Cuando mi amigo
me invitó a pasar unos días con su familia extensa, mi primera reacción fue
«qué mala idea». Más tarde se lo expliqué diciendo que, de primeras, los planes
que te agradan con una persona nunca suelen involucrar a sus tíos y abuelos.
Pasado un tiempo de maduración de la idea, concluí que sería muy divertido si
llevaba la mente abierta. Se lo comenté a otro amigo. Lo primero que me dijo
fue «qué mala idea». Y yo, como suelo hacer, no le hice ni caso. De todos
modos, la clase de escenas incómodas que imaginé no ocurrieron.
Fue
particularmente incómodo el encuentro con el abuelo, que aseguraba conocerme.
Ante nuestra incredulidad, nos dijo que «dime con quién andas, y te diré quién
eres, y como veo que andas con mi nieto, ya sé todo de ti». Y a partir de ahí,
el hombre tiró millas. Los refranes no cesaron en toda la comida. Hubo un
estallido de risa colectiva (de las otras siete personas que comíamos allí ese
día) cuando su mujer le dijo algo así como «¡calla ya, hombre, que estamos
comiendo!».
Durante momentos
puntuales de esa comida me retraje y observé la animada escena familiar. Sucedió
igual en otras tantas comidas, especialmente en las que veía a mi amigo reír
con sus padres sobre chistes internos. Se me hacía realmente enternecedor, a
decir verdad. Me calientan el corazón las ocasiones de felicidad íntima y
cotidiana.
Pero no todo era
la comodidad costumbrista. Alternaba esas sensaciones de cotidianeidad con
otras de sorpresa. De las primeras cosas que me sorprendieron allí fue la
experiencia estética que me causó el patio de casa tradicional manchega: un
agujero hasta el techo que atraviesa varios pisos; un donut de casa enrollado
alrededor de esa columna de aire polvoriento y penumbra que atraviesa el toldo
bajo el tragaluz. La sensación de espacio,
grande pero limitado, en tres dimensiones. La sensación de sosiego silencioso,
discreto pero imponente. El patio con el toldo echado es un titán a la hora de
la siesta. Esto era así en su casa y en la de sus abuelos, donde además tenían
en ese espacio una mesa y sillas de
chiringuito para comer, muy empequeñecido todo por el titán dormido. La segunda
experiencia estética vino con el cuadro que hacía la puerta del garaje a la luz
filtrada por el toldo, con el sol colándose por las rendijas y la Citroën
Berlingo aparcada delante.
Me propuse
disfrutar de esos momentos de belleza, y el siguiente se dio esa misma noche. Este
fin de semana, me habían dicho, se iba a bajar a la virgen desde la ermita a la
iglesia del pueblo. Mientras me iba acomodando en mi nueva habitación, unos
petardos chisporroteaban en la calle. Me pareció que sonaban prácticamente
junto a la ventana, así que, al rato, salí a la calle, pensando a broma «estos
fanáticos cristianos…». De hecho, recuerdo muy claramente cómo la broma se disipó
en mi cabeza al observar, apoyado en el marco de la puerta, los cohetes subir
por delante de la iglesia y explotar con ruido y luz ahí arriba, muy por encima
de los tejados, mientras las campanas repicaban en la noche.
Contemplé de
brazos cruzados un rato, fijando la escena en mi memoria.
Mantuve esa
actitud en tantos otros momentos de mi estancia allí. El domingo por la noche,
sin ir más lejos. Mi amigo me relató suavemente, sonando al fondo un vinilo de
jazz de artistas que ninguno de los dos conocía, cómo el vértigo vital se le
hace un poco como aquella vez que fue en avión: se tambaleó en unas
turbulencias, y en ese momento sintió que se caía. Pero con toda la
tranquilidad del mundo: «Ah, bueno, pues se cae.»
No solo estuve
contemplativo estos días. En otros momentos fui muy interactivo. (Eso
contribuyó al sentimiento de sorpresa que decía antes.) No sé si por el salero
manchego de esta gente o por la hospitalidad y amabilidad de la familia de mi
amigo en particular, me sentí muy cómodo en seguida, como para soltar los
chistes según me venían. Que suele ser a menudo. Una tarde jugué con ellos al
Continental (otra cosa que me había imaginado también completamente distinta) y
muy rápidamente me apunté a lanzar improperios. Y además a lanzarlos contra gente
a la que no había visto en mi vida. Divertidísimo.
Hubo un momento
particular que me llevó a plantearme si quizás estaría intimando por encima de
mis posibilidades. Igual esta gente se reía por no hacer el feo, pero yo les
estaba incomodando. Durante una cena con mi amigo, su hermana y sus padres,
tuve esa sensación permanentemente. Nada que ver con la siguiente cena, el día
que bajaron la virgen, que el sitio estaba a reventar y tardaron lo menos una
hora en servirnos. Aprovechamos para contar anécdotas de unas cosas y otras, y
fue realmente amistoso.
Pensé varias veces
que se llevarían muy bien con mi propia familia. Es decir, que aparte de ir yo
a visitar la familia lejana de este hombre, podría forjarse un lazo algo más
duradero. También pensé eso en la comida de ese mismo día, con una decena de
familiares, cuando me puse a hablar con los de delante y descubrí que a uno (el
tío segundo de mi amigo) le iba el rock progresivo y que su hija componía
bandas sonoras con el Kontakt y el Logic Pro. Intercambiamos opiniones de esas
cosas, pero por algún motivo no conseguí causar buena impresión, creo.
Medité mucho sobre
qué me llevaba de este viaje. Qué me quedaría cuando acabara. De alguna manera,
lo bueno de las cosas se queda en las cosas, aunque uno pueda disfrutar de
recordarlas. Las buenas experiencias, como el volleyball en la piscina o el
olor de la tienda de queso, solo son buenas realmente mientras se viven. Así
que todo eso se ha quedado allí, con el polvo manchego. Sin embargo, hay algo
que sí me puedo llevar. Literalmente. Dos cosas, de hecho. Una piedra con
fósiles de concha que había en la finca de la piscina, y una anécdota.
En cierto momento
de una cena, los padres y los abuelos de mi amigo se pusieron a recordar todos
los motes de la gente del pueblo, hasta que llegaron a uno al que llamaban
Materre. El padre se acordó entonces de varias historias relacionadas con este
tipo. Durante la dictadura, Materre militaba clandestinamente en el Partido
Comunista y repartía el periódico del partido, el Mundo obrero. Se ve que el hombre no debía de ser muy listo, así
que debieron de pensar que era inofensivo, y por eso nunca le pasó nada. Lo más
curioso es que su vecino, Félix, era un señor falangista al que Materre solía
repartir el periódico al grito de «¡Félix, el Mundo obrero!» Juro que el gesto con el que el padre escenificó ese momento
me tuvo riéndome durante horas, sin exagerar. Cada rato me acordaba y empezaba
a reírme otra vez, y cuando me preguntaban, yo sólo podía decirles una cosa:
«¡Félix, el Mundo obrero!»

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