Es increíble, ¡a la gente le gusta Brandon Sanderson! No a mi profesor de lengua del instituto, desde luego. Aunque intentó ser discreto, cuando le dije que quería escribir una novela de fantasía no puso muy buena cara. Sin embargo, críticos, familiares y amigos lo recomendaban una y otra vez. ¡Lee a Sanderson! Recuerdo empezarme El imperio final las navidades de 2020 pensando: «¿Cómo puede ser este señor la cumbre de la fantasía estadounidense actual? ¡Si está... mal escrito!» En la barbacoa de su cumpleaños, mi tío me contó que «en aquella época» (ojo, 2006) la propuesta fantástica era revolucionaria. Me vi obligado a pensar que la prosa, la trama, los personajes y demás no son los únicos componentes de la novela fantástica. Además de los elementos literarios —azúcar, especias y otras cosas bonitas—, la fantasía aporta un extra... un ingrediente equis. El elemento fantástico.
Su función es ambigua. Como propuesta intencionada, como hizo Tolkien, es un statement; una idea artística con significado propio. Sin embargo, ese gesto echó a rodar todo un género literario que usa la fantasía como premisa y no como propuesta. Y, claro, como premisa desde la que hacer propuestas, la fantasía no tiene función semántica, o sea, ningún interés artístico. El interés lo tienen las propuestas. Eliges dibujar con un lápiz amarillo, muy bien. ¿Qué piensas hacer ahora con eso?
Es la eterna cuestión de la demarcación. La ilustración, por ejemplo, ¿es un medio artístico o una aplicación de la pintura y el dibujo? ¿Y el arte urbano? Y pinchar discos, ¿merece la pena llamarlo medio artístico por derecho propio, o es solo una propuesta más —«¡y de las malas!»— bajo la premisa de la música pop?
Todos los nuevos medios nacieron como parcelas dentro de un medio anterior. Siempre lo hacen, y siempre tienen que demostrar que dan de sí lo suficiente como para que se les reconozca la independencia, como un hijo que ya se va haciendo adulto. A riesgo de ofender a filólogos, filósofos e historiadores, creo que esto lo vemos también en nuestra sociedad. Antes, «hombre» designaba a las personas humanas adultas, en general. «Persona» significaba «personaje». Las mujeres, entonces, eran personas secundarias, personas por los pelos. O no personas directamente, como lo fueron en su día los bárbaros, los negros, los nativos norte- y sudamericanos... Ha habido mucha pelea para que las mujeres y los negros pudieran ser votantes, titulares de cuentas bancarias... en fin, también personas. La lucha por el reconocimiento, creo, es la lucha por disociar de un concepto general su forma tradicional, y permitir a la forma divergente participar del concepto general: en esta casa cabemos todos.
Para que un medio artístico gane esa pelea, la primera pregunta a la que se enfrenta es: «Pero esta moda juvenil... ¿cuánto da de sí realmente?» Me molesta admitirlo, pero yo soy el primero que va de policía de los conceptos. En un artículo de El país, una señora que impartía extraescolares de pinchadiscos decía que sus alumnos eran «la primera generación que ve esto como un arte, sin prejuicios». Y yo ahí me descubrí pensando que los DJs eran músicos de segunda, porque en realidad no hacen la música, ¿no? Pero ¿quién me dice a mí que no tienen un lenguaje propio? Decisiones creativas, emociones que se valoran, patrones y criterios que no tienen nada que ver con cómo poner las manos en una guitarra.
Así que todo género tiene su corazoncito. Es difícil empatizar para quien no lo ha experimentado nunca, pero si somos capaces de explicarlo bien, quizás podamos convencer a quien le interese escuchar. Pero eso no nos garantiza un hueco en el diccionario. Más allá de la autonomía creativa, ¿qué sustento económico y social tiene ese medio? ¿Hay un grupo que lo toma como seña identitaria, como le pasa al grafiti? ¿Tiene un nicho propio de mercado, como los DJs? ¿O está condenado a ciertos círculos de apreciación artística, como el cine lento o el posdocumental?
Obviamente, la literatura de fantasía tiene un gran nicho en el mercado (y en aumento desde que los gigantes del streaming decidieran adaptar Juego de Tronos y demás). Esto le ha dado suficiente reconocimiento de facto, quizás no en el diccionario pero sí en los cartelitos de las librerías, y también en la crítica, pero hay una reticencia importante en la academia. Se preguntan por la cuestión de iuro: ¿de verdad la fantasía se merece que le reconozcamos un mérito artístico propio?
Sí que pienso, como pensé con los pinchadiscos, que hay un núcleo propio de la fantasía. Un mecanismo, un recurso comunicativo básico, como lo puede ser el trazo en el dibujo o la presencia actoral en el teatro. Creo que es una herramienta emocional versátil; un corazoncito propio, pero tan ancho que puede albergar propuestas contrarias. Es difícil definirlo. Creo que a veces necesitamos explicar cosas inexplicables, asustar a los amigos alrededor del fuego, o algo tan sencillo como cautivar a un niño para ponerlo a dormir. Y para eso, transformar elementos cotidianos a extremos increíbles funciona de maravilla para atrapar la atención del público. Y para causar fascinación. El ingrediente X.
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