kenpo, baloncesto. Incluso alguna vez voy a nadar.

A veces hablo con mis amigos de cosas de clase, o de juegos o series; a veces, de nuestras vidas, y otras veces, de temas profundos. A veces jugamos a juegos o vemos series y películas. Algunas veces contadas nos vamos de excursión.

A veces me pauso y sublimo. Sublimo todas estas historias hasta que quedan las palabras; sublimo estas palabras hasta que solo queda la pulpa que hay debajo. Y cuando llego a la pulpa, cierro los ojos y trato de sentirla por toda la piel y los huesos, pero sobre todo en el estómago. Y desde ahí la dejo brotar como las cosas en un claro del bosque, que me llenen los ojos y las manos, y las escribo en poemas o entradas del blog o textos privados en mi cuaderno; a veces en mensajes de texto o audios.

Algunas veces leo lo que escribo y me resulta aterrador. Es chocante porque me desvela que, mientras yo hablaba con mis amigos, desayunaba en el metro o tocaba la guitarra, alguien dentro de mi cabeza, mucho más dentro, se sentía vacío, absurdo, frustrado, fuera de lugar, sin hogar ni objetivo (i.e. sin principio ni final), completamente absorto en un lugar alienígena al que no pertenece, en medio de ninguna parte y a la vez asfixiante, agobiante y lleno de cosas, objetos, conceptos, imperativos; demasiadas verdades demasiado poco verdaderas.

En un principio no reconocía nada de esto como propio; no entendía por qué esta es la pulpa bajo mis historias. Con el tiempo traté de coser una cosa con la otra, y cada vez más claramente veo tras la historia, en cada momento y cada vez, esa pulpa angustiosa y triste, como un reflejo o un destello en alguna arista de los eventos y situaciones que componen mi día a día.

Últimamente, dependiendo del evento, esa pulpa no es un destello sino toda la luz. Este nuevo nivel de unidad conmigo mismo y mi angustia existencial es un problema, pero no sé muy bien por dónde cogerlo. Hay un chip en mi cabeza que hace análisis exhaustivo de cada paso que doy para encontrar dónde pisé mal: nada que haga es suficientemente bueno u original; todas mis interacciones son hacer el ridículo, y, para colmo, me importa. Todo lo que haga tiene un reverso político horrible; hay tantas cosas por cambiar de mí mismo que nunca llegaré a cambiar, tantas cosas reprochables que no creo haber hecho, pero he hecho o haré con total seguridad. Tantas fuentes creíbles que se contradicen.

Esta es la otra cara de todo eso que disfruto haciendo; todo lo creativo que absorbe mi atención y canaliza mis emociones y mis ganas de hacer. Todas las conversaciones maravillosas con gente a la que aprecio, todo el apoyo recibido en cada proyecto, todos los proyectos tan vivos. Y, sin embargo, todo parece estar podrido por la parte de abajo; ¿por qué?

Siento que no lo entenderé, o no podré hacer nada al respecto, hasta que no entienda por qué hago todo lo que hago y me atreva a decidir si merece la pena, si es posible compaginar o no. Tengo que replantearme todavía el sentido de todo y cada cosa una vez más, pero de otra manera.

Quiero subirme a La Cabrera a pasar frío en buena compañía.

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