Me trae de cabeza la novela de fantasía.
He estado intentando escribir una. Es muy difícil. Ni siquiera es la primera vez que lo intento; el año pasado se me juntó la cuarentena con unas ideas que andaba trabajando y llegué a escribir... cuatro, cinco folios a mano. Después de muchos esquemas sobre personajes, eso sí, pero ninguna historia. Determiné que no tenía nada que contar. Esta vez he intentado empezar por ahí para evitarme el problema, y aquí estamos, cien páginas de esquemas y propuestas después: he conseguido redactar cosa de tres de folios antes de darme cuenta de que no sé escribir.
Evidentemente, enfrentado al fracaso reiterado uno tiene que plantearse, bro, compita, qué estás haciendo. Antes yo evitaba esa pregunta porque mi respuesta era muy mala: «Se me ha puesto en la punta de la nariz que esto es lo que tengo que hacer, pero mira, no estoy disfrutando, no tengo lo que hace falta: no tengo nada que contar.» Y qué miedo descubrir que quieres casarte con una señora y tener hijos cuando en realidad no te gustan las mujeres.
Pero vuelvo una y otra vez a este tema, así que he tenido tiempo de replantearme por qué persigo ese ideal abstracto de tapa dura y olor a papel, a veces encarnado en un proyecto concreto, a veces en su ausencia. Para lo racionalista que era yo de chaval, siempre he sido muy propenso al romanticismo de los grandes ideales. Devoré Harry Potter, Eragon, El señor de los anillos y Memorias de Idhún tres veces lo menos, sabiendo --no creyendo, sabiendo-- que algún día me tocaría a mí escribir una de esas: una saga épica, inmensa y trepidante, llena de aventuras y de magia.
Es una historia de origen súper justificada. ¿Por qué no, joven Guille? ¡Lánzate al papel, a por ello! Ahora bien, yo soy el «culo veo, culo quiero» creativo. Me pasa que veo a alguien recitando poesía o lo que sea, y automáticamente pienso: yo quiero hacer de eso. Y claro, si ya de entrada llevas una mentalidad impulsiva y cortoplacista, lo normal es que te pase como a mí, que cuando no me aburro rápido, me desilusiono porque las cosas no se parecían a mi ideal. ¡Pero escribir una novela es muy difícil! No se puede acabar rápido y casi nunca se parece a lo que pensabas al principio.
Durante mi adolescencia me molestaba mucho ser tan errático, pero he mejorado. Ahora dibujo, y grabo vídeos reseñando dibujos animados. No son grandes riesgos creativos, pero me va bien, hago cosas. Eso sí: termino en tres, ocho, quince horas. Lo publico, recibo feedback. Mejoro. Esto es imposible de hacer con una novela. O no sé, por lo menos yo no puedo. Escribo la primera línea y no sé adónde va, me seinto torpe con las palabras y en seguida me pongo a darle vueltas a la manera de formular las frases. Me digo que no pasa nada, porque mi meta es muy válida: te gusta leer fantasía, Guillermo, has vuelto a ello después de años, de hecho. Tres novelas gordas en el último año: Rothfuss, Sanderson y Muir, ¡nada mal! Es obvio que me interesa, así que el ideal no es forzado, ¿no? Por eso me digo que no pasa nada. Es falta de práctica.
Es mentira, no es falta de práctica. Es, sencillamente, desinterés. Para escribir una novela tienen que interesarte dos cosas, y a mí me interesa una. Y no es ninguna de esas dos. Estoy absolutamente obsesionado con crear un mundo atractivo, absorbente, pero como autor tiene que interesarte o bien tu personaje, o la situación en la que está. Puedes cojear más de una pata o de la otra, o tener un equilibrio, o ser el LeBron James de la narración y tener dos piernas musculadas e inmensas como troncos de secuoya, pero vamos, que tampoco hace falta. Vale con un personaje carismático al que quieras ver atravesar situaciones, o una situación curiosa de la que te gustaría ver cómo salen los personajes. Esto no lo digo yo, lo dice Stephen King. Según Stephen King, me dan igual los componentes básicos de la narración, porque no soy capaz de plantearme personajes interesantes en situaciones interesantes. Son como pepitas de oro en mi corriente de conciencia; no dan para sacar ni una escena. Mala pinta. King dixit.
Autores de todas partes del mundo, desde Gonzalo Moure hasta Neil Gaiman, reconocen que la pregunta fundamental de la narración es: «¿y ahora qué?» A pesar de mi frustración recurrente con el uso de esa pregunta para llegar a ninguna parte, me veo obligado a interrogarme a mí mismo, qué pasa, crack, qué hacemos, nos rendimos o qué. Imposible. Tengo los personajes frescos en la cabeza, y eso que llevo un mes sin tocarlos. No dejo de mirar al mundo como posible material de novela. Creo que no podría abandonar ni aunque quisiera.
Llega entonces el momento de poner los medios para avanzar. Las dos de la mañana no son horas para hacer promesas de calado. Son quimeras. Les daremos una oportunidad de todas formas.
Mi primera idea es abonar el terreno en el que voy a sembrar. Amy Tan dice que «los árboles nacen del suelo» de la experiencia; Gaiman dice que toda tu experiencia se añade a «la pila de compost». Así que es la vida la que nutre la escritura. Lo cual es evidente y ya lo sabíamos, pero yo vivo mi vida de una manera... emocionalmente no ideal para la escritura, ni para la salud mental, para el caso. Sí que tengo tendencia a huir de la contradicción y la diversidad de opiniones. Presupongo que hay un error, alguien tiene razón y hay que llegar al fin del asunto. La novela va del conflicto entre puntos de vista, se nutre de él. No se puede habitar en la armonía mientras se narra.
La herramienta básica para evitar este problema es buscar en todos los lugares en los que no se da. Cada vez que hay un conflicto a flor de piel, uno que se sienta digno de tratar, anotarlo. La libreta de ideas es un imprescindible en el arsenal creativo. (Es terrible que describa uno de los placeres de la vida con lenguaje bélico, como si fuera a la guerra, pero oye, qué le vas a hacer.) El conflicto a flor de piel se presta a la sensación de que era inevitable, fatum, la evidencia de que esa contradicción es real. En comparación con mis dudas y auto-revisiones constantes, esa sensación es casi dulce en su honestidad.
El dulce conflicto está en la vida a veces, y a veces en la literatura. En sentido amplio. En la ficción. Reseñar lo interesante de la ficción que uno lee, o ve, o a la que asiste, también es un ejercicio de libreta de ideas. Todo esto intentando reforzar la ausencia de ese prejuicio platónico y totalitario.
Así que a lo mejor próximamente escribo algunas reseñas, por lo menos anotando cosas de interés creativo, lo que saque de las cosas que veo y leo. Me gustaría darle una vuelta a Gideon la Novena y a Bleach. A lo mejor me hago un moodboard, no sé. Hasta aquí mis propios consejos creativos.
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