Si te quedas en casa, no pasa nada. Tengo un amigo que aconseja siempre según esta regla. Tiene dos caras: cuando estoy sobrepasado por mi situación me dice que me quede más en casa y viva más tranquilamente, y cuando me quejo de que nunca me pasa nada interesante es porque no salgo suficiente.
No me gusta la idea porque parece que me culpa de mi propio aburrimiento. Suena como la cantinela de autoayuda capitalista americana: el éxito está ahí para el que se esfuerza; si no tienes éxito, es que no te esfuerzas. Sal más de casa. No necesitas nada más que un sueño, uno tan pasional que todas las horas extra serán pocas. Henry Ford empezó en un garaje. Steve Jobs empezó en un garage. No te faltan medios, te faltan ganas. Las oportunidades están ahí, sólo tienes que abrirles la puerta.
En mi experiencia reciente (un poco más atrás de estas violentas arcadas sobrevenidas repentina e inexplicablemente) esa frase funciona muy literalmente. Las cosas pasan si les abres la puerta. Esto se comprueba una y otra vez cuando uno vive en una residencia de estudiantes como la mía. Hace una hora y media, un chico entró a mi habitación a saludarme: la puerta estaba cerrada, pero él es bastante nuevo y no suele hablar con nadie más en este pasillo, así que cuando pasa por mi puerta entra a saludar aunque esté cerrada. Es la única persona que llama a mi puerta solo para hablar.
Pero tiene la mala costumbre de dejarse la puerta abierta de par en par cuando sale, que no pasa de ser una pequeña molestia. Sin embargo, esta noche la consecuencia ha sido que, hace quince minutos, otro colegial más veterano se ha pasado por la habitación aburrido de esperar al estreno del siguiente episodio de Juego de Tronos a las tres de la mañana. Cuando se ha ido, me ha preguntado si cerrar la puerta. Le he dicho que sí.
No sé si le caigo mejor a uno o al otro, pero estoy casi seguro de que el segundo no habría entrado si no hubiera visto la puerta abierta. Una puerta abierta invita a pasar. Una puerta cerrada no. Al menos me parece que así funciona el código de todas las personas que llevan aquí un tiempo; según ven a alguien ocioso en su habitación, entran y se ponen a hablar del tiempo, y en cuanto una tercera pasa por delante, se une. En cualquier momento dado hay una habitación que contiene de tres a siete personas hablando de nimiedades por ningún motivo en particular.
Para que esto pase tiene que haber una puerta abierta en algún lado. La única razón para que alguien llame a una puerta cerrada es que tenga un motivo concreto, como la falta de tabaco o el haber quedado para ir al gimnasio o ver una serie. Y una vez ya hay dos personas, la tercera es cuestión de minutos. En el caso de las veteranas cuenta como motivo adicional el hecho de que son muy amigas porque llevan juntas tres o cuatro años, entonces nada más llegar a su pasillo hacen una llamada tipo murciélago: gritar "HOLA, PASILLO" y reconocer el entorno en base al rebote del sonido en la forma de "HOLAAA". La que para un humano es una puerta cerrada, un murciélago la ecolocaliza totalmente abierta.
Hasta qué punto te quieras parecer a un murciélago es decisión tuya. Todos esos mecanismos siguen reglas no habladas, pero hay un extremo que sí que marca la diferencia: cerrarse con llave. Esa norma se dice bien alto, y quien la incumpla se ha de atener a las consecuencias. Por ejemplo, en el caso de dejar la habitación abierta en un descuido, uno podría encontrarse las ventanas fuera del quicio, el somier en la azotea, o las llaves en un bloque de hielo dentro de un tupper en algún congelador. Pero como la ley es laxa, si nadie lo ve no es ilegal, y la pena puede aplicarse o no según le venga en gana al juez.
Cerrarse con llave es una práctica aceptada si te vas fuera unos días o si vas a dormir en vez de salir en una noche de fiesta, porque hay una competencia muy dura entre el sueño continuo y vivir con muchos amigos cercanos en un sitio donde está permitida la bebida. Y aunque no evita los aporreos de puertas a las cuatro de la madrugada, definitivamente en el caso de los borrachos y las habitaciones, mejor fuera que dentro.
