Ocasionalmente le doy una oportunidad a las cosas buenas que me voy encontrando en la vida. Una primera impresión más o menos común es que lo bueno es muy bello. Desde que tengo memoria, para mí eso nunca ha sido así. A pesar de todo, las cosas buenas que se ofrecen siguen mereciendo la pena. No es que las cosas buenas sean bellas, pero son buenas. Di cinco euros a las chicas sordomudas que piden en el tren una vez. También me apunté a un curso online gratuito que anunciaba el sistema para hacerse rico usando YouTube. Y si alguien alza una ceja ante cualquiera de las dos situaciones, bueno, yo nunca creí en nada de esto, pero no puede ser malo. ¿No?
Evidentemente lo era. Oí contar a un conocido que las chicas sordomudas del tren oyen perfectamente, o al menos pueden estar en una conversación sin lengua de signos de esa que te hacen para pedirte que rellenes tus datos en el formulario de donativos. En cuanto al cursillo gratis, constaba de cuatro vídeos eternos y repetitivos hasta la saciedad, que aseguraban poder sacarte de los trabajos ordinarios para vivir tu pasión siguiendo los métodos que explicaban ahí. Los tres primeros incluían estrategias reales, bastante sencillitas, y el cuarto era un gran bodrio que concluía—no, no concluía, llegaba a su cénit con el descubrimiento de que, en realidad, el curso es un súper sistema de no sé cuantísimas horas por el módico precio de unos mil euros. Y luego se sucedían durante lo menos media hora más los testimonios de cuatro o cinco estudiantes del curso. Completamente encantados, claro.
Las cosas buenas no son bellas ni buenas.
Así que luego, ya descreído, me dedico a mí mismo y mis diversas funciones vitales. Estoy escuchando algún disco decadente de dos mil trece al que me aficioné en la adolescencia, ahora completamente consciente de que es el momento definitivo en el que ese grupo empezó a hacer música para la venta, ignorando el arte. Totalmente a sabiendas de que entrar a una página de porno es como entrar a una carnicería, con las mujeres apiladas como cachos de carne en los expositores, etiquetadas para más comodidad del consumidor: «lesbiana», «madura», «morena». Una máquina atroz de sacar cuartos a costa de deshumanizar unos humanos en favor de otros.
No es que todo sea mentira, es que es plástico, cartón, trampas para turistas y sumideros de dinero.
Y a pesar de todo hay quien dice que da igual. Según su historia, no sólo es que no haga falta que algo sea verdad, es que no hace falta ni que sea honesto. Para empezar, no es necesario que un grupo haga música que suene «artística» (música de verdad); podría sonar comercial y tener intención artística (música honesta). Pero tampoco hace falta que tenga esa intención. Es totalmente legítimo vender un disco como una exploración del amor sin haber ningún amor, con la sola intención de vender, porque—y aquí llega ese gran salvavidas—«a mí me gusta».
«A mí me gusta» justifica cualquier acción desde que la metafísica murió en el XIX, y con ella, los grandes monolitos de la verdad y el deber. A partir de ese momento, el mundo ha tomado un rumbo peligroso. Las cosas no son verdad en sí, sino que nosotros las creemos. Las cosas no son bellas de por sí, sino que a nosotros nos gustan. Y no hay nada más allá.
Esto es menos peligroso cuando se habla de belleza. Si de repente queman la Mona Lisa porque ya no le gusta a nadie, no habrá ninguna consecuencia horrible. Por eso «a mí me gusta» funciona tan bien; porque en el fondo da igual. Puedo escuchar Camela sin rendir cuentas a nadie, porque «a mí me gusta», y me da igual si ahí hay belleza o no. Por lo que sabemos, lo mismo la belleza no existe.
Sin embargo, esto solo nos devuelve a la casilla de salida: no hay por qué preguntarse por la belleza; sólo nos importa la experiencia estética. Está muy bien, hay que pasar por ahí, y si te agrada, quedarte. Pero cuando yo conocí a mi amigo, ya estaba ahí, y llegado ahí tenía que seguir andando. Transité por varios tramos del camino. La caridad no es bella: las cosas buenas no son buenas, sino que quieren mi dinero, como todas las demás. Sí, la caridad no es bella, pero el desengaño tampoco. Saber que las cosas buenas no son buenas no las hace bellas. Solo ignora la cuestión de la belleza.
La inocencia no funciona, y el escepticismo tampoco. Uno puede estar dando vueltas al asunto toda la vida y no encontrar la belleza en ningún lado. Fingir que la salida de este callejón es algo que depende de nosotros estaría muy mal, pero lo curioso es eso, que se sale. Se suele decir que cuantas más vueltas das, más lejos estás de la salida, pero eso tampoco es justo. Cuantas más vueltas das, más vueltas has dado, y la salida caprichosa puede venir a ti o no.
Y, como siempre, cuando viene, sólo muestra media cara. Dios se tuvo que hacer Cristo para salvarnos: no vale ser plenitud, luz y perfección si quieres funcionar en el mundo. Un Dios infinito en una Tierra finita no tiene sentido. Y a la belleza le pasa un poco igual: la gran forma, plena y suprema, luz y perfección nos queda muy grande. Ni nos cabe en la cabeza ni nos cabrá, ni la veremos nacer rodeada de espuma sobre una concha.
Dios, el Ser, la Belleza… todo eso nos está vetado. Pero a la vez no, porque aquí que vino el Cristo a salvar ovejas, y aquí que estamos nosotros preguntando por la belleza. No tiene lugar una cosa eterna en el reino de los mortales, pero aun sin que lleguemos a ver la eternidad, en algún momento ella, caprichosa, decide venir a nosotros. Nos ve dando vueltas mareados en el callejón oscuro, y se apiada de nosotros. Dios baja a salvarnos en la forma de Cristo, y la belleza baja a salvarnos en la forma de lo bello.
Así que ahí estaba yo, ni juzgando ni suspendiendo juicio, tratando de verle el quinto pie al gato. Tantas vueltas, tanto camino y tanta curva… tantas cosas buenas, malas, falsas, no son bellas… así que, cuando la diosa finalmente viene a mí, ¿qué cosa es bella?
Bella es mi prima con una chaqueta blanca tocando el piano a oscuras: los dedos delgados, livianos, presionando las teclas sin esfuerzo al contraluz de un día gris y lluvioso que se cuela por la ventana al fondo, inundando de penumbra la habitación vacía en medio de una mudanza.
Bello es el vals sencillo mezclado con el sonido de la lluvia, que repiquetea contra el cristal.
Bello es el momento en el que yo me siento en el suelo, callo, y escucho.

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