11/05/2017

Planes de vida





Hace un momento me he pillado a mí mismo con la guardia baja, así que no he podido impedirme autoconfesar que mi futuro ideal sería tener un pequeño estudio casero y dedicarme a hacer discos experimentales. Ha sido un poco angustiante porque me veo lejos y necesitaba esa honestidad para empezar a encauzarme, así que me he puesto platónico y le he dado a la dialéctica. Con el juego de preguntas y respuestas he elaborado un pequeño hilo del que ir tirando para pensar en el futuro.

Empezando por el principio, yo estoy estudiando filosofía. El trabajo se me hace algo tedioso, pero la filosofía está muy bien, me gusta mucho y es algo que nunca podré dejar de tener en la cabeza. Así que una cosa es segura: acabaré la carrera del tirón si me es posible. ¿Y luego qué?

Idealmente, me montaría mi estudio y a vivir. Sin embargo, la verdad es que hacer discos propios no da dinero, y dinero es una cosa que hay que tener en esta vida. Como bien dice Miguel, el dinero de la música viene de los conciertos (¿la sociedad del espectáculo?), y no sé cómo se dan conciertos de esta movida ni si es un futuro plausible. Tengo que mirarlo, pero aun suponiendo que no lo es, yo me muevo por estilos que no son el ambient: podría montarme un buen show con capacidad de venta con Maksim. Pero esto tiene un techo de beneficios por el tipo de espectáculo que sería, y por otro lado no tendré disponible a Maksim para esto mucho tiempo (aunque se le convence con nada). Parece más una solución a corto plazo, pero necesitaría algo de equipo. Quizás debería pedirlo por navidades y cumpleaños.

O quizás debería pensar en una solución a más largo plazo. Hay dos evidentes: la universidad y el instituto. No podría ser investigador porque eso me exigiría escribir mucho y leer aún más, que son dos cosas que no acostumbro a hacer en filosofía, y la segunda me resulta muy costosa. Tampoco daría clases en secundaria, porque me exigiría tanto tiempo que no podría hacer lo que realmente quiero. Por otro lado, aunque me encantan los chavales, la filosofía y enseñar, es una profesión que requiere nervios de acero, la autoestima muy bien puesta y la cabeza en su sitio todo el rato, que son tres cosas que no se me dan muy bien. Someterme a la opinión de decenas de adolescentes a diario durante años y tratar de mantener la autoridad delante de ellos podría ser más de lo que yo puedo manejar.

Si descartamos la docencia y la investigación, todavía quedan muchas vías «razonables» de ganarse el pan en lo que me gusta, como la del «músico polivalente»: hay muchos trabajos que hacer en música, pero ninguno de ellos da de comer, así que hay que saber estar a todo. Hacer arreglos a una obra, microfonar un evento, pinchar discos, reemplazar a un instrumentista enfermo, dar unas clases… La perspectiva es aterradora. En realidad, no, pero tampoco me atrae, y requiere mucha formación que no me interesa para nada.

También está la magia utópica de las fantasías juveniles. Podría llevar un negocio agradable. Una tienda de juegos de mesa, un café de juegos de mesa, un café de conciertos, un café con recreativos y juegos de mesa… y conciertos los viernes. Y sofás. La inversión de ponerlo directamente sería inabarcable, pero ya hay muchas tiendas con un funcionamiento parecido. El problema es que el sueldo que puede venir de un trabajo en una de esas debe de ser minúsculo, y conforme el sueldo aumenta por la altura del puesto, se reduce el tiempo que tendría para hacer mis movidas.

Podría mirar más posibilidades, pero creo que el problema, en el fondo, es de valores. Con algo de suerte, al acabar la carrera he leído suficiente como para haber aclarado bien qué quiero de la vida, y cómo organizarla entorno a eso. Luego hablaré con consejeros y con sabios para orientarme, y a ver qué pasa.

(PD: Es curioso cómo en cuanto dejo de escribir poesía empiezo a darle vida al blog.)

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