Una vez vi a una veterana salir de la habitación quitando una vuelta de llave primero, supuestamente porque no quería interrupciones durante su siesta ese día, y otra veterana que pasaba armó un alegre escándalo al verlo. Que si madre mía, que si estoy flipando, que si no me lo puedo creer... Aunque, a decir verdad, con cualquier cosa se arma escándalo alegre en este pasillo. En el otro extremo de la balanza, y del pasillo, el novato que entró a saludarme esta noche cierra su habitación a diario.
La única otra persona que sé que hacía eso era otro novato que se fue a mitad de curso por razones académicas, que, como el primero, tampoco se llegó a integrar mucho en el grupo. Aunque este otro caía mejor, y parte del motivo por el que se cerraba cada vez que se iba a clase era su rechazo ideológico a la confianza en la comuna. Este no habría tenido tanto problema con el relato de Steve Jobs y su garaje. Esto llevó a cierto pique amistoso entre él y yo, y en justo pago cobrado por mi humorosa mano, su nombre aparece en la camiseta grupal decorado con una hoz y un martillo.
Ahora que lo pienso, también hay otros novatos a los que les he visto cerrarse algunas veces; no sé decir con qué frecuencia, porque viven en otro pasillo, y tienen su propio grupito. No son de los novatos prohijados de las veteranas, así que no están estrictamente dentro del grupo central, y tampoco gozan de gran reputación entre esa gente. Pero tampoco se han quedado fuera del folklore a lo largo del año. Van a las reuniones, participan en los deportes, salen en las fiestas. Pero limpian poco.
A pesar de no ser de los más amiguísimos del grupo, yo nunca he sido uno de cerrarse a diario. Eso me deja en el interior de los de fuera, o en el exterior de los de dentro. Es un nicho ecológico que encuentro en casi cualquier hábitat y paso a ocuparlo muy rápido. Como suelo llevar horarios raros porque se me olvida dormir o comer con relativa frecuencia, me pierdo la piedra de toque de la socialización española, la sobremesa. En el primer mes llegué a la conclusión de que la diferencia entre un novato que se integra y uno que no es la diferencia entre comer a las dos o comer a las tres, porque de todas las novedades y anuncios me he enterado cuando he comido a tiempo y me he quedado ahí, más a escuchar que a hablar.
Esto es más de lo que pueden decir el que pasó a saludarme esta noche o el neoliberal. Tampoco participaron en las decoraciones navideñas ni han aparecido en las fiestas tanto como yo, pero de los que sí lo hicieron, seré el único que se llevaba bien con esos dos. Con los dos me he llevado bastante bien, de hecho. Supongo que es con los grupos con lo que me llevo peor, porque no salgo en las fotos de veteranos y prohijados, ni en las de los novatos del otro pasillo, ni en las de esos que se juntan a ver pelis, pero de todos esos me llevo bastante bien con una o dos personas.
Supongo que eso es lo que significa mi puerta cerrada sin llave. No te estoy diciendo que entres, pero tampoco te estoy diciendo que no entres. Indecisión crónica, supongo. He intentado dejar mi puerta abierta mientras estudio más a menudo, y de vez en cuando entra alguien, el chico de en frente o la veterana de allá, a comentar la política nacional o mi ridículo gusto por la decoración abarrotada. Un colegial va a una puerta abierta como una mosca a la miel.
Hay cosas que pasan si uno tiene la puerta abierta. Ayer por la tarde me quedé en mi habitación con fiebre mientras mis compañeros competían por grupos en pruebas al aire libre que involucraban un alto grado de ejercicio físico e intoxicación. Oí a alguien decir que se iba a cerrar la puerta por si había juegos de subir a buscar cosas. Cuando bajaron todos, pensé en cerrarme la puerta yo también. Y al final no lo hice, porque si no entra ahora corriendo un universitario ebrio vestido de pitufo en busca de mi ropa interior o similar, ¿cuándo lo hará?
Nunca lo hizo, pero tampoco me importó. Aunque diera igual lo que hubiera hecho ayer con la puerta abierta o cerrada porque nadie habría entrado, al menos todo aquello tuvo un claro beneficio: nada como un poco de costumbrismo para romper metáforas de autoayuda capitalista americana.
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