8/08/2017

Problemas y pájaros


Es bien sabido que para hablar de problemas y pájaros, primero hay que tratar de bomberos y pescadores.

Primero vamos con los bomberos. Leí una vez que, en un estudio, a los miembros de un grupo les contaban que un bombero había desobedecido órdenes directas para salvar a alguien en un incendio o algo así, y sus superiores le habían premiado por su valor. A los del otro grupo les contaron la misma historia, pero cambiaron al final; les dijeron que habían castigado al bombero por su insubordinación.

Luego les dijeron a los dos grupos que la historia era inventada.

El último paso del estudio era hacerles un test sobre qué decisiones tomarían como bomberos. El segundo grupo daba respuestas mucho más conservadoras que el otro.

Conclusión rápida del estudio de los bomberos: la cabeza humana no está diseñada para comprender La Verdad, con mayúsculas, ni para razonar perfectamente, ni nada. Está diseñada para sobrevivir. Y se sobrevive oyendo las historias de los ancianos de la tribu, que saben mucho, y actuando acorde con ellas.

Vamos ahora con los pescadores. En las conversaciones sobre Saber Cosas, la ciencia, la historia y demás, suele salir a colación el ejemplo clásico de «aquella vez que la humanidad se equivocó y luego descubrió que se había equivocado, y rectificó»: la forma de la Tierra.

(Como esta historia se cuenta siempre desde el mismo punto de vista, voy a ser sarcástico al respecto sin ofrecer alternativas a cambio. Sin ningún motivo particular.) Durante mucho tiempo estuvimos pensando que la Tierra era plana, pero con el tiempo La Ciencia, alabada sea, se enfrentó a La Iglesia y su malvado dogmatismo en una épica pelea. La Ciencia ganó esa batalla solo con sus dos puños: los Datos Empíricos y las Matemáticas. Y al final, alcanzamos La Verdad sobre ese tema: la Tierra es esférica. O casi.

De esto, mi conclusión es normalmente que nosotros estamos tan convencidos como los antiguos de que sabemos la forma de la Tierra. Y que, como ya se comprobó con los antiguos, estar seguro de algo no es un garante de que sea verdad (chúpate esa, Descartes). Pero volvamos a los pescadores.

Una vez estaban mis padres hablando sobre cómo los niños pueden tener en su cabeza dos ideas contradictorias. Disonancia cognitiva, decían. Mi padre comentó que no sólo los niños, que todo el mundo puede. Por ejemplo, los pescadores debían saber que la tierra era, si no esférica, al menos curva, desde hace muchos cientos de años, porque al navegar te tienes que dar cuenta de que la Tierra no es plana. Pero si el cura del pueblo les pillaba por banda en la calle y les preguntaba, ellos siempre responderían convencidos que sí lo era. Disonancia cognitiva.

El principio de no contradicción es uno de los pilares de Saber Cosas. Es una de esas cosas que es muy difícil dudar. Será una regla del mundo o no, pero, visto lo visto, no de nuestra cabeza. No sé yo si eso deja en muy bien lugar a lo de Saber Cosas.


Cuando entré en Filosofía, empecé con la sensación de que era un paseo por el parque. Literalmente. El verano se alargó hasta noviembre, así que la mayoría del tiempo en la universidad lo pasábamos en el césped, aun sin saltarnos clases. Se armaban grandes fiestas, sangriadas, conciertos... para recaudar fondos para las asociaciones, y ahí se juntaba medio campus. En una de estas conocí a un chaval de tercero de Filosofía que tocaba la guitarra. Estuvimos tocando con otra gente durante varias horas, y cuando esa gente se fue yendo, nosotros nos quedamos a charlar un rato. Un ratito. Estuvimos hablando la friolera de tres horas. Primero estábamos en la facultad. Luego cerró, y nos fuimos al césped. Cuando se encendió el riego, tuvimos que huir medio empapados y cargando las guitarras hasta la Renfe, donde seguimos conversamos un rato más. Un ratito.

Se habló de muchas cosas. Entre otras, me dijo que, así como en otros grados hay una gran carga de trabajo, profesores exigentes y otras presiones psicológicas, en el nuestro, el problema es que tu sistema de creencias se viene abajo cada día del año en clase. Un autor, otro autor, otro autor. Hasta que entiendes que no puedes aplicar todas las teorías a la vida, y tienes que estudiarlas como algo a parte, aunque sea para sobrevivir.

