El otoño de 2015 fue una buena temporada. Por casi dos meses olvidé totalmente quién había sido hasta entonces. Luego las cosas cambiaron, y durante los dos años siguientes me he ido recuperando a mí mismo poco a poco; como pintando un autorretrato con los mismos colores, pero pinceles distintos.
A principios de 2016 recordé que yo soy una persona bastante nostálgica. Mi profesor de lengua de bachillerato me descubrió hace años que «recordar» es una palabra muy bonita, porque significa «devolver al corazón», al cardio. Así que devolví ese fetiche por mirar al pasado a mi corazón, y de momento no se ha ido.
La razón es que mirar atrás me provoca muchos sentimientos. Desde bien pequeñito vengo cultivando mi existencialismo personal, como todo buen millenial, y antes de aprender a atarme los zapatos ya me planteaba que igual todo el mundo es un robot, que quizás la humanidad no es más que el sueño de un gigante, que puede que vivir no merezca la pena sabiendo que luego se acaba. También pensé que lo mismo los niños no crecen, porque de todos modos es inapreciable. Valdría con cambiar la marca en la pared para creer que eres más alto que ayer...
Supongo que fue entre los diez y los trece cuando reformulé eso un poco más seriamente. Me di cuenta de que, en cada momento, crees en el pasado porque lo recuerdas, así que lo mismo nací ayer con una vida falsa grabada en el disco duro. De alguna manera, eso hizo que, para mí, el pasado fuera menos mío, menos real. Además adquirí el hábito de pensar de vez en cuando: «esto que vivo es en realidad un recuerdo descolorido.» Y, claro, cada vez que miro atrás para ver si era verdad, confirmo que tenía razón.
Todo esto son juegos mentales, nada sistemático, pero se ha convertido en un asunto sentimental. Y el sentimiento es que todo pasa, nada permanece. El tiempo literalmente deshace el camino que hago según lo voy dejando atrás. Puede que por eso me guste tanto mirar al pasado y descubrir que sigue ahí, aunque con la melancolía de que ya no está aquí.
Durante ese gran otoño de 2015 no me tuve que preocupar de nada de esto, porque todo iba tan bien que recordar no era mejor que simplemente volcarme en el presente.
Pero en cuanto eso cambió, me encontré con que ya no sabía recordar, no sabía qué había pasado antes del 28 de septiembre. Uno de los pilares de mi religión es que somos nuestra historia, y sin historia… no sabía quién o cómo ser.
Me curé de esto buscando recuerdos. Mi terapeuta me pidió que le hablara de fotos viejas; eso me empujó a rebuscar y encontré muchas más cosas de las que esperaba ver en las carpetas de whatsapp de mis móviles viejos.
Con tanto recordar, recordé que me gusta recordar, pero hay muchas maneras de mirar al pasado. Uno puede mirar fotos viejas en intimidad, o enseñarle su galería a una amiga. También puede volver a contar anécdotas colectivas en el grupo de toda la vida, o poner al día a los que ves poco a menudo. Todo esto conforma una historia, y una historia es una identidad.
Hay un disfraz de los recuerdos al que yo siempre he tenido mucho apego, que es la tradición. ¿O la costumbre? La tradición en realidad no es más que convertir una costumbre en ritual; salir los jueves porque se sale los jueves en vez de porque viene mejor. Sin embargo, eso sirve para reconocer y anunciar que hay cosas que perduran, y la estabilidad me hace sentirme más tranquilo y reconfortado. Quizás el tiempo no lo devora todo en realidad.
Mi familia no es muy conservadora que se diga, y son gente bastante pragmática. No es frecuente que hagan las cosas por hacer. Esto me ha construido como soy ahora y no lo cambiaría, pero siempre pienso que me gustaría poder decir que «todos los domingos íbamos en bici al pueblo de al lado» o que «a final de curso nos íbamos al parque de atracciones» o algo así. Aunque algunas veces pasaba; las pocas de esas que había giraban alrededor de mis abuelos.
