4/03/2022

Primeras impresiones de la docencia

Mientras preparaba una sesión sobre Marx para segundo de bachillerato, me crucé con un concepto importante que no conocía. Sabía que existía, pero yo no le había hecho ningún caso, y de repente me veía en las de tener que explicarla.

En el marxismo usan mucho la palabra «praxis». Yo no sabía qué era eso. Praxis significa hacer cosas, cierto. Ahora bien, ¿qué cosas?, ¿para qué?: ni idea.

Empecé a entenderlo viendo Marx: la crítica al materialismo de Feuerbach en YouTube. Gracia Iglesias explica en cinco minutos cómo Feuerbach reduce la cultura a sus causas materiales. La Sagrada Familia, por ejemplo, sería un mito que sacraliza la familia tradicional, y la familia tradicional es nuestra manera de organizarnos para cumplir la necesidad de reproducirnos y continuar la especie. Esa necesidad es material, y es universal: las personas tienen cuerpo, y ese cuerpo tiene hambre, frío, sueño, impulsos sexuales, aquí y en China, ahora y hace mil años.

A Marx le encanta el ejercicio materialista de Feuerbach, pero rechaza su concepto de materia. A lo mejor a Newton le valía con una naturaleza de leyes universales, porque la ley de la gravedad no cambia nunca. Pero las personas no vivimos directamente naturaleza. Las personas labramos la tierra, picamos la piedra y construimos casas para taparnos de la lluvia: nuestro mundo es materia, sí, pero es materia trabajada.

Si fuésemos estudiosos, diríamos: «el trabajo es la mediación entre las personas y la naturaleza». Puede que las personas tengamos hambre y frío por naturaleza, y eso es muy humano, pero buscarnos las castañas para comer y vestirnos es lo más humano de todo.

Eso es lo que hacemos las personas: adaptar nuestro entorno para hacernos la vida más fácil. Eso es praxis.

A Marx eso le interesa porque significa que nuestro mundo material, con sus campos de labranza, sus azadas, sus dueños y sus trabajadores, va cambiando a lo largo de la historia, según nosotros transformamos ese mundo material.

Si fuésemos estudiosos, diríamos: «la materia está atravesada por la praxis». O aún peor: «por tanto, la materia está sometida a las leyes de la historia».

Pero no somos estudiosos, y tampoco somos Marx: esto a mí me interesa porque me miré un vídeo de YouTube para preparar una clase, y de repente no paro de pensar en que la esencia de las personas es trabajar para adaptar su entorno y hacer un mundo mejor.

Es irónico. Sólo me encontré con ese concepto porque estaba preparándome una clase; al final, mi propia praxis me llevó al descubrimiento de la idea de praxis. Dándole vueltas a esto, he llegado a la conclusión de que un elemento central de la praxis es la implicación emocional con el trabajo. Como estoy implicado con los chavales, me encuentro bien enseñando, le veo sentido.

Esto, como habrá advertido el lector avispado, no encaja con la típica descripción marxista del trabajo: yo debería estar explotado y alienado. Eso no sucede por dos razones. Primero, la alienación viene del trabajo asalariado, «labour» en inglés, que es la forma actual de realizar trabajo en general, «work» en inglés. Y yo no tengo un trabajo asalariado sino unas prácticas (del griego «praxis»).

En segundo lugar, las prácticas me han dado muchas facilidades. Dentro de la lista de centros de prácticas, yo elegí a cuál ir (y nadie más lo quería). Hablando con mi tutor, acordamos los grupos en los que iba a dar clase y los temas que iba a enseñar. No tuve que ajustarme a ninguna programación: solamente tenía que intentar hacer el mejor trabajo posible, con rigor, y luego documentarlo para la memoria de prácticas. Además, mi carga lectiva ha alcanzado, en su pico, una hora al día durante cinco días seguidos, con un total de tres grupos.

Estaría curioso ver el grado de implicación emocional que tendría enseñando un temario obligatorio a siete grupos distintos durante cuatro o cinco horas diarias en un centro que me ha tocado por lista.

