8/04/2017

De amigos y desconocidos

Una vez un amigo compartió algo realmente íntimo conmigo. No recuerdo una situación más incómoda en todo el año.

Después de una cena de varios en mi casa, los invitados se fueron yendo, y nos quedamos él, otra chica y yo. Él hace rap, y nos ofreció enseñarnos una muestrilla de su arte. Vale, le dijimos. Y el tío se rapeó, así en frío, dos minutos de versos y rimas compartiendo sentimientos sobre su pasado y su persona. Nosotros dos le escuchamos atentamente, sentados al otro lado de la mesa. A partir del segundo 5 yo ya no sabía a dónde mirar.

Varios meses antes de esto, al volver a casa de la universidad encontré en el suelo unas hojas de papel pegadas por un borde con cinta arcoíris. Las recogí y, no, no eran una carta de un paracaidista a su madre, sino una especie de cuaderno o diario de un niño. Lo firmaba Joaquín. En una hoja había una lista con lo que serían sus compañeros de clase y la relación que tenía con ellos, en plan «María - mejor amiga». En otra listaba sus canciones favoritas. En la última había una redacción acerca de la chica que le gusta. Lo encontré muy enternecedor.

Para ser justos, Joaquín no era Calderón de la Barca, pero definitivamente el cuaderno de este completo desconocido me conmovió mucho más que el rap de mi amigo.

Yo hago música y sé lo que es mostrar lo que escribes a otros. La idea achanta, y hay que prepararse, coger carrerilla. Todos los rockeros salen al escenario borrachos como cubas. Quizás por eso se me hizo tan violento el rap de mi amigo, al ocurrir sin ningún ritual ni nada. Eso de que en los conciertos de música clásica hay que aplaudir cuando entra el director, y otra vez con el concertino, pero no entre movimientos. Eso de que, en el teatro, hay una distancia cómoda entre las tablas y las butacas que te permite diferenciar al público, personas humanas, de los actores, partes de una obra de arte, aunque en el fondo sean lo mismo.

Esas tradiciones son a lo que nos agarramos para no caernos. Tenemos mucho miedo de caernos todo el rato, los humanos, y nos inventamos estas reglas para funcionar más o menos en el mundo1: sillones—público. Escenario—actores. Y cuando te rompen las reglas, te quedas como yo aquel día: con cara de póker, no vaya a notar que esto se me hace muy muy raro.

Puede que no fuera por eso. Puede que fuera porque fue una interacción mucho más íntima que mi relación con este chico. Este tipo de cosas pasan de vez en cuando. Por otro lado, con el joven Joaquín no tengo ninguna relación en absoluto. Soy un mero espectador de su intimidad; él ni si quiera sabe que tengo su cuaderno. Yo no tengo que responder a Joaquín, y a mi amigo sí. No tengo que plantearme qué significa, para mi relación con Joaquín, el leer esas hojas, mientras que con mi amigo, fue un constante «madre mía qué está pasando». ¿Somos más amigos? ¿No? ¿Yo quería saber todo esto de ti? Más bien no.

En realidad no fue tan malo, pero desde luego muy desconcertante.


1. Aquí digo que hacemos reglas para funcionar en el mundo. Otros dirán que para mantener estructuras de poder, como Foucault. Otros responderán que funcionar en el mundo implica mantener estructuras de poder. De momento no me mojo.

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