Por eso, cuando en mi vida he ido generando costumbres con mis amigos, les he cogido mucho apego, y hacerlas tradición, como los cumpleaños conjuntos o la barbacoa de verano, es echarle virutas de chocolate al helado.
Supongo que en todas las relaciones hay costumbres o tradiciones, que junto con las anécdotas, ayudan asegurarla y reafirmarla.Durante mucho tiempo, Julen y yo mantuvimos varias costumbres que nunca llegaron a convertirse en tradición, pero persistían como el olor a vinagre: cuando me llevaba a casa después de teatro los domingos, cuando venía a cenar y hablábamos hasta las seis de la mañana.
Como una matrioska de costumbres, esas dos encerraban otras. No se puede olvidar la recurrente conversación sobre el estado de la asociación cuando se acercaba el verano, pero la que me importa ahora es la previsión del porvenir general cuando este se iba terminando.
«Este va a ser mi año sabático.»
Ya, claro.
En agosto de 2016 intuí un año malísimo. Fue un año malísimo. No entremos en detalles.
A principios de julio de 2017 preví un año bueno, quizás tan bueno como lo fue 2015-2016. Tenía reciente un viaje de paso del ecuador que me confirmó un buen grupo de amigos, y había acabado el curso con un nuevo amor por la carrera y mejores notas. Sólo me faltaba un poco de salseo sentimental, y aquello ya estaba ganado.
A finales de julio de 2017 confirmé que el grupo de amigos no era ilusorio, aunque vi cara a cara las dificultades que iba a conllevar. Había un amigo pasando por una época dura, y quería echar una mano, aunque eso tuviera su peaje emocional.
En agosto de 2017 me encerré en mi familia, mis proyectos musicales y la talla de figuritas de madera. Ocasionalmente relaté en un blog las pocas noches que salí.
El sábado 9 de septiembre volví a viajar en autobús. Durante el trayecto, el sol descendió de su trono de la tarde hasta hundirse tras la meseta, dando paso a la noche. El mismo trayecto en el que yo dejaba atrás mi pueblo natal y mi verano y avanzaba de frente hacia otro septiembre más en la capital.
Esa misma mañana había recogido de la tienda mi móvil, ya reparado, y sentado en el bus volví a abrir whatsapp por primera vez en un mes y medio. Jorge me dio la bienvenida. Me metió en dos grupos de whatsapp de los que, acto seguido, mi amigo en época dura se fue sin mediar palabra.
Por la noche bajé al bar de confianza a tomarme una cerveza de despedida con una amiga cercana, que se va seis meses a otro país. La noche anterior me tomé el chupito de despedida con otra amiga que se va al extranjero. No llegué a despedirme de mi amigo el escéptico, que se va a otra ciudad.
El domingo 10 de septiembre por la noche descubro que, por lo que anda publicando, mi amigo en problemas quizás me odie a muerte.
Hoy, lunes 11 de septiembre a las 19.00, estoy en el metro de camino a ver la casa nueva de Jorge, novelando mi propia vida en la app de notas, preguntándome si no me tomo demasiado en serio a mí mismo al leer los primeros párrafos de este texto.
Hoy, lunes 11 de septiembre a las 23.30, estoy en el andén del cercanías dejando pasar los trenes mientras hablo con Jorge.
Está verdaderamente feliz y realmente triste por diversas razones. A él también le gusta hacer el porvenir del año, y estima un año bueno. Yo he dejado de ilusionarme por la carrera y por el grupo de amigos y solo quiero retirarme a mi cueva a hacer música. Hablamos del grupo de amigos, de Leonardo y la expomanga, del viajecito de paso del ecuador, de cómo mejorar nuestra media.
No siento que nada esté fundamentalmente resuelto, pero hablar de ello con Jorge me da fuerzas para lidiar y para moverme, me anima a ilusionarme y a resistir.
[Martes, 12 de septiembre de 2017 a las 0:04. Showtime.]

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