Con los años he cogido confianza con su grupo de amigos de clase. Me contaron que, cuando llegaron a Unamuno en la asignatura de pensamiento español, todos se rompieron. Incluso lloraron en una exposición de clase, creo recordar. Supongo que fue ahí donde tocaron fondo y descubrieron que era mejor «no tomárselo demasiado en serio», que es el consejo que nos dio el delegado de segundo curso en la presentación del grado cuando entramos.

Habiendo pasado ya por Unamuno, Kant, Aristóteles, Zygmunt Bauman, Baltasar Gracián y su madre en bicicleta, puedo asegurar que ninguno de los ochenta que entramos al principio ha llorado con ninguna exposición de clase. Parece que todo el mundo lo tiene todo muy resuelto. Son autores, ya está. Puedes vivir con ello. Se les da muy bien jugar a ser pescadores: sí, sí, la Tierra es redonda y todo lo que tú quieras, pero «yo, tú, lector mío; aquel otro de más allá, cuantos pensamos sobre la Tierra» vivimos como si fuera plana; si te preguntan, la Tierra es plana. En clase sólo hay un ejemplo posible: «no podemos saber si la mesa es verde». Pero entre tú y yo... la mesa es verde.

Pues me alegro de que se os dé tan bien romper vuestra cabeza por la mitad, al modo de los pescadores, pero a mí me cuesta un poco más. A mí me pasa más bien como a los de los bomberos: me cuentan una historia, y aunque entre tú y yo la mesa sea verde, me resulta muy difícil mirarla y no pensar: igual no es verde. Igual sí es verde. Igual es todo mentira.

Igual «la mesa es verde» no significa que haya ahí fuera una mesa real que sea realmente verde, sino que «la mesa es verde» significa que yo, con mi mente, he construído una mesa verde a partir de un montón de información sensorial. Y en ese caso, «la mesa es verde» es verdad; todo lo que yo crea sin ninguna duda es lo que en realidad es la verdad. Lo que es no es algo «ahí fuera», separado de mí. No hay ser sin sujeto que piensa el ser. Ser es ser percibido. O pensado. Experimentado, si eres de los de la fenomenología. En realidad tú piensas que hay tal cosa como «yo» y «mesa», pero en realidad sólo hay «pensar en la mesa», de donde se sugiere que hay una mesa siendo pensada, y un yo pensando en ella, pero que lo mismo es mentira, y toda tu vida llevas viviendo esa mentira, y toda la humanidad la vive, la ha vivido, y la vivirá.

O a lo mejor no lo entendí bien cuando lo dimos en clase.


La ventana de mi habitación en casa de mis padres da al sur. Mi padre solía decir que no sabíamos la suerte que teníamos; en su casa de la infancia, sólo se veía el patio. Yo, en cambio, según escribo estoy viendo cómo el sol cae oblicuamente sobre los parques y tejados de mi pueblo, barnizando de oro la tarde suave de verano, estirando las sombras de los árboles y las chimeneas y arrancando naranjas brillantes de las tejas y los ladrillos, y rosas locos de las flores.

Los viejos chopos junto al río se mecen despacio con el toque de la brisa, y el verde reluce en sus hojas, en la hierba debajo, en el monte al fondo. El cielo está muy azul para lo que es este pueblo, pero, como no podía ser de otra forma, una nube distraída lo cruza de parte a parte, difuminada por el viento a esas alturas.

No se ve un alma.

Una urraca se posa sobre el asfalto. Me arrimo a la ventana para mirarla. Va dando saltitos por la calzada hasta llegar al bordillo. Luego agita las alas y brinca sobre la acera. A cada paso que da, yo voy inclinándome más y más sobre el escritorio para mantenerla a la vista. Al final estoy casi apretando la cara contra el cristal, siguiéndola con la mirada. ¿Por qué tan desesperado?

Porque si no pienso mucho en ello, es la única en todo el paisaje que me parece real. Llevo unos años pensando en lo bonita que es la vista de mi habitación, y mi pueblo natal en general. Desde que no vivo aquí, es más fácil. Hasta este verano. Hoy miro a los árboles del parque, con sus flores rosa chillón, y me parecen de plástico; las casas de ladrillo, un telón de fondo. Nada de eso está ahí, no hay «estar ahí». Y aunque estuviera, ni si quiera es como yo lo veo. Y aunque lo fuera, sólo es bonito porque me lo han vendido como bonito en las películas de Hollywood o algo así.

Pero si miro al pájaro muy fuerte, si me concentro y no pienso en nada más, puedo reírme en paz de sus saltitos y sus brincos, apreciar sus plumas blancas y negras. Moverme despacio tras el cristal, no sea que se espante y me deje solo.

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