8/10/2017
Crónica de una noche de verano no anunciada
Este es un siglo muy bueno para darse cuenta de la gran cantidad de tradiciones absurdas que conforman nuestra vida. En mi pueblo tenemos la de salir de fiesta los jueves. Los jueves como podía ser cualquier otro día, pero aquí es los jueves. Y como en mi pueblo se sale de pintxos, salir los jueves a comer pintxos se llama salir de juevintxo. O de juevin, si eres ese tipo de persona.
En mis años de instituto nunca salí de juevintxo. La economía juvenil no se lleva bien con el alcohol de bar. De hecho, no ha sido hasta este verano, tras dos años viviendo en Madrid, que he empezado seriamente a salir de bares por Pamplona, y tiene su encanto. Cada demográfica tiene sus zonas de interés: si estás aquí por la comida, probablemente andarás por la Estafeta. Si te va la marcha, San Nicolás. La gente más rarilla se mueve por Calderería, Navarrería y alrededores, donde están los bares de rock y metal de referencia. Por algún motivo, el metal ha aglutinado a su alrededor todas las culturas alternativas al pachangueo: los chicos indies, los frikis tradicionales, los otakus... incluso los punkis, aunque esos tienen su propio tugurio en Jarauta.
A las nueve y media hemos quedado «frente al Burger de lo viejo». Evidentemente, todos aparecemos sobre las diez. Por 4,50€ en un bar de Navarrería nos ponen unas bravas y una caña, que siempre entran bien, y matamos el rato intercambiando anécdotas. Como aquella vez que salté en una raya de carretera recién pintada, o cómo Julen empezó el curso diciendo «este va a ser mi año sabático» y acabó dirigiendo dos talleres de teatro y trabajando en tres sitios distintos.
Sólo en ese espacio de tiempo me encuentro y me paro a hablar con el bueno de Mikel, un vecino y amigo de la infancia, y con Dámaso y Toni, compañero de clase y hermano de otro compañero de clase con los que toqué una vez en un concierto. A los tres les va bien, viven sus vidas y descansan tomándose unas cervezas a la hermosa temperatura de diecisiete grados en agosto.
Todas estas zonas de bares de las que hablo son casi totalmente peatonales, lo que permite que nos sentemos a la fresca y estemos hablando un rato más. Y ahí nos encontramos con esta gente que suele salir junta; Mikel, Isa, Nekane... que estaban en el mismo grupo de teatro en el que nos conocimos los demás. Así que pasamos a saludarles, y me pongo al día con Nekane, que dice que le va bien, pero que se aburre de vivir aquí.
Según vuelvo a mi grupo me cruzo con Miki, que iba al mismo instituto que yo. Este año se va a otra ciudad a estudiar musicología, y también está harta de vivir en Pamplona. Y tiene toda la razón. Las calles son las mismas, la gente es la misma, las tradiciones absurdas son las mismas, y si vas al Viana va a estar Iván el punki, aunque nunca hayas hablado con él. En esta ciudad no hace falta quedar, me dice. Ya sabes dónde va a estar la gente. Cuando la oferta de 2x1 en cervezas se acaba a la una en el Krawill, hay una migración al Infernu. En la Plaza de los Burgos siempre hay punkis y metaleros con poco dinero, que «hoy van a litronas». La misma gente de siempre en la Plaza de las Rayas.
Le digo que al final se sabe uno hasta los meados de las calles. Que le va a sentar muy bien irse a otra ciudad, aunque no sea muy grande; que está bien poder aprender de nuevo todos los ritmos y rincones del nuevo hogar. Si no, te aburres.
Yo quería dar una vuelta con Julen, porque es muy divertido hablar con él a solas, y se deja engañar para dar vueltas como la que quería dar yo: en busca de un grupo de gente en el que está una amiga común con la que tengo una obsesión desde hace mucho tiempo. Yo sé que no voy a ningún lado, ella está en una relación cerrada, y tantos otros «peros», pero... me gusta verla igualmente. Y Julen ha tenido sus idas y venidas imposibles también, así que dice que me va a acompañar. Pero es mentira. Se queda hablando con el grupo.
Así que me voy yo solito a ver si hay alguien en el Infernu o en el Krawill, y me encuentro con Pablito, que se va ya a casa. Cuando vuelvo, Julen está comentando su relación con Carmen y los otros dos están picándose con alguna chorradita. Al final nos metemos todos en una discusión sobre la influencia de la figura del padre en la relación con el hijo, y para cuando vamos al Krawill ya no hay ni Peter. Sobre todo porque ya se ha acabado el 2x1, que los jueves acaba a las 12 y no lo sabíamos. De todos modos pedimos unas cañas. Hypo y yo convenimos ir al bar diariamente durante una semana entera a hacernos amigos del camarero o algo. El punto ese en el que llegas y te pregunta: «¿lo de siempre?».
Puede parecer mentira, pero esto solo son preliminares para el punto álgido de la noche, cuando me veo a la una de la madrugada recogiendo equipaciones de fútbol sudadas en un club deportivo del que no soy socio. No es ninguna filia rara, tuve que acceder para que Julen me llevara a casa en coche. El caso es que su madre tiene una lavandería, y a él le tocaba hoy recoger ropa en ese club y llevarla a lavar. Se le ocurrió que era una gran idea hacerlo a la una de la madrugada. Así que ahí me veo yo, en un club del que había oído hablar, pero en el que nunca había estado, sacando camisetas sudadas de dentro de sudaderas mojadas por la lluvia que debió de caer durante el entrenamiento y separando medias de toallas.
Me estoy meando. Le pregunto si puedo mear en un arbusto. Me dice que no. Pasamos junto al campo de fúbol. Es de césped artificial muy apetecible. Le pregunto si podemos jugar. Me dice que no. De camino a los vestuarios veo el cesto de los balones. Le digo que están ahí, y le pregunto si podemos jugar. Me dice que no.
Llegar a la lavandería fue algo... imponente. Uno de esos dioses de cemento a los que hay que temer y respetar: el polígono industrial de Ansoáin a las dos de la madrugada. Dentro de la nave industrial, vaciamos los sacos de ropa sucia que habíamos llenado y cargado penosamente hasta la furgo en el club deportivo y metemos por separado las toallas y las equipaciones en sendas lavadoras industriales, que según Julen son «una lavadora, pero con dos tambores». Yo nunca había visto una lavandería industrial por dentro. Tampoco es gran cosa. Me resulta curioso estar al lado de las intimidades de los restaurantes que todo el mundo conoce, los de alto nivel. Ahora, lo más cerca que he puesto yo el pie de uno de esos ha sido su mantelería.
De camino a casa vamos comentando la vida a cachos, como solemos hacer cuando me lleva en coche, y aparcados en frente de mi puerta todavía alargo la conversación un poquito más. Normalmente él hablaría aún más que yo, pero ahora me mira con cara de mandarme a la mierda porque lleva veinte horas despierto y le esperan cuatro o cinco de sueño a lo sumo.
Me bajo del coche y me meto en casa.
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