No la vi atractiva, si eso es lo que se ha de sentir por las modelos de revista, sino algo distinto y más complejo. Según se subió al autobús me pareció muy guapa y con buen estilo, pero ambas cosas según mis estándares particulares. Luego vino a donde yo estaba de pie, agarrado a una barra, y se quedó al lado, dándome la espalda. Me dio un vuelco el corazón.
«Madre mía. No puede ser, qué casualidad. Igual ha pensado lo mismo sobre mí. ¿Debería decirle algo? No, por dios, no se aborda a la gente en el transporte público. ¡Ay, me ha pisado! Y se ha disculpado. 'No pasa nada'. Creo que lo he dicho demasiado bajito y no me ha entendido. Madre mía. Vaya montaña rusa de emociones. ¿Por qué me pongo así? ¿Es esto lo que llaman un flechazo? ¿Cómo sería vivir con esta persona? Desde luego, la imagen es agradable. Incluso las discusiones serán soportables si son con alguien así».
Nos miramos por la ventanilla cuando me bajé del bus. Parece una cosa muy nimia, pero el encuentro estuvo revoloteando en mi cabeza durante varias horas después de que ocurriera. Hay que ver cómo se pone el cerebro tras año y medio de soltería, es increíble. Qué vergüenza.
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No todas las estampas de las que formo parte son tan decadentes como esta: tirado boca abajo en la cama deshecha, en ropa interior, totalmente distraído. Con la cara al lado de las sábanas, imagino que guardan el olor de alguien que se ha ido a desayunar... ¿el olor de quién? A falta de una respuesta mejor, me digo que el de la chica del bus. Trato de visualizarla haciendo unas tostadas. Sólo recuerdo bien su nariz y su pelo. La verdad es que era muy guapa, pero, eso sí: ¿en qué momento me he convertido en la persona que imagina el olor en las sábanas de alguien que se encuentra en el transporte público? ¡Qué asco! Dicho así suena terrible, a acosador enfermizo. Dios sabe dónde tengo la cabeza para llegar a estos sitios tan raros. Menos mal que los pies todavía los tengo en el suelo.
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