Me tienta cerrar diciendo que la docencia cambia tu forma de ver del mundo. Sería falaz: yo ya tenía mis simpatías ideológicas, porque uno no se pone a hacer análisis marxista de la noche a la mañana por prepararse una clase. No obstante, mira, lo de que se aprende enseñando sí que era verdad.

2/12/2022

Arreglen el MESOB

A la última clase de TIC llegamos algo así como veinte minutos tarde, y pasamos los siguiente veinte minutos comentando asuntos de organización. Siento que hay un problema importante en este máster.

En realidad esto ya lo sabíamos: todo el mundo se queja del máster, excepto los propios del máster, que se quejan de que todo el mundo se queja del máster. Pero no me funciona la atribución habitual de responsabilidades, porque no explica nada. A primera vista, que el máster sea «todo paja» por culpa de «los pedagogos» no explica por qué los estudiantes llegamos veinte minutos tarde, ni por qué hay que dedicar veinte minutos de clase a organizarse. Y, sin embargo, tanto la paja como los retrasos tienen una causa común.

Aquel día llegamos tarde porque el profesor anterior se extendió en su clase hasta pasada su hora, error humano, y después de eso nosotros decidimos mantener el descanso de diez minutos entre clase y clase. Del descanso se puede decir que es necesario en una tarde de cuatro horas, pero el retraso del profesor no es solo culpa suya. Ya nos lo dijo el profesor de TIC: en esa situación se le avisa al profesor y, en última instancia, uno se va.

Pero no lo hicimos. Y no lo hicimos porque eso es gestión, y estamos cansados de hacer gestión. Tenemos nueve profesores sin contar ponentes externos, y cada uno tiene una idea sobre la evaluación. Hay que estar al tanto de las nueve evaluaciones, hay que negociar con cada uno de ellos si su carga de trabajo se ajusta al calendario y a los créditos, y hay que estar pendiente de nueve canales de comunicación distintos, por cuatro medios diferentes —presencial, Webmail, Moodle y hay incluso quien nos escribe por Teams— para aclarar dudas sobre las planificaciones de estos profesores.

Y las dudas abundan: en varias planificaciones aparecen clases en períodos libres de docencia, y al hacerlo notar, los profesores nos preguntan a nosotros cuándo se podría dar esa clase. Y podríamos responder a su pregunta, pero ni siquiera disponemos de un calendario concreto de clases: solo hay un horario genérico donde los huecos corresponden a «este profesor, o este, o este otro». Cosa que, por otra parte, ni siquiera es verdad todas las veces. Una semana nos avisan de que habrá clase de A donde ponía que era B. Otra semana, una profesora no aparece en su hora porque pensaba que su clase era después. La siguiente semana, aparecen dos ponentes a dar clase en el mismo horario.

Cada día es una sorpresa. Pero, al revés que en las tragaperras, aquí el azar nos transmite la sensación de que no tenemos ningún control sobre lo que pasará en la próxima sesión, y eso produce desafección. Para avisar a un profesor sobre la hora que es hay que estar pendiente de la hora, decidir cuándo se ha pasado y levantar la mano para intervenir. Y a estas alturas nadie quiere hacerse cargo.

Complementariamente, es natural que los profesores planifiquen clases en semanas no lectivas si no se les avisa, y no es raro que intenten acordar con los estudiantes la próxima clase si no se les ha ofrecido el calendario de clases de todo el curso para poder organizarse por sí mismos. Si todas las semanas cambia el orden de alguna sesión, era cuestión de tiempo que alguien se confundiera y faltara a su clase.

Por eso hay que pasar veinte minutos organizándose en cada clase, después de llegar veinte minutos tarde. Porque el máster está muy mal organizado. Y eso no es culpa de «los pedagogos», pero sí se puede defender que hay «mucha paja», y quizás por la misma razón por la que está mal organizado. Lo pensaremos en otra ocasión.