9/16/2017

En un lugar de la Mancha



Cuando mi amigo me invitó a pasar unos días con su familia extensa, mi primera reacción fue «qué mala idea». Más tarde se lo expliqué diciendo que, de primeras, los planes que te agradan con una persona nunca suelen involucrar a sus tíos y abuelos. Pasado un tiempo de maduración de la idea, concluí que sería muy divertido si llevaba la mente abierta. Se lo comenté a otro amigo. Lo primero que me dijo fue «qué mala idea». Y yo, como suelo hacer, no le hice ni caso. De todos modos, la clase de escenas incómodas que imaginé no ocurrieron.

Fue particularmente incómodo el encuentro con el abuelo, que aseguraba conocerme. Ante nuestra incredulidad, nos dijo que «dime con quién andas, y te diré quién eres, y como veo que andas con mi nieto, ya sé todo de ti». Y a partir de ahí, el hombre tiró millas. Los refranes no cesaron en toda la comida. Hubo un estallido de risa colectiva (de las otras siete personas que comíamos allí ese día) cuando su mujer le dijo algo así como «¡calla ya, hombre, que estamos comiendo!».

Durante momentos puntuales de esa comida me retraje y observé la animada escena familiar. Sucedió igual en otras tantas comidas, especialmente en las que veía a mi amigo reír con sus padres sobre chistes internos. Se me hacía realmente enternecedor, a decir verdad. Me calientan el corazón las ocasiones de felicidad íntima y cotidiana.

Pero no todo era la comodidad costumbrista. Alternaba esas sensaciones de cotidianeidad con otras de sorpresa. De las primeras cosas que me sorprendieron allí fue la experiencia estética que me causó el patio de casa tradicional manchega: un agujero hasta el techo que atraviesa varios pisos; un donut de casa enrollado alrededor de esa columna de aire polvoriento y penumbra que atraviesa el toldo bajo el tragaluz. La sensación de espacio, grande pero limitado, en tres dimensiones. La sensación de sosiego silencioso, discreto pero imponente. El patio con el toldo echado es un titán a la hora de la siesta. Esto era así en su casa y en la de sus abuelos, donde además tenían en ese espacio una mesa y sillas de chiringuito para comer, muy empequeñecido todo por el titán dormido. La segunda experiencia estética vino con el cuadro que hacía la puerta del garaje a la luz filtrada por el toldo, con el sol colándose por las rendijas y la Citroën Berlingo aparcada delante.

Me propuse disfrutar de esos momentos de belleza, y el siguiente se dio esa misma noche. Este fin de semana, me habían dicho, se iba a bajar a la virgen desde la ermita a la iglesia del pueblo. Mientras me iba acomodando en mi nueva habitación, unos petardos chisporroteaban en la calle. Me pareció que sonaban prácticamente junto a la ventana, así que, al rato, salí a la calle, pensando a broma «estos fanáticos cristianos…». De hecho, recuerdo muy claramente cómo la broma se disipó en mi cabeza al observar, apoyado en el marco de la puerta, los cohetes subir por delante de la iglesia y explotar con ruido y luz ahí arriba, muy por encima de los tejados, mientras las campanas repicaban en la noche.

Contemplé de brazos cruzados un rato, fijando la escena en mi memoria.

Mantuve esa actitud en tantos otros momentos de mi estancia allí. El domingo por la noche, sin ir más lejos. Mi amigo me relató suavemente, sonando al fondo un vinilo de jazz de artistas que ninguno de los dos conocía, cómo el vértigo vital se le hace un poco como aquella vez que fue en avión: se tambaleó en unas turbulencias, y en ese momento sintió que se caía. Pero con toda la tranquilidad del mundo: «Ah, bueno, pues se cae.»

No solo estuve contemplativo estos días. En otros momentos fui muy interactivo. (Eso contribuyó al sentimiento de sorpresa que decía antes.) No sé si por el salero manchego de esta gente o por la hospitalidad y amabilidad de la familia de mi amigo en particular, me sentí muy cómodo en seguida, como para soltar los chistes según me venían. Que suele ser a menudo. Una tarde jugué con ellos al Continental (otra cosa que me había imaginado también completamente distinta) y muy rápidamente me apunté a lanzar improperios. Y además a lanzarlos contra gente a la que no había visto en mi vida. Divertidísimo.

Hubo un momento particular que me llevó a plantearme si quizás estaría intimando por encima de mis posibilidades. Igual esta gente se reía por no hacer el feo, pero yo les estaba incomodando. Durante una cena con mi amigo, su hermana y sus padres, tuve esa sensación permanentemente. Nada que ver con la siguiente cena, el día que bajaron la virgen, que el sitio estaba a reventar y tardaron lo menos una hora en servirnos. Aprovechamos para contar anécdotas de unas cosas y otras, y fue realmente amistoso.

Pensé varias veces que se llevarían muy bien con mi propia familia. Es decir, que aparte de ir yo a visitar la familia lejana de este hombre, podría forjarse un lazo algo más duradero. También pensé eso en la comida de ese mismo día, con una decena de familiares, cuando me puse a hablar con los de delante y descubrí que a uno (el tío segundo de mi amigo) le iba el rock progresivo y que su hija componía bandas sonoras con el Kontakt y el Logic Pro. Intercambiamos opiniones de esas cosas, pero por algún motivo no conseguí causar buena impresión, creo.

Medité mucho sobre qué me llevaba de este viaje. Qué me quedaría cuando acabara. De alguna manera, lo bueno de las cosas se queda en las cosas, aunque uno pueda disfrutar de recordarlas. Las buenas experiencias, como el volleyball en la piscina o el olor de la tienda de queso, solo son buenas realmente mientras se viven. Así que todo eso se ha quedado allí, con el polvo manchego. Sin embargo, hay algo que sí me puedo llevar. Literalmente. Dos cosas, de hecho. Una piedra con fósiles de concha que había en la finca de la piscina, y una anécdota.

En cierto momento de una cena, los padres y los abuelos de mi amigo se pusieron a recordar todos los motes de la gente del pueblo, hasta que llegaron a uno al que llamaban Materre. El padre se acordó entonces de varias historias relacionadas con este tipo. Durante la dictadura, Materre militaba clandestinamente en el Partido Comunista y repartía el periódico del partido, el Mundo obrero. Se ve que el hombre no debía de ser muy listo, así que debieron de pensar que era inofensivo, y por eso nunca le pasó nada. Lo más curioso es que su vecino, Félix, era un señor falangista al que Materre solía repartir el periódico al grito de «¡Félix, el Mundo obrero!» Juro que el gesto con el que el padre escenificó ese momento me tuvo riéndome durante horas, sin exagerar. Cada rato me acordaba y empezaba a reírme otra vez, y cuando me preguntaban, yo sólo podía decirles una cosa:

«¡Félix, el Mundo obrero

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