9/01/2017

Arte y sinsentido

No sé si la blogosfera sigue existiendo, y de ser así, no me lee. Pero me gustaría escribir empezando con «querida blogosfera». Es más, el hecho de que sea algo venido a menos y que no me lee lo haría todavía más gracioso.

Querida blogosfera:

Llevo varios días en mi leonera, dando vueltas y sin cuidarme la melena. Como aquella vez, los días se me hacen muy dispares y extraños… y a la vez muy repetitivos. Igual que los píxeles en una televisión mal sintonizada. Me siento vacío, y lleno la ausencia en mi estómago con películas de Marvel y chupitos de whisky canela. Piezas dispares pero monótonas de mi puzle.

Mi propia historia está un poco desestructurada—me falta una buena narrativa a la que acogerme. Si fuera un puzle… tantas piezas, y tan poco orden. No leo mucho, pero lo poco que leo se me queda grabado. Una vez leí una introducción de Lyotard que hablaba sobre nuestra era: «La función narrativa pierde sus functores, el gran héroe, los grandes peligros, los grandes periplos y el gran propósito. Se dispersa en nubes de elementos lingüísticos narrativos, etc., cada uno de ellos vehiculando consigo valencias pragmáticas sui generis. Cada uno de nosotros vive en una encrucijada de muchas de ellas.»

Lyotard no era muy poético, pero se puede poner de otra manera. Así como mi padre es un consumado jugador de Tetris, yo soy bastante malo, y mi vida es una partida de Tetris gigante: algo por allí al fondo está mal colocado y ahora todo lo demás está apretado con poco sentido y las cosas no terminan de encajar bien.

A veces me tienta mirarlo desde fuera, y el cuadro queda así: «La falta de narrativa constituye su propia narrativa, y como en toda buena historia, el relato cristiano se cuela por todos los huecos: aquí estoy, hijo de una patria cristiana, penando en el valle de lágrimas hasta la hora de la absolución.»

Lo realmente incómodo de la situación es que no me lo creo. Desde hace un par de años tengo una filia con no creerme nada; no me siento cómodo acogiendo a ningún enunciado huérfano en mi albergue de certezas. Será miedo al compromiso o algo así. Y esto me pasa también con lo del valle de lágrimas y todo eso: hay una parte de mí que ve, desde cierta perspectiva, mi vida como una desdicha un poco estirada en el tiempo, como un chicle ya mascado. Pero no termino de creérmelo, porque hay otra visión que compite: no es del todo malo; tiene lo malo y lo bueno, lo gris, lo de colores… ¿cómo era? Ah, eso, muchos «elementos lingüísticos narrativos» sueltos, partes de historias apiladas sin ton ni son, convirtiendo la vida en una «encrucijada de muchas de ellas». Salir con amigos, hablar con músicos callejeros, empezar una serie, hacer planes para el curso… no son cosas malas. No me hacen pasarlo mal. De hecho, están bastante bien. El problema es que no tienen sentido.

Como artista, me siento tentado de vomitar todo esto en algún lado; poema, canción o algo así. Luego me salen cosas muy feas, pero cuanto más se parecen a lo que quería vomitar, más me agradan. Aunque sean feas.

Lo que pasa es que, al tratar de hacerlo, me bloqueo, porque no puedo poner el sinsentido en papel. No funciona. Expresar es sacar, desde dentro hacia fuera, pero justo lo que hay dentro es que no hay nada dentro. Trato de contar mi vida y me doy cuenta de que no puedo articular una sola frase; no hay manera de representar con sentido la ausencia de sentido. Se me hace difícil escribir explicarlo, pero intentaré decirlo de otra forma. Hace muchos miles de años, tus antepasados y míos tuyos, alrededor de la misma hoguera, inventaron el poema, el relato, la pintura y la canción para contar historias. ¿Cómo voy a usar sus inventos para contar que no hay nada que contar?

Aun así, hay cierto margen. No por nada le caían collejas a Sócrates cuando decía «sólo sé que no sé nada». Coñe, pues al menos eso ya lo sabes, ¿no? Igualmente, yo podría decir lo que estoy diciendo en este texto. Es más: lo estoy haciendo. Así que esta paradoja no es un vacío inefable, pero al menos es una idea difícil. Me ha servido, cuando menos, para darme cuenta de los medios con los que fluyo mejor. La prosa me va como anillo al dedo. De hecho, me da un poco de miedo que escribir en prosa mate mi inspiración para la poesía y la música. Aunque al final será lo que tenga que ser, como siempre.

De una manera o de otra, no consigo quitarme este bloqueo de la cabeza. He intentado hacer música con concepto, pero ningún concepto permanece suficiente tiempo en mi cabeza como para hacer un disco. Ahora estoy lo más cerca que he estado nunca de hacer uno, y es una compilación de bases para improvisar con la guitarra por encima. Puro intelecto destilado.

Así que ahí estoy, después de terminar otra serie más de Marvel, pensando: «quizás debería buscar un concepto unificador para la maqueta.» Pero no se me ocurre nada. Mientras ceno, veo que fuera llueve, y se me ocurre que salir a hacer un peregrinaje sin meta por mi pueblo, a la luz de las farolas y con el viento frío en la cara, quizás me haga sentir algo que dejar escrito. Igual los buenos artistas no hacen arte, sino que viven la vida plenamente, y luego la dejan gotear sobre un papel. Igual es la tinta más intensa, la más honesta, la que vende en realidad.

Completamente decidido a hacer lo que haga falta para vivir mi vida plenamente, decido volver a mi habitación y mirar Facebook un rato. Me pongo a escuchar el quinto de The Strokes, el de 2013, que no es una obraza de arte, pero me sigue haciendo sentir cosas.

Abro la carpeta de los proyectos musicales.

«Un sonido coherente, un sonido coherente… igual le pongo unos arreglillos de cuerda parecidos a todas las canciones, y con eso voy tirando.»

No hay comentarios:

Publicar